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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

Un sueño erótico



UN SUEÑO ERÓTICO

Por: José Tiberio Serrano Arias
TISA

Las últimas dos noches, no logré descansar bien. Es más, ahora que lo pienso, yo creo que ni siquiera había logrado conciliar el sueño, durante más de 15 minutos seguidos. Para alguien que haya pasado lo que se denomina “una noche en vela”, es decir sin lograr dormir, no se le harán extrañas mis palabras: es de las cosas más desesperantes que le pueden ocurrir a un ser humano, junto con la sed. La sed, la maldita sed, lo cual dicho sea de paso también la había sufrido apenas ayer, esa sensación de resequedad en la garganta, como si en vez de saliva, tuviera un polvo fino y muy caliente que tenía que tragar de vez en cuando y que al pasar por la faringe, quemaba y hacía ansiar aún más, una gota de agua.

Sin embargo cuando le había platicado mis congojas a Esteban, éste en el tono cortes que lo caracterizaba, me había alentado con la seguridad que algo se inventarían junto con Joaquín, pero que esa noche -prometió- si iba a dormir bien.

Ahora que mi mente ya está un poco más despejada, pienso que la promesa realizada por Esteban no se había cumplido del todo, porque una vez que él le informó a Joaquín sobre mi agonía y éste de forma solicita tomo la acción que le pareció más efectiva para brindarme esas tan ansiadas horas de descanso, en vez de entrar a disfrutar de un sueño profundo y reparador, que en últimas era lo que yo deseaba y sin dudarlo un instante, era lo que Esteban y Joaquín me querían brindar, lo que lograron fue que entrara en una especie de trance, en el que la primera impresión de mi cerebro, fue que estaba flotando y al entreabrir un poco los ojos, que la habitación daba vueltas y que los objetos que la componían, se acercaban y se alejaban, como en una danza medio sicodélica, tal y como los relatos de adictos a las drogas heroicas, los describen en cada uno de sus viajes, cuando éstos son buenos.

Después del impacto inicial, entré en una especie de adormecimiento y, cosa bien rara, comencé a soñar con Catalina, la vi sentada en un prado, no puedo recordar si el prado pertenecía a un parque o hacía parte de un paisaje más elaborado, lo que si recuerdo es que ella estaba sentada alrededor de flores de distintos, variados y hermosos colores y me sonreía, con esa sonrisa enigmática que la hacía parecer mucho más coqueta de lo que realmente era. Estaba vestida con una minifalda de jean, con zapatos altos de amarrar estilo sandalia romana, con una blusa manga corta, de talle recortado, lo cual me permitía observar su ombligo, con el piercing que yo le había regalado en un viaje que hicimos juntos a la costa, hacía unos meses.

Yo me acerqué a ella, no caminando sino flotando, me senté a su lado y le cogí las manos acariciando sus dedos y besándolos uno por uno, tal y como hacía de vez en cuando en nuestra casa, cuando estábamos descansando después de una jornada común de trabajo, luego me acerqué más y la bese en los labios, comencé a acariciarle la espalda con mis dedos, lo cual producía ciertos arqueos imperceptibles en su cuerpo y algunos quejidos bajos y agudos, lo que me indicaba que gozaba tanto como yo, de los mimos que mis manos y mis labios le estaban otorgando.

Al ver la calidez con que su cuerpo recibía mis caricias, comencé a deslizar mi mano debajo de sus sostén, por lo cual sus quejidos fueron tomando más consistencia, yo ya me hallaba totalmente tembloroso y el ansia se despertaba más, cuando a cada movimiento de mi mano, sentía que su cuerpo se preparaba para un eventual encuentro de amor.

Como casi siempre sucedía en la vida real, los prolegómenos de la pasión que tanto le encantan a las mujeres, los interrumpí abrupta y torpemente, porque mi capacidad de resistencia llegaba al límite en cuestión de segundos y comencé el ataque pasional, que dicho sea de paso, a algunas les gusta, quizá por ese remanente antropológico que les dicta que un macho rudo es mejor proveedor de alimento que un hombre sosegado; por lo cual y de forma casi que rabiosa, le arranqué de un zarpazo la falda, a la vez que jalonaba con frenesí su blusa, para dejar al descubierto su pecho y allí mismo consumar de manera impetuosa, esa fogosidad desbordante que hacía que mi corazón latiera aceleradamente y casi se desbordara de mi boca.

En medio del ímpetu y de la exaltación del encuentro, recuerdo como entre una bruma, que sentí una sensación rara, como si tuviera muchas ganas de orinar, pero por más esfuerzos que hiciera, solo pudiera evacuar unas cuantas gotas, tal vez por eso el ardor que empecé a sentir y que hizo que si bien la placidez y el sosiego que el sueño con Catalina me estaba produciendo, se generara una sensación de malestar en mi abdomen bajo y comenzara a salir poco a poco del estado onírico en el que me encontraba, para volver a la realidad no de golpe, cómo me había sucedido dos noches atrás, sino lentamente, por lo cual cuando fui dueño nuevamente de mi consiente, el recuerdo corporal del encuentro permaneciera en mi memoria, para causarme soslayo y paz.

Esteban, que había estado pendiente de mi evolución, me comentó al día siguiente que me había despertado sonriendo, cuando fue evidente que ya había recobrado mi plena razón, me preguntó, con una sonrisa en su rostro:

-       Entonces que don Leonardo, ¿si pudo dormir?;

Yo que estaba además de agradecido por el momento de descanso obtenido, feliz por la sensación de bienestar que invadía mi cuerpo, sólo pude elevar mi mano izquierda, levantando el pulgar en señal de aprobación.

-       Ah bueno, don Leonardo, me voy a hacer mi ronda y ya vuelvo, acuérdese, cualquier cosa que necesite, me avisa, ¿oyó?

Nuevamente, mi  brazo izquierdo con el pulgar arriba.

Pasó todavía un momento, para recuperarme del todo, por lo cual apenas pude, con mi mano izquierda comencé a palparme, para ver por qué se produjo la sensación incómoda que sentía en mi cuerpo, sin embargo a un roce realizado por encima de las sábanas, casi lanzo un grito de dolor, ya que sin duda, debido al sueño, había tenido una erección causando con esto, que se me desacomodara un poco la sonda vesical para vaciar la vejiga que todavía llevaba puesta, desde la operación coronaria realizada dos días atrás.

Al poco tiempo comenzó a asomarse el sol por las ventanas del hospital y sobre las 05:30, llegaron Joaquín y Esteban a pasar la ronda para entrega del turno y esta vez fue Joaquín, quien preguntó, con una cara pícara:

-Entonces don Leonardo, ¿me dijeron que había dormido bien?

A lo cual yo manifesté con una sonrisa:

-Ay Jefe, no sabe lo agradecido que estoy, dormí súper bien y hasta soñé.

-Si Jefe, interpeló Esteban, cuando se despertó yo estaba aquí y viera la sonrisota que tenía en la cara, por fin, después del día que pasó ayer.

-¿Y qué fue lo que me dieron?, pregunté yo.

-Como usted tiene recetada una dosis de morfina cada seis horas, según dolor y ayer por la tarde no se quejó, pues yo no se la aplique, pero cuando me dijeron lo de la falta de sueño, le apliqué las dos dosis al mismo tiempo, para ayudarle a dormir- contestó Joaquín.

-Gracias Jefe, harta falta me hacía.

Los dos, Joaquín y Esteban, Enfermero Jefe y Auxiliar de la Unidad de Cuidados Intensivos Posquirúrgicos Coronarios respectivamente, se miraron con complicidad, me saludaron y se fueron, dejando en mi cara, una sonrisa marcada, pues lo que no hice nunca, hasta hoy, fue contar mi sueño, el cual siempre me ha parecido un tanto descarado, dada la situación tan precaria por la que estaba pasando: Apenas hacía dos días, que me realizaron una operación a corazón abierto, en la que los cirujanos habían hecho dos revascularizaciones miocárdicas y una endarterectomía. La primera sensación que tuve apenas me desperté de la anestesia general que me habían aplicado, era que no podía respirar, sin duda debido al tubo inter- traqueal por medio del cual me tenien conectado a un respirador.

Luego durante el primer día después de la operación, comenzó el suplicio por la sed, recuerdo que les rogaba, con voz lastimera a las enfermeras auxiliares, que me dieran un sorbo de agua, pues la sensación de resequedad en la garganta, se agudizaba por el oxígeno que me suministraban a través de una careta puesta sobre mi boca y nariz, sin embargo y como el cardiólogo no había autorizado ningún tipo de dieta (ni líquida, ni mucho menos sólida), algunas auxiliares, sin duda conmovidas por mis ruegos, mojaban una gasa con agua y la pasaban sobre mis labios, aliviando en algo mi suplicio, pero debido a las pocas gotas que podía ingerir, no lograba sino exacerbar mi sed.

Al segundo día y ya con una dieta líquida, que me permitió aminorar el suplicio de falta de agua, comenzó una deficiencia respiratoria, que me hizo estar más de ocho horas con una taquicardia cercana a los 100 latidos por minuto, debido a esto, ese segundo día el tormento fue por intentar inspirar suficiente aire, para que llegara hasta los alveolos pulmonares, cerrados a causa de la operación, ya que me habían hecho detener el corazón y los pulmones, conectándome a una máquina de cardio-respiración extracorpórea. Recuerdo también que sobre las cinco de la tarde y una vez pude inhalar la cantidad de aire necesaria para llevar oxígeno hasta los alveolos pulmonares y con esto regular la respiración y el ritmo cardíaco, me comenzó una fiebre tal, que en menos de dos horas había hecho subir mi temperatura de 37,5 a 39,8 grados centígrados, por lo cual sentí que ya no era capaz de resistir y en algún momento pensé que si sentía que la muerte iba a llegar, me rendiría sin luchar y le daría la bienvenida, para que se sentara conmigo en mi cama. Pero lo que son las cosas de Dios, a las tres horas, sin que se me aplicara ningún tipo de medicamento, así como comenzó a subir la fiebre, sin ninguna razón a aparente, comenzó a descender, dando como resultado, que el único mal que me aquejaba era la falta de sueño, pues las dos noches anteriores no había podido dormir.

Ahora que lo pienso, la acción del enfermero jefe Joaquín de aplicarme las dos dosis de morfina que tenía reservadas, fue sin duda una ayuda del cielo, para que lograra afianzarme a la vida, a la cual estuve a punto de renunciar apenas hacía cuatro horas y el sueño erótico (aunque a muchos, como a mí, nos parezca un descaro), fue una señal clara e inequívoca, que por duro que sea el camino y por ardua que sea la tarea de vivir, hay cosas que valen la pena disfrutar, porque como reza una frase que me regaló una enfermera jefe, cuando clamaba por un sorbo de agua: “Todo en la vida pasa”.


Escrito en Villavicencio, Marzo 7 de 2016

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