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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

viernes, 15 de abril de 2016

MI PRIMERA CANA



MI PRIMERA CANA

Por: JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA

Una hebra de cabello adorna mi cuerpo,
Una hebra de cabello adorna mi alma,
Ay ve, mi primera cana,
Noticias de mi vejez…
(Mi primera cana, de Diomedes Díaz Maestre)

Ahora cuando Ricardo recapacita sobre esto, no sabe exactamente porque viene a su mente ésta melodía compuesta por el difunto cantautor vallenato, la verdad desde el principio siempre se hizo la pregunta si las “noticias de la vejez”, como bien lo afirma en sus tonadas, son una bendición o maldición.

Cada quién habla de la fiesta, como le va en ella; Ricardo no puede decir que sus canas hayan sido presagios de etapas difíciles, pero tampoco han sido una autopista de cuarta generación, como el presidente de turno dice de las famosas locomotoras que nos debían estar llevando por el camino del éxito social.

Cuando fue consciente de sus canas tenía 42 años. Lo recuerda con exactitud, porque fue a esa edad a la que murió su papá, casi 27 años atrás. Era la misma edad a la que había vaticinado, durante sus años mozos, que quería morirse: “Porque así como mi papá no fue un estorbo para nadie, yo tampoco quiero serlo; salud compañero”.

Sin embargo a diferencia de su viejo, quién sucumbió a una depresión, Ricardo estaba en la plenitud de su vida, recientemente había conocido a una joven a quién consideraba elegante y bonita, quince años menor que él, por lo cual las canas, podían ser un impedimento o no –según como se mire-, para afianzar esa relación y terminar de conquistar ese rostro y ese corazón.

En algunos diálogos con Francisca, Ricardo le hacía preguntas capciosas, sobre si le gustaban o no los hombres canosos, a lo que ella respondía con sinceridad, que no era que no le gustaran pero que prefería a los de pelo oscuro, por lo cual la proximidad de verse moteado con mechones claros y negros, realmente le llego a preocupar y a sentir que definitivamente las “noticias de la vejez” eran una mierda.

Nunca se había preocupado por aprender cómo es la cosa de teñirse el pelo. Una vez fue donde un amigo estilista, maricón, por más señas y éste por el corte de cabello y por la tintura, le cobró $40.000, por lo cual la única salida que le quedaba era la de aprender a teñirse solo o quedarse una semana sin para el almuerzo; ya se imaginarán que la famosa canción de Diomedes, no era para él una oda que lo llevara como sobre una nube a los famosos años dorados, sino un calvario que amenazaba con dejarlo sin novia o sin recursos.

Después de mucho pensarlo, decidió –como quién no quiere la cosa- preguntarle a Francisca, sobre cómo puede un hombre teñirse el cabello para esconder “unas cuantas canas, que me están saliendo y no me gustan cómo se ven”, a lo que ella muy atenta, le respondió que no había nada más fácil, que comprara un tinte con un color apropiado:

- ¿Castaño, claro? – preguntó Ricardo,

-No!!! Porqué parecerías un homosexual!!! - Respondió Francisca.

Entonces: -¿Un castaño oscuro?-, inquirió Ricardo.

- Mira si el negro no te quedaría mejor, insistió Francisca.

Ricardo no decidido del todo, pero con resolución en su espíritu, salió a comprar el dichoso tinte, sin embargo pensaba que esa vaina de teñirse el pelo, si al fin y al cabo era para esconder una etapa natural del ser humano, no debía haber mucha diferencia entre cambiar el tono del cabello de castaño, casi negro, a un tono más mono, porque dentro de su más recóndito lugar corporal de los deseos, siempre había querido ser rubio, debido a que pensaba que a las viejas les gustaba más los monos que los de pelo negro.

Cuando llegó al almacén, le preguntó a la impulsadora de los tintes de pelo, cuál le recomendaba en cuanto a calidad y precio y la empleada de una forma muy solícita, le mostró los distintos tipos, terminó comprando uno ni muy barato, ni muy malo y salió para su casa, contento pero con algo de inquietud en su corazón.

El plan que habían concertado con Francisca era muy sencillo, apenas llegara a la casa, tenía que coger el inserto del producto en el cual venían detalladas las instrucciones, después de asegurarse que las había entendido, debía llamarla por teléfono y ella le iba a explicar, desde la distancia, cómo debía realizar el procedimiento:

- Bueno, primero mezcla el tinte con el agua que viene en el paquete, comenzó Francisca.

- ¿Todo el tinte?

- No, yo creo que mezcla la mitad, porque como tienes el pelo tan cortico, eso es suficiente.

- Ya tengo la mezcla lista, ¿Ahora?

- Coge el peine que viene en la caja, embadúrnalo bien con la tintura y comienza a peinarte el cabello, hasta que esté húmedo y con la mezcla bien esparcida por todo el pelo.

- OK, ya entendí, cuando termine, te vuelvo a marcar, ¿estás pendiente?

- Dale, no te preocupes.

Apenas Ricardo hubo terminado de distribuir el tinte por su cabello, vio el contenedor de plástico en el que había hecho la mezcla y notó que aún quedaba más de la mitad, sin embargo debido a que el primer lugar dónde le habían comenzado a salir las canas era el vello del pecho y debido a que por temor a manchar la camiseta que llevaba puesta, se la había quitado para realizar la operación en su cabeza, cogió el peine, lo embadurnó en la mezcla y comenzó a humedecer su tórax, hasta tenerlo totalmente untado.

Volvió a revisar el recipiente y vio que todavía quedaba, por lo que sin pensarlo mucho, decidió bajarse el pantalón y los calzoncillos, debido a que también había visto unas cuantas canas en su vello púbico. Como ya se consideraba un experto en el arte de humedecer el pelo, se dedicó a la tarea de teñir todas sus partes nobles.

Sin duda, hubiera continuado con las piernas y los brazos si el ardor que comenzó a sentir, el cual principió de manera casi imperceptible pero continuó aumentando a medida que pasaba el tiempo, no lo obligara a recapacitar, si estaba tomando buenas decisiones.

Ya con la cabeza, el pecho y el pubis completamente húmedos, llamó a Francisca, la cual contestó apenas sonó el primer timbrazo en su teléfono, Ricardo le preguntó, que tenía que hacer a continuación y ella después de asegurarse que se había embadurnado muy bien la cabeza, sin dejar zonas secas de cabello, le dijo que esperara unos 10 minutos, mientras el tinte se adhería bien y que luego se juagara, primero con abundante agua y después con una buena dosis de champú.

Ricardo aprovechó para preguntarle si era normal sentir “un poquito de ardor”, a lo cual Francisca le respondió que sí, porque un componente del tinte es el amoníaco, que era la razón por la cual, estaba contraindicado para las mujeres embarazadas.

Ricardo, que en ese preciso momento, tenía la cara roja y la frente sudorosa, por el ardor que sentía, no en la cabeza, sino en los testículos, se preocupó por colgar rápido la llamada y salir corriendo hasta la habitación, para encender un ventilador y abriendo lo más que podía las piernas, colocarlo frente a su aparato reproductor y así, poder resistir los 10 minutos que se requerían antes de bañarse.

Apenas pasaron los eternos minutos de espera, nuevamente a la carrera, se metió en la ducha y comenzó a enjuagarse, no la cabeza sino el pubis, se aplicó una buena dosis de jabón y aunque el agua fría y el retiro del remanente de tinte, aliviaron en algo su sufrimiento, debieron pasar algunos minutos más para que le dejara de arder, acto seguido, procedió a bañarse la cabeza y el torso y una vez lo hubiera hecho meticulosamente, cogió la toalla y se secó vigorosamente.
Sin embargo y debido al interés de observar cómo había quedado con el tinte, cuando se vio al espejo notó un circulo irregular negro alrededor del cuero cabelludo y de su pecho, volvió a la ducha y se bañó por segunda vez, refregando vigorosamente las manchas en su piel, pero al volverse a mirar en el espejo, observó que seguían allí casi intactas.

Le marcó nuevamente a Francisca y al preguntarle el porqué de las manchas en la piel, ella con tono lastimero le ofreció excusas, pues se le había olvidado advertirle, que antes de comenzar a utilizar el peine con el tinte, debía untarse algo cremoso y con una buena cantidad de grasa alrededor del pelo para evitar que el tinte se le pegara en la piel. Cuando Ricardo un poco mal humorado por el olvido, le preguntó si no había algún remedio para eliminar las manchas, ella le contestó que no sabía, pero que iba a averiguar y lo llamaba, lo cual no ocurrió esa noche, debido a que Francisca no encontró una respuesta satisfactoria, para el problema presentado.

Al otro día y ya que comenzaba el fin de semana el cual era aprovechado por los novios para verse y pasar un rato juntos y dado que Francisca había venido la última vez a la ciudad donde residía Ricardo, fue a él a quién le tocó viajar a la capital y aunque intentó disimular las manchas con una gorra deportiva, para él fue bastante obvio y por demás muy incómodo, las expresiones de risa y de asombró que notó en algunas mujeres que se percataron de la manera tan novel y burda, como se había realizado el tinte.

Hasta Francisca no pudo evitar algunas frases de burla, las cuales aumentaron cuando esa noche Ricardo antes de acostarse, se quitó la ropa y mostró el círculo que guardaba su pecho y se convirtieron en verdaderas carcajadas, cuando le contó el ardor que tuvo en sus partes íntimas debido al amoníaco del producto.


Escrito en Villavicencio, el 15 de Abril de 2016

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