Nada
que hacer Monsieur Baruch
El
cartero continuaba echando por debajo de la puerta una publicidad a la que
Monsieur Baruch permanecía completamente insensible. En los últimos tres días
había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera
pagina se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rotulo
“gracias al método del doctor Klein ahora soy un hombre feliz”; había también
un prospecto del detergente Ayax proponiendo un descuento de cinco centavos por
el paquete familiar que se comprara en los próximos diez días; se veía por
último programas ilustrados que ofrecían las memorias de sir Winston Churchill
pagaderas en catorce mensualidades, un equipo completo de carpintería domestica
cuya pieza maestra era un berbiquí eléctrico y finalmente un volante de colores
particularmente vivos sobre “El arte de escribir y redactar”, que el cartero
lanzó con tal pericia que estuvo a punto de caer en la propia mano de Monsieur
Baruch. Pero éste, a pesar de encontrarse muy cerca de la puerta y con los ojos
puestos en ella, no podía interesarse por esos asuntos, pues desde hace tres
días estaba muerto.
Hacia
tres días justamente Monsieur Baruch se había despertado a la mitad de la
tarde, después de una noche de insomnio total en la cual había tratado de
recordar sucesivamente todas las camas en las que había dormido en los últimos
veinte años y todas las canciones que estuvieron de moda en su juventud. Lo
primero que hizo al levantarse fue dirigirse al lavatorio de la cocina, para
comprobar que seguía obstruído y que, como los días anteriores, le sería
necesario, para lavarse, llenar el agua en una cacerola y enjuagarse sólo los
dedos y la punta de la nariz.
Luego,
sin darse el trabajo de quitarse el pijama, se abocó por rutina a un problema
que lo había ocupado desde que Simón le cedió esa casa, hacia un año, y que
nunca había logrado resolver: ¿cuál de las dos piezas de ese departamento sería
la sala-comedor y cuál la dormitorio-escritorio? Desde su llegada a esa casa
había barajado el pro y el contra de una eventual decisión y cada día le
surgían nuevas objeciones que le impedían ponerla en práctica. Su perplejidad
venía del hecho que ambas habitaciones eran absolutamente simétricas con
relación a la puerta de calle –que daba sobre un minúsculo vestíbulo donde solo
cabía una percha— ya que ambas estaban amobladas en forma similar: en ambas
había un sofá-cama, una mesa, un armario, dos sillas y una chimenea condenada.
La diferencia residía en que la habitación de la derecha comunicaba con la
cocina y la de la izquierda con el wáter closet. Hacer su dormitorio a la
derecha significaba poner fuera de su alcance inmediatamente el excusado,
adonde un viejo desfallecimiento de su vejiga lo conducía con inusitada
frecuencia; hacerlo a la izquierda implicaba alejarse de la cocina y de sus
tazas de café nocturnas que se habían convertido para él en una necesidad de
orden casi espiritual.
Por
todo ello es que Monsieur Baruch, desde que llegó a esa casa, había dormido
alternativamente en una u otra habitación y comía en una u otra mesa, según las
soluciones sucesivas y siempre provisionales que le iba dando a su dilema. Y
esta especie de nomadismo que ponía en práctica en su propia casa le había
producido un sentimiento paradójico: por un lado le daba la impresión de vivir
en una casa más grande, pues podía concluir que tenia dos salas-comedor y dos
dormitorios-escritorio, pero al mismo tiempo se daba cuenta de la similitud de
ambas piezas reducía en realidad su casa, ya que se trataba de una duplicación
inútil del espacio, como la que podía provenir de un espejo, pues en la segunda
habitación no podía encontrar nada que no hubiera en la primera y tratar de
adicionarlas era una superchería, como la de quien al hacer el recuento de los
títulos de su biblioteca pretende consignar en la lista dos ediciones exactas
del mismo libro.
Ese
día Monsieur Baruch tampoco pudo resolver el problema y dejándolo en suspenso
una vez más regresó a la cocina para preparar su desayuno. Con su taza de café
humeante en una mano y una tostada seca en la otra se instaló en la mesa más
cercana, dio cuenta de su frugal alimento y luego se traslado a la mesa de la
habitación continua, donde lo esperaba una carpeta con papel de carta. Cogiendo
una hoja escribió unas breves líneas, que metió en un sobre. Encima de éste
anotó: Madame Renée Baruch, 17 Rue de la Joie, Lyon. Y más abajo, con un
bolígrafo de tinta roja, añadió: personal y urgente.
Dejando
el sobre en un lugar visible de la mesa Monsieur Baruch prospectó mentalmente
el resto de su jornada y aisló dos hechos que de costumbre realizaba antes de
enfrentarse una vez más a la noche: comprarse un periódico y prepararse otro
café con su tostada seca. Mientras esperaba que anocheciera vagó de una
habitación a otra, mirando por sus respectivas ventanas. La de la derecha daba
al corredor de una fábrica donde nunca supo que fabricaban, pero que debía ser
un lugar de penitencia, pues solo la frecuentaban obreros negros, argelinos. La
de la izquierda daba al techo de un garaje, detrás del cual, haciendo un esfuerzo,
podía avistarse un pedazo de calle, por donde los automóviles pasaban
interminablemente con sus faros ya encendidos. Pasó también un carro de
bomberos haciendo sonar su sirena. Alguna casa ardía a la distancia.
Monsieur
Baruch prolongó su paseo más de lo habitual, convenciéndose ya que debía
renunciar al periódico. Aparte de las ofertas de trabajo, nunca los terminaba
de leer, no entendía lo que decían: ¿qué querían los vietnamitas?, ¿quién era
ese señor Lacerda?, ¿qué cosa era una ordenadora electrónica?, ¿dónde quedaba
Karachi? Y en este paseo, mientras anochecía, volvió a sentir ese pequeño ruido
en el interior de su cráneo, que no provenía, como lo había descubierto, del
televisor de madame Pichot ni del calentador de agua del señor Belmonte ni de la
maquina en la cual el señor Ribeyro escribía en los altos: era un ruido
semejante al de un vagón que se desengancha del convoy de un tren estacionado e
inicia por su propia cuenta un viaje imprevisto.
En
el departamento ahora oscuro se mantuvo un momento al lado del conmutador de la
luz, interrogándose. ¿Y si salía a dar una vuelta? Ese barrio apenas lo
conocía. Desde su llegada había estudiado el itinerario más corto para llegar a
la panadería, a la estación del metro y a la tienda de comestibles y se había
ceñido a él escrupulosamente. Sólo una vez osó por apartarse de la ruta para
caer en una plaza horrible que, según comprobó, se llamaba la plaza de la
Reunión, circunferencia de tierra, con árboles sucios, bancas rotas, perros
libertinos, ancianos tullidos, rondas de argelinos sin trabajo y casas, santo
dios, casas chancrosas, sin alegría ni indulgencia, que se miraban aterradas,
como si de pronto fueran a dar un grito y desaparecer en una explosión de
vergüenza.
Descartado
también el paseo, Monsieur Baruch encendió la luz de la habitación donde había
dejado la carta, comprobó que seguía en su lugar y atravesando la siguiente
habitación a oscuras entró en la cocina. En cinco minutos se afeitó con esmero,
se puso un terno limpio y regresó ante el espejo del lavatorio para observarse
el rostro. No había en él nada diferente de lo habitual. El largo régimen de
café y tostadas había hundido sus carrillos, es verdad, y su nariz, que él
siempre consideró con cierta conmiseración debido a su tendencia de encorvarse
con los años, le pendía ahora entre las mejillas como una bandera arriada en
señal de dimisión. Pero sus ojos tenían la expresión de siempre, la del pavor
que le producía el tráfico, las corrientes de aire, los cinemas, las mujeres
hermosas, los asilos, los animales con casco, las noches sin compañía y que lo
hacía sobresaltarse y protegerse el corazón con la mano cuando un desconocido
lo interpelaba en la calle para preguntarle la hora.
Debía
ser el momento del film de sobremesa, pues del televisor vecino llegó una voz
varonil, que podía ser muy bien la de Jean Gabin en comisario de policía
hablando en argot con un cigarrillo en la boca, pero Monsieur Baruch,
indiferente a la emoción que seguramente embargaba a madame Pichot, se limitó a
enjuagar su maquina de afeitar, extraer la hoja y apagar la luz. Vestido se
introdujo en la ducha, que quedaba dentro de una caseta metálica; en un rincón
de la cocina y abriendo el caño dejo que el agua fría le fuera humedeciendo la
cabeza, el cuello, el terno. Aferrando bien la hoja de afeitar entre el índice
y el pulgar de la mano derecha levantó la mandíbula y se efectuó una incisión
corta pero profunda en la garganta. Sintió un dolor menos vivo del que había
supuesto y estuvo tentado de repetir la operación. Pero finalmente opto por
sentarse en la ducha con las piernas cruzadas y se puso a esperar. Su ropa ya
empapada lo hizo tiritar, por lo cual levantó el brazo para cerrar el caño.
Cuando las últimas gotas dejaron de caer sobre su cabeza experimentó en el
pecho una sensación de tibieza y casi de bienestar, que le hizo recordar las
mañanas de sol en Marsella, cuando iba por los bares del puerto ofreciendo sin
mucha fortuna corbatas a los marineros o aquellas otras mañanas genovesas,
cuando ayudaba a despachar a Simón en su tienda de géneros. Y luego sus
proyectos de viaje a Lituania, donde le dijeron que había nacido y a Israel,
donde debía tener parientes cercanos, que él imaginaba numerosos, dibujando en
sus rostros en blanco su propio rostro.
Un
nuevo carro de bomberos pasó a la distancia haciendo sonar su sirena y entonces
se dijo que era absurdo estar metido en esa caseta oscura y mojada, como quien
purga una falta o se oculta de una mala acción (¿pero toda su vida acaso no
había sido una mal acción?) y que mejor era extenderse en el sofá de cualquiera
de las habitaciones y fundar con ese gesto una nueva pieza en su casa, la
capilla mortuoria, pieza que desde que llegó sabía que existía potencialmente,
asechándolo, en ese espacio simétrico.
No
tuvo ninguna dificultad en ponerse de pie y salir de la ducha. Pero cuando
estaba a punto de abandonar la cocina sintió una arcada que lo dobló y empezó a
vomitar con tal violencia que perdió el equilibrio. Antes de que pudiera
apoyarse en la pared se encontró tendido en el suelo bajo el dintel de la
puerta, con las piernas en la cocina y el tronco en la habitación contigua. En
la siguiente habitación la luz había quedado encendida y desde su posición de
cúbito ventral Monsieur Baruch podía ver la mesa y en su borde el lomo de la
carpeta con papel de carta.
Mentalmente
se exploró el cuerpo, a la caza de algún dolor, de alguna fractura, de algún
deterioro grave que revelara que su máquina humana estaba definitivamente fuera
de uso. Pero no sentía ningún malestar. Lo único que sabía es que le era
imposible ponerse de pie y que si algo en fin había sucedido era que en
adelante debía renunciar a llevar una vida vertical y contentarse con la
existencia lenta de las lombrices y sus quehaceres chatos, sin relieve, su
penar al ras del suelo, del polvo de donde había surgido.
Inició
entonces un largo viaje a través del piso sembrado de prospectos y periódicos
viejos. Los brazos le pesaban y en su intento de avanzar comenzó a utilizar la
mandíbula, los hombros, a quebrar la cintura, las rodillas, a raspar el suelo
con la punta de sus zapatos. Se contuvo un rato tratando de recordar dónde
había dejado esa larga venda con la que en invierno se envolvía la cintura para
combatir sus dolores de ciática. Si la había dejado en el armario de la primera
pieza sólo tendría que avanzar cuatro metros para llegar a él. De otro modo, su
viaje se volvería tan improbable como el retorno a Lituania o el periplo al
reino de Sion.
Mientras
memorizaba y se debatía contra la sensación de que el aire se había convertido
en algo agrio e irrespirable y reproducía los actos de sus últimas semanas y
recreaba los objetos que guardaba en todos los cajones de la casa, Monsieur
Baruch sintió una vez mas la sirena de los bomberos, pero acompañada esta vez
por el traqueteo del vagón que se desengancha y acelerando progresivamente se
lanza desbocado por la campiña rasa, sin horario ni destino, cruzando sin ver
las estaciones de provincia, los bellos parajes marcados con una cruz en las
cartas de turismo, desapegado, ebrio, sin otra conciencia que su propia
celeridad y su condición de algo roto, segregado, condenado a no terminar más
que en una vía perdida, donde no lo esperaba otra cosa que el enmohecimiento y
el olvido.
Tal
vez sus párpados cayeron o el globo de sus ojos abiertos se inundó con una
sustancia opaca, porque dejó de ver su casa, sus armarios y sus mesas para ver
nítidamente, esta vez sí, inesperadamente, a la luz de un proyector interior,
maravillosamente, las camas en las que había dormido en los últimos veinte
años, incluyendo la última doble de la tienda del Marais, donde Renée se
apelotonaba a un lado y no permitía que pasara de una línea geométrica e ideal
que la partía por la mitad. Camas de hoteles, pensiones, albergues, siempre
estrechas, impersonales, ásperas, ingratas, que se sucedían rigurosamente en el
tiempo, sin que faltara una sola, y se sumaban en el espacio formando un tren
nocturno e infernal, sobre el que había reptado como ahora, durante noches sin
fin, solo, buscando un refugio a su pavor. Pero lo que no pudo percibir fueron
las canciones, aparte de un croar sin concierto, como de decenas de estaciones
de radio cruzadas, que pugnaban por acallarse unas a otras y que solo lograban
hacer descollar palabras sueltas, tal vez títulos de aires de moda, como
traición, infidelidad, perfidia, soledad, cualquiera, angustia, venganza,
verano, palabras sin melodía, que caían secamente como fichas en su oído y se
acumulaban proponiendo tal vez una charada o constituyendo el registro escueto,
capitular, de una pasión mediocre, sin dejar por ello de ser catastrófica, como
la que consignan los diarios en su página policial.
El
bordoneo cesó bruscamente y Monsieur Baruch se dio cuenta que veía otra vez,
veía la lámpara inaccesible en la habitación contigua y bajo la lámpara la
carpeta de cartas inaccesible. Y ese silencio en el que flotaban ahora los
objetos familiares era peor que la ceguera. Si al menos empezara a llover sobre
la calamina reseca o si madame Pichot elevara el volumen de su televisor o si
al señor Belmonte se le ocurriera darse un baño tardío, algún ruido, por leve o
estridente que fuere, lo rescataría de ese mundo de cosas presentes y
silenciosas, que privadas del sonido parecían huecas, engañadoras, distribuidas
con artificio por algún astuto escenógrafo para hacerle creer que seguía en el
reino de los vivos.
Pero
no oía nada y ni siquiera lograba recordar en qué rincón de la casa había
podido dejar la venda de la ciática y lo más que podía era progresar en su
viaje, sin mucha fe además, pues los periódicos se arrugaban ante su esfuerzo,
formaban ondulaciones y accidentes que el se sentía incapaz de franquear.
Aguzando la vista leyó un gran titular “Sheila acusa” y más abajo, con letras
más discretas, “Lord Chalfont asegura que la libra esterlina no bajará” y al
lado un recuadro que anunciaba “Un tifón barre el norte de Filipinas” y luego,
con letras casi imperceptibles -y qué tenacidad ponía en descifrarlas- “Monsieur
y madame Lescene se complacen en anunciar el nacimiento de su nieto
Luc-Emmanuel”. Y después volvió a sentir el calor, la agradable brisa en su
pecho y al instante escuchó la voz de Bernard diciéndole a Renée que si no le
aumentaban de sueldo se iría de la tienda del Marais y la de Renée que decía
que ese muchacho merecía un aumento y su propia voz recomendando esperar aún un
tiempo y el crujido de las escaleras la primera vez que descendió de puntillas
para espiar como conversaban y bromeaban detrás del mostrador, entre carteras,
paraguas y guantes y un rasguido que no podía ser otro que el del mensaje que
dejo Renée antes de su fuga, escrito en un papel de cuaderno y que él hizo
añicos después de leerlo varias veces, pensando idiotamente que rompiendo la prueba
destruiría lo probado.
Las
voces y los ruidos se alejaron o Monsieur Baruch renuncio a sintonizarlos, pues
al girar el globo del ojo efectuó una comprobación que lo obligó a cambiar en
el acto todos sus proyectos: más cerca que los armarios de ambas habitaciones y
de su venda improbable estaba la puerta de calle. Por su ranura inferior veía
la luz del descanso de la escalera. Empezó entonces a girar sobre su vientre,
con una dificultad extrema, pues le era necesario modificar toda la orientación
de su itinerario inicial y mientras trataba de hacerlo la luz del descanso se
encendió y se apagó varias veces, al par que sonaban pasos en las escaleras,
pero probablemente en redondo o en los pisos más bajos o en el sótano, pues
nunca, nunca terminaban de acercarse.
Con
el esfuerzo que hizo por cambiar de rumbo, su cabeza dejó de apoyarse en la
mandíbula y cayó pesadamente hacia un lado quedando reclinada sobre una oreja.
Las paredes y el techo giraban ahora, la chimenea pasó varias veces delante de
sus ojos, seguida por el armario, el sofá y los otros muebles y a la zaga una
lámpara y estos objetos se perseguían unos a otros, en una ronda cada vez más
desaforada. Monsieur Baruch apeló entonces a un último recurso, tenido hasta
ese momento en reserva y quiso gritar, pero en ese desorden, ¿quién garantizaba
dónde estaba su boca, su lengua, su garganta? Todo estaba disperso y las
relaciones que guardaba con su cuerpo se habían vuelto tan vagas que no sabía
realmente que forma tenía, cuál era su extensión, cuántas sus extremidades.
Pero ya el torbellino había cesado y lo que veía ahora, fijo ante sus ojos, era
un pedazo de periódico donde leyó “Monsieur y madame Lescene se complacen en
anunciar el nacimiento de su nieto Luc-Emmanuel”.
Entonces
abandonó todo esfuerzo y se abandonó sobre los diarios polvorientos. Apenas
sentía la presencia de su cuerpo flotando en un espacio acuoso o inmerso en el
fondo de una cisterna. Nadaba ahora con agilidad en un mar de vinagre. No, no
era un mar de vinagre, era una laguna encalmada. Trinaba un pájaro en un árbol
coposo. Discurría el agua por la verde quebrada. Nacía la luna en el cielo
diáfano. Pacía el ganado en la fértil pradera. Por algún extraño recodo había
llegado al paisaje ameno de los clásicos, donde todo era música, orden,
levedad, razón, armonía. Todo se volvía además explicable. Ahora comprendía,
sin ningún raciocinio, apodícticamente, que debía haber hecho el dormitorio en
el lugar donde dejó la venda o haber dejado la venda en el lugar que iba a ser
el dormitorio y haber echado a Bernard de la tienda y denunciado a Renée por
haber huido con la plata y haberla perseguido hasta Lyon rogándole de rodillas
que volviera y haberle dicho a Renée de partir sin que Bernard lo supiera y
haberse matado la noche misma de su fuga para no sufrir un año entero y haber
pagado un asesino para que acuchillara a Bernard o a Renée o a los dos o a él
mismo en las gradas de un sinagoga y haberse ido a Lituania dejando a Renée en
la indigencia y haberse casado en su juventud con la empleada de la pensión de
Marsella a la que le faltaba un seno y haber guardado la plata en un banco en
lugar de tenerla en la casa y haber hecho el dormitorio donde estaba tendido y
no haber ido a la primera cita que le dio Renée en el Café des Sports y haberse
embarcado en ese mercante rumbo a Buenos Aires y haberse dejado alguna vez un
espeso bigote y haber guardado la venda en el armario más cercano para poder
ahora que se moría, lejos ya del rincón
ameno, caído mas bien en un barranco inmundo, tentar una curación in extremis,
darse un plazo, durar, romper la carta anunciadora, escribirla la mañana
siguiente o el año siguiente y seguirse paseando aún por esa casa, sesentón,
cansado, sin oficio ni arte ni destreza, sin Renée ni negocio, mirando la
fábrica enigmática o los techos del garaje o escuchando cómo bajaba el agua por
las tuberías de los altos o madame Pichot encendía su televisor.
Y
todo era además posible. Monsieur Baruch se puso de pie, pero en realidad seguía
tendido. Gritó, pero sólo mostró los dientes. Levantó un brazo, pero sólo
consiguió abrir la mano. Por eso es que a los tres días, cuando los guardias
derribaron la puerta, lo encontramos extendido, mirándonos, y a no ser por el
charco negro y las moscas hubiéramos pensado que representaba una pantomima y
que nos aguardaba allí por el suelo, con el brazo estirado, anticipándose a
nuestro saludo.
JULIO RAMÓN RIBEYRO. (Escrito en París en 1967)

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