UN SUEÑO ERÓTICO
Por: José Tiberio Serrano Arias
TISA
Las últimas dos noches, no logré descansar bien. Es más, ahora que lo pienso, yo creo que ni siquiera había logrado
conciliar el sueño, durante más de 15 minutos seguidos. Para alguien que haya
pasado lo que se denomina “una noche en vela”, es decir sin lograr dormir, no se le harán extrañas mis palabras: es de las cosas más desesperantes
que le pueden ocurrir a un ser humano, junto con la sed. La sed, la maldita sed, lo cual dicho sea de
paso también la había sufrido apenas ayer, esa sensación de resequedad en la garganta,
como si en vez de saliva, tuviera un polvo fino y muy caliente que tenía que
tragar de vez en cuando y que al pasar por la faringe, quemaba y hacía ansiar
aún más, una gota de agua.
Sin embargo cuando le había
platicado mis congojas a Esteban, éste en el tono cortes que lo caracterizaba,
me había alentado con la seguridad que algo se inventarían junto con Joaquín,
pero que esa noche -prometió- si iba a dormir bien.
Ahora que mi mente ya está un
poco más despejada, pienso que la promesa realizada por Esteban no se había
cumplido del todo, porque una vez que él le informó a Joaquín sobre mi agonía y
éste de forma solicita tomo la acción que le pareció más efectiva para
brindarme esas tan ansiadas horas de descanso, en vez de entrar a disfrutar de
un sueño profundo y reparador, que en últimas era lo que yo deseaba y sin
dudarlo un instante, era lo que Esteban y Joaquín me querían brindar, lo que
lograron fue que entrara en una especie de trance, en el que la primera
impresión de mi cerebro, fue que estaba flotando y al entreabrir un poco los
ojos, que la habitación daba vueltas y que los objetos que la componían, se
acercaban y se alejaban, como en una danza medio sicodélica, tal y como los
relatos de adictos a las drogas heroicas, los describen en cada uno de sus
viajes, cuando éstos son buenos.
Después del impacto inicial,
entré en una especie de adormecimiento y, cosa bien rara, comencé a soñar con
Catalina, la vi sentada en un prado, no puedo recordar si el prado pertenecía a
un parque o hacía parte de un paisaje más elaborado, lo que si recuerdo es que
ella estaba sentada alrededor de flores de distintos, variados y hermosos
colores y me sonreía, con esa sonrisa enigmática que la hacía parecer mucho más
coqueta de lo que realmente era. Estaba vestida con una minifalda de jean, con
zapatos altos de amarrar estilo sandalia romana, con una blusa manga corta, de
talle recortado, lo cual me permitía observar su ombligo, con el piercing que
yo le había regalado en un viaje que hicimos juntos a la costa, hacía unos
meses.
Yo me acerqué a ella, no
caminando sino flotando, me senté a su lado y le cogí las manos acariciando sus
dedos y besándolos uno por uno, tal y como hacía de vez en cuando en nuestra
casa, cuando estábamos descansando después de una jornada común de trabajo,
luego me acerqué más y la bese en los labios, comencé a acariciarle la
espalda con mis dedos, lo cual producía ciertos arqueos imperceptibles
en su cuerpo y algunos quejidos bajos y agudos, lo que me indicaba que gozaba
tanto como yo, de los mimos que mis manos y mis labios le estaban otorgando.
Al ver la calidez con que su
cuerpo recibía mis caricias, comencé a deslizar mi mano debajo de sus
sostén, por lo cual sus quejidos fueron tomando más consistencia, yo ya me
hallaba totalmente tembloroso y el ansia se despertaba más, cuando a cada
movimiento de mi mano, sentía que su cuerpo se preparaba para un eventual
encuentro de amor.
Como casi siempre sucedía en la
vida real, los prolegómenos de la pasión que tanto le encantan a las mujeres,
los interrumpí abrupta y torpemente, porque mi capacidad de resistencia
llegaba al límite en cuestión de segundos y comencé el ataque pasional, que
dicho sea de paso, a algunas les gusta, quizá por ese remanente
antropológico que les dicta que un macho rudo es mejor proveedor de alimento
que un hombre sosegado; por lo cual y de forma casi que rabiosa, le arranqué de
un zarpazo la falda, a la vez que jalonaba con frenesí su blusa, para dejar al
descubierto su pecho y allí mismo consumar de manera impetuosa, esa fogosidad
desbordante que hacía que mi corazón latiera aceleradamente y casi se
desbordara de mi boca.
En medio del ímpetu y de la
exaltación del encuentro, recuerdo como entre una bruma, que sentí una
sensación rara, como si tuviera muchas ganas de orinar, pero por más esfuerzos
que hiciera, solo pudiera evacuar unas cuantas gotas, tal vez por eso el ardor
que empecé a sentir y que hizo que si bien la placidez y el sosiego que el
sueño con Catalina me estaba produciendo, se generara una sensación de malestar
en mi abdomen bajo y comenzara a salir poco a poco del estado onírico en el que
me encontraba, para volver a la realidad no de golpe, cómo me había sucedido
dos noches atrás, sino lentamente, por lo cual cuando fui dueño nuevamente de
mi consiente, el recuerdo corporal del encuentro permaneciera en mi memoria,
para causarme soslayo y paz.
Esteban, que había estado
pendiente de mi evolución, me comentó al día siguiente que me había despertado
sonriendo, cuando fue evidente que ya había recobrado mi plena razón, me
preguntó, con una sonrisa en su rostro:
-
Entonces que don Leonardo, ¿si pudo dormir?;
Yo que estaba además de
agradecido por el momento de descanso obtenido, feliz por la sensación de
bienestar que invadía mi cuerpo, sólo pude elevar mi mano izquierda, levantando
el pulgar en señal de aprobación.
-
Ah bueno, don Leonardo, me voy a hacer mi ronda
y ya vuelvo, acuérdese, cualquier cosa que necesite, me avisa, ¿oyó?
Nuevamente, mi brazo izquierdo con el pulgar arriba.
Pasó todavía un momento, para
recuperarme del todo, por lo cual apenas pude, con mi mano izquierda comencé a
palparme, para ver por qué se produjo la sensación incómoda que sentía en mi
cuerpo, sin embargo a un roce realizado por encima de las sábanas, casi lanzo
un grito de dolor, ya que sin duda, debido al sueño, había tenido una erección
causando con esto, que se me desacomodara un poco la sonda vesical para vaciar
la vejiga que todavía llevaba puesta, desde la operación coronaria realizada
dos días atrás.
Al poco tiempo comenzó a asomarse
el sol por las ventanas del hospital y sobre las 05:30, llegaron Joaquín y
Esteban a pasar la ronda para entrega del turno y esta vez fue Joaquín, quien
preguntó, con una cara pícara:
-Entonces don Leonardo, ¿me
dijeron que había dormido bien?
A lo cual yo manifesté con una
sonrisa:
-Ay Jefe, no sabe lo agradecido
que estoy, dormí súper bien y hasta soñé.
-Si Jefe, interpeló Esteban,
cuando se despertó yo estaba aquí y viera la sonrisota que tenía en la cara,
por fin, después del día que pasó ayer.
-¿Y qué fue lo que me dieron?,
pregunté yo.
-Como usted tiene recetada una
dosis de morfina cada seis horas, según dolor y ayer por la tarde no se quejó,
pues yo no se la aplique, pero cuando me dijeron lo de la falta de sueño, le apliqué
las dos dosis al mismo tiempo, para ayudarle a dormir- contestó Joaquín.
-Gracias Jefe, harta falta me
hacía.
Los dos, Joaquín y Esteban,
Enfermero Jefe y Auxiliar de la Unidad de Cuidados Intensivos Posquirúrgicos
Coronarios respectivamente, se miraron con complicidad, me saludaron y se fueron, dejando en mi
cara, una sonrisa marcada, pues lo que no hice nunca, hasta hoy, fue contar mi
sueño, el cual siempre me ha parecido un tanto descarado, dada la situación tan
precaria por la que estaba pasando: Apenas hacía dos días, que me realizaron una operación a corazón abierto, en la que los cirujanos habían hecho dos revascularizaciones miocárdicas y una endarterectomía. La primera sensación que tuve apenas me desperté de la anestesia
general que me habían aplicado, era que no podía respirar, sin duda debido al
tubo inter- traqueal por medio del cual me tenien conectado a un
respirador.
Luego durante el primer día
después de la operación, comenzó el suplicio por la sed, recuerdo que les
rogaba, con voz lastimera a las enfermeras auxiliares, que me dieran un sorbo
de agua, pues la sensación de resequedad en la garganta, se agudizaba por el oxígeno
que me suministraban a través de una careta puesta sobre mi boca y nariz, sin
embargo y como el cardiólogo no había autorizado ningún tipo de dieta (ni
líquida, ni mucho menos sólida), algunas auxiliares, sin duda conmovidas por
mis ruegos, mojaban una gasa con agua y la pasaban sobre mis labios, aliviando
en algo mi suplicio, pero debido a las pocas gotas que podía ingerir, no lograba
sino exacerbar mi sed.
Al segundo día y ya con una dieta
líquida, que me permitió aminorar el suplicio de falta de agua, comenzó una
deficiencia respiratoria, que me hizo estar más de ocho horas con una
taquicardia cercana a los 100 latidos por minuto, debido a esto, ese segundo
día el tormento fue por intentar inspirar suficiente aire, para que llegara
hasta los alveolos pulmonares, cerrados a causa de la operación, ya que me habían
hecho detener el corazón y los pulmones, conectándome a una máquina de cardio-respiración
extracorpórea. Recuerdo también que sobre las cinco de la tarde y una vez pude
inhalar la cantidad de aire necesaria para llevar oxígeno hasta los alveolos
pulmonares y con esto regular la respiración y el ritmo cardíaco, me comenzó
una fiebre tal, que en menos de dos horas había hecho subir mi temperatura de
37,5 a 39,8 grados centígrados, por lo cual sentí que ya no era capaz de
resistir y en algún momento pensé que si sentía que la muerte iba a llegar, me
rendiría sin luchar y le daría la bienvenida, para que se sentara conmigo en mi
cama. Pero lo que son las cosas de Dios, a las tres horas, sin que se me
aplicara ningún tipo de medicamento, así como comenzó a subir la fiebre, sin ninguna
razón a aparente, comenzó a descender, dando como resultado, que el único mal
que me aquejaba era la falta de sueño, pues las dos noches anteriores no había
podido dormir.
Ahora que lo pienso, la acción del
enfermero jefe Joaquín de aplicarme las dos dosis de morfina que tenía reservadas,
fue sin duda una ayuda del cielo, para que lograra afianzarme a la vida, a la
cual estuve a punto de renunciar apenas hacía cuatro horas y el sueño erótico
(aunque a muchos, como a mí, nos parezca un descaro), fue una señal clara e inequívoca,
que por duro que sea el camino y por ardua que sea la tarea de vivir, hay cosas
que valen la pena disfrutar, porque como reza una frase que me regaló una
enfermera jefe, cuando clamaba por un sorbo de agua: “Todo en la vida pasa”.
Escrito en
Villavicencio, Marzo 7 de 2016

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