Naturaleza
muerta con Rasputín
Líderman
Vásquez
Ese día fui al centro desde
muy temprano a comprar unas cañas para el clarinete y me entretuve conversando
con unos amigos. La plática estaba interesante pues un señor de Envigado contó
varias historias de la época de La Catedral, la cárcel que el gobierno
construyó por encargo de Pablo Escobar. Eran historias inéditas, amenas, y se
veía que el señor las contaba con frecuencia. Iba a preguntarle si había
conocido a Leo Cañas, un muchacho que escribía poemas, asesinado por los
alrededores de La Catedral, pero en ese momento pasó una mujer con minifalda y
alguien hizo un comentario morboso y el señor empató con otra historia sobre la
mujer que le conseguía sardinas al capo.
Como a las doce me despedí.
Cogí la buseta de Santra en el cuadradero que hay frente a la iglesia San José,
me senté en uno de los puestos de la mitad, en la ventanilla, y a mi lado se
sentó una mujer. En el tiempo que la buseta estuvo cuadrada frente a la
iglesia, un vendedor de cepillos de dientes echó un discurso sobre la higiene
bucal, hizo una demostración de cómo se debían cepillar los dientes y de lo
importante que era el uso de la seda dental. Dijo que, por ser una campaña de
salud, cada cepillo, más veinte metros de seda dental, tenía un costo de
novecientos cincuenta pesos, “Novecientos cincuenta pesos, que no hacen rico ni
pobre a nadie, que apenas si alcanzan para comprar confites, golosina para la
caries. Este mismo cepillo en un almacén de cadena o en una farmacia no lo
consiguen por menos de ocho mil pesos”. Vendió un cepillo de cerdas redondeadas
y se bajó maldiciendo a los pasajeros que no apoyan el trabajo decente. Antes
de que la buseta arrancara se montó un niño vendiendo confites a cien pesos la
unidad, tres por doscientos, seis por quinientos y doce por mil. No vendió ni
uno. Contrariamente al hombre, el niño no maldijo a nadie. Mientras esperaba
que le abrieran la puerta, estuvo entretenido con un Hombre Araña que,
sostenido entre el pulgar y el índice, movía en todas direcciones delante de
sus ojos. En el cuadradero del Parque Berrío la buseta quedó totalmente llena.
Mi compañera de viaje
hablaba por celular. Decía: “Mi amor, tú sabes que yo te quiero, deja esos
pensamientos, esas dudas… Sí… Tranquilo… Estoy en el parque Berrío… Cómo se te
ocurre… En la buseta… No… Está bien, en veinte minutos nos vemos… Ah… Amor…”.
Deduje que el hombre era celoso. Miré de reojo a la mujer, de boca grande y
labios carnosos, que en ese momento exhaló y dijo, dirigiéndose a mí: “¡Qué
bochorno!”. Yo estuve de acuerdo con ella y, por no quedarme callado, dije que
lo más probable era que lloviera en la tarde. La mujer dijo: “Y este tipo que
no arranca, nos vamos a asar”. Las dos ancianas que iban en el puesto de
enseguida recordaban sus años de juventud, cuando trabajaban en un colegio de
Manrique. “¿Te acuerdas de Celmira, la que enseñaba biología, esa que era toda
alta y como creída, la que decían que era moza del rector?”. La otra dijo que
no: “No alcancé a conocerla, recuerda que yo me trasladé cuando la de biología
era todavía Cecilia”.
La buseta arrancó y mi
compañera de viaje dijo “siquiera”. Esta vez solo me limité a mover las cejas y
a mirar por la ventanilla. En los puestos de adelante se armó cierto revuelo
porque un hombre, con dos maletines enormes terciados a ambos lados, repartía
unas cajas. Iba de puesto en puesto, diciendo: “Queridos pasajeros, es sin
compromiso, observen bien el producto, lean la información que está en español.
La que está en alemán es para los alemanes, la que está en francés para los
franceses y la que está en portugués para los portugueses. Como pueden ver, es
un producto que ha tenido acogida en todo el mundo. La felicidad al alcance de
todas. Se acabaron los días en que para tener un consolador de buena calidad
había que desembolsar hasta doscientos mil pesos; ahora, con solo tres mil
pesitos, que no hacen rico ni pobre a nadie, puedes tener uno de tamaño
mediano, y el súper, un Rasputín, el famoso filántropo venido desde Siberia a
traer felicidad a mis damas, por solo cinco mil”. Una vez repartidos, el hombre
se instaló cerca a la registradora y destapó una caja. “Este es el de tres mil,
miren el grosor, el tamaño, lo bien que imita la piel humana. Hay blancos,
negros, morenos, color cetrina, amarillos, cobrizos. Y este, la novedad: solo
cinco mil pesos; lo que vale un almuerzo ejecutivo pero que a ti, mujer, te
calma, por muchas veces, ese otro tipo de hambre, muy común en las grandes
ciudades, en el mundo moderno. Por supuesto que son pirateados, se dejan leer como
los libros, que, si los tratas bien, no se deshojan. Los esposos pueden
llevarle a su pareja nuestra novedad y el resultado será una mujer más
hacendosa, más cariñosa. ¡Cuántos matrimonios no han resuelto sus problemas
comprando nuestro producto! Mi compañera les puede dar testimonio de lo buenos
que son”.
En efecto, una mujer como de
veinte años tomó la palabra y dijo que recomendaba los dos: “Se pueden
alternar, con los dos me he sentido súper bien, además, una no es igual todos
los días, está en nuestra naturaleza, nos gusta lo salvaje, lo desconocido, nos
gusta lo tierno, lo frágil. Así somos. A cambio del enorme placer, y de la
estabilidad que llevan al hogar, es un verdadero regalo”. Casi todos los
pasajeros compraron. La mujer que iba a mi lado logró que le dejaran un par de
rasputines por ocho mil pesos y alguien de los puestos de atrás gritó
“¡Agalluda!”. Las dos ancianas que iban en los puestos de enseguida se quedaron
cada una con un Rasputín. Una colegiala de los puestos de adelante sólo tenía
dos mil pesos “Está bien mi amor, yo también fui estudiante y sé que la
característica del estudiante es la peladez… Que lo disfrutes, mi reina”, dijo
el hombre y le dejó un Rasputín. “Oiga, espere”, llamó un señor de los puestos
de la mitad, “deme el parcito, son para mi hija: el esposo es policía y siempre
tiene turno de noche”. “Con mucho gusto caballero, eso es lo que se llama ser
un buen padre”. Los maletines quedaron casi vacíos. El hombre tocó el timbre y
dijo: “Que Dios y la Virgen los acompañen, paz para todos”. La puerta se abrió
y se apearon en el puente peatonal de Suramericana.
Más adelante se montó un
muchacho delgado, pálido, con ropas gastadas pero limpias, vendiendo poemas
escritos por él mismo en largas y angustiosas noches de insomnio. “Mis poemas
hablan de la soledad, del amor, de la muerte, los eternos temas de la poesía, y
están en la línea de los poetas malditos. Mi influencia más directa es
Baudelaire, el poeta francés, autor de Las flores del mal. Cada plegable
contiene cuatro poemas con temáticas diferentes y tiene un costo de dos mil
pesos. Con este dinero sobrevivo, es decir, pago arriendo, comida, compro
papel, tinta, y pago las fotocopias de los plegables. He desterrado de mi vida
la práctica de la bohemia, tan necesaria en la vida de los poetas. Me limito a
sobrevivir. A dos mil pesos los plegables”. El muchacho iba de puesto en puesto
y la gente le hacía mala cara. Una de las ancianas que compró el Rasputín le
torció los ojos con verdadera rabia. “Haragán degenerado”, dijo entre dientes.
La colegiala de los dos mil pesos se recostó lo más que pudo contra su
compañera, una señora como de cuarenta años que también había comprado su
Rasputín, para evitar que el muchacho la rozara. Era como si tuviera lepra. “A
dos mil”, iba repitiendo el muchacho, “siempre cae bien una dosis de
malditismo”.
Mi compañera de viaje, la
agalluda, lo miraba con verdadera inquina y movía la cabeza de un lado a otro
como queriendo expresar lo inaudito de la situación. Mientras tanto, una
sensación de zozobra se iba apoderando de mí a medida que el muchacho recogía
los plegables que nadie compraba, algo parecido a lo que llaman vergüenza
ajena. Sin pensarlo dos veces le di un billete de cinco mil y le dije que se
quedara con la devuelta. El poeta agradeció mi colaboración y dijo que gestos
como el mío lo motivaban a seguir adelante dando testimonio de sus abismos
interiores. “El malditismo está aquí”, dijo, y se tocó el frágil pecho, “pude
haber nacido en la riqueza y sentir la misma quemazón”. Se apeó por los lados
del colegio San Ignacio y atravesó la setenta, quizá en busca de un almuerzo
ejecutivo de cuatro mil pesos, un tinto y un cigarrillo barato. Un hombre le
gritó desde la ventanilla que dejara de ser descarado y se consiguiera un
trabajo, que se pusiera a vender consoladores o confites. La anciana del
Rasputín le gritó “estafador, timador, haragán”, y me miró con verdadero odio.
“Y claro, como hay gente que los alcahuetea”, dijo, fulminándome con su mirada.
“¡Alcahueta!”, gritó la misma voz desde los puestos de atrás. La hostilidad fue
aumentando y tuve que bajarme como diez cuadras antes. Recuerdo que al pedirle
permiso a mi vecina, la agalluda, estiró el cuello, y en la zona comprendida
entre la nariz y la boca se dibujó un mohín de desprecio. Poco faltó para que
me escupiera.
Leí uno de los poemas.
Hablaba de muchachas que florecen en las tardes y al caer el sol se marchitan y
miran, acodadas en sus ventanas, el crepúsculo triste. Doblé la hoja y la
guardé en el bolsillo de la camisa. Mientras andaba me acordé de Leo, el
muchacho que escribía poemas y que fue encontrado, baleado, por los lados de La
Catedral.

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