MI PRIMERA CANA
Por: JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
Una hebra de cabello
adorna mi cuerpo,
Una hebra de cabello
adorna mi alma,
Ay ve, mi primera
cana,
Noticias de mi vejez…
(Mi primera cana, de
Diomedes Díaz Maestre)
Ahora cuando Ricardo recapacita
sobre esto, no sabe exactamente porque viene a su mente ésta melodía compuesta
por el difunto cantautor vallenato, la verdad desde el principio siempre se
hizo la pregunta si las “noticias de la vejez”, como bien lo afirma en sus
tonadas, son una bendición o maldición.
Cada quién habla de la fiesta,
como le va en ella; Ricardo no puede decir que sus canas hayan sido presagios
de etapas difíciles, pero tampoco han sido una autopista de cuarta generación,
como el presidente de turno dice de las famosas locomotoras que nos debían
estar llevando por el camino del éxito social.
Cuando fue consciente de sus canas
tenía 42 años. Lo recuerda con exactitud, porque fue a esa edad a la que murió su
papá, casi 27 años atrás. Era la misma edad a la que había vaticinado, durante sus
años mozos, que quería morirse: “Porque así como mi papá no fue un estorbo para
nadie, yo tampoco quiero serlo; salud compañero”.
Sin embargo a diferencia de su viejo,
quién sucumbió a una depresión, Ricardo estaba en la plenitud de su vida,
recientemente había conocido a una joven a quién consideraba elegante y bonita,
quince años menor que él, por lo cual las canas, podían ser un impedimento o no
–según como se mire-, para afianzar esa relación y terminar de conquistar ese
rostro y ese corazón.
En algunos diálogos con
Francisca, Ricardo le hacía preguntas capciosas, sobre si le gustaban o no los
hombres canosos, a lo que ella respondía con sinceridad, que no era que no le
gustaran pero que prefería a los de pelo oscuro, por lo cual la proximidad de
verse moteado con mechones claros y negros, realmente le llego a preocupar y a
sentir que definitivamente las “noticias de la vejez” eran una mierda.
Nunca se había preocupado por
aprender cómo es la cosa de teñirse el pelo. Una vez fue donde un amigo
estilista, maricón, por más señas y éste por el corte de cabello y por la tintura,
le cobró $40.000, por lo cual la única salida que le quedaba era la de aprender
a teñirse solo o quedarse una semana sin para el almuerzo; ya se imaginarán que
la famosa canción de Diomedes, no era para él una oda que lo llevara como sobre
una nube a los famosos años dorados, sino un calvario que amenazaba con dejarlo
sin novia o sin recursos.
Después de mucho pensarlo,
decidió –como quién no quiere la cosa- preguntarle a Francisca, sobre cómo
puede un hombre teñirse el cabello para esconder “unas cuantas canas, que me
están saliendo y no me gustan cómo se ven”, a lo que ella muy atenta, le respondió
que no había nada más fácil, que comprara un tinte con un color apropiado:
- ¿Castaño, claro? – preguntó
Ricardo,
-No!!! Porqué parecerías un
homosexual!!! - Respondió Francisca.
Entonces: -¿Un castaño oscuro?-,
inquirió Ricardo.
- Mira si el negro no te quedaría
mejor, insistió Francisca.
Ricardo no decidido del todo,
pero con resolución en su espíritu, salió a comprar el dichoso tinte, sin
embargo pensaba que esa vaina de teñirse el pelo, si al fin y al cabo era para
esconder una etapa natural del ser humano, no debía haber mucha diferencia
entre cambiar el tono del cabello de castaño, casi negro, a un tono más mono,
porque dentro de su más recóndito lugar corporal de los deseos, siempre había
querido ser rubio, debido a que pensaba que a las viejas les gustaba más los
monos que los de pelo negro.
Cuando llegó al almacén, le
preguntó a la impulsadora de los tintes de pelo, cuál le recomendaba en cuanto
a calidad y precio y la empleada de una forma muy solícita, le mostró los
distintos tipos, terminó comprando uno ni muy barato, ni muy malo y salió para
su casa, contento pero con algo de inquietud en su corazón.
El plan que habían concertado con
Francisca era muy sencillo, apenas llegara a la casa, tenía que coger el
inserto del producto en el cual venían detalladas las instrucciones, después de
asegurarse que las había entendido, debía llamarla por teléfono y ella le iba a
explicar, desde la distancia, cómo debía realizar el procedimiento:
- Bueno, primero mezcla el tinte
con el agua que viene en el paquete, comenzó Francisca.
- ¿Todo el tinte?
- No, yo creo que mezcla la
mitad, porque como tienes el pelo tan cortico, eso es suficiente.
- Ya tengo la mezcla lista,
¿Ahora?
- Coge el peine que viene en la
caja, embadúrnalo bien con la tintura y comienza a peinarte el cabello, hasta
que esté húmedo y con la mezcla bien esparcida por todo el pelo.
- OK, ya entendí, cuando termine,
te vuelvo a marcar, ¿estás pendiente?
- Dale, no te preocupes.
Apenas Ricardo hubo terminado de distribuir
el tinte por su cabello, vio el contenedor de plástico en el que había hecho la
mezcla y notó que aún quedaba más de la mitad, sin embargo debido a que el
primer lugar dónde le habían comenzado a salir las canas era el vello del pecho
y debido a que por temor a manchar la camiseta que llevaba puesta, se la había
quitado para realizar la operación en su cabeza, cogió el peine, lo embadurnó
en la mezcla y comenzó a humedecer su tórax, hasta tenerlo totalmente untado.
Volvió a revisar el recipiente y
vio que todavía quedaba, por lo que sin pensarlo mucho, decidió bajarse el
pantalón y los calzoncillos, debido a que también había visto unas cuantas
canas en su vello púbico. Como ya se consideraba un experto en el arte de
humedecer el pelo, se dedicó a la tarea de teñir todas sus partes nobles.
Sin duda, hubiera continuado con
las piernas y los brazos si el ardor que comenzó a sentir, el cual principió de
manera casi imperceptible pero continuó aumentando a medida que pasaba el
tiempo, no lo obligara a recapacitar, si estaba tomando buenas decisiones.
Ya con la cabeza, el pecho y el
pubis completamente húmedos, llamó a Francisca, la cual contestó apenas sonó el
primer timbrazo en su teléfono, Ricardo le preguntó, que tenía que hacer a
continuación y ella después de asegurarse que se había embadurnado muy bien la
cabeza, sin dejar zonas secas de cabello, le dijo que esperara unos 10 minutos,
mientras el tinte se adhería bien y que luego se juagara, primero con abundante
agua y después con una buena dosis de champú.
Ricardo aprovechó para
preguntarle si era normal sentir “un poquito de ardor”, a lo cual Francisca le
respondió que sí, porque un componente del tinte es el amoníaco, que era la
razón por la cual, estaba contraindicado para las mujeres embarazadas.
Ricardo, que en ese preciso
momento, tenía la cara roja y la frente sudorosa, por el ardor que sentía, no
en la cabeza, sino en los testículos, se preocupó por colgar rápido la llamada
y salir corriendo hasta la habitación, para encender un ventilador y abriendo
lo más que podía las piernas, colocarlo frente a su aparato reproductor y así,
poder resistir los 10 minutos que se requerían antes de bañarse.
Apenas pasaron los eternos
minutos de espera, nuevamente a la carrera, se metió en la ducha y comenzó a
enjuagarse, no la cabeza sino el pubis, se aplicó una buena dosis de jabón y
aunque el agua fría y el retiro del remanente de tinte, aliviaron en algo su
sufrimiento, debieron pasar algunos minutos más para que le dejara de arder,
acto seguido, procedió a bañarse la cabeza y el torso y una vez lo hubiera
hecho meticulosamente, cogió la toalla y se secó vigorosamente.
Sin embargo y debido al interés
de observar cómo había quedado con el tinte, cuando se vio al espejo notó un
circulo irregular negro alrededor del cuero cabelludo y de su pecho, volvió a
la ducha y se bañó por segunda vez, refregando vigorosamente las manchas en su
piel, pero al volverse a mirar en el espejo, observó que seguían allí casi
intactas.
Le marcó nuevamente a Francisca y
al preguntarle el porqué de las manchas en la piel, ella con tono lastimero le
ofreció excusas, pues se le había olvidado advertirle, que antes de comenzar a
utilizar el peine con el tinte, debía untarse algo cremoso y con una buena
cantidad de grasa alrededor del pelo para evitar que el tinte se le pegara en
la piel. Cuando Ricardo un poco mal humorado por el olvido, le preguntó si no
había algún remedio para eliminar las manchas, ella le contestó que no sabía,
pero que iba a averiguar y lo llamaba, lo cual no ocurrió esa noche, debido a
que Francisca no encontró una respuesta satisfactoria, para el problema
presentado.
Al otro día y ya que comenzaba el
fin de semana el cual era aprovechado por los novios para verse y pasar un rato
juntos y dado que Francisca había venido la última vez a la ciudad donde
residía Ricardo, fue a él a quién le tocó viajar a la capital y aunque intentó
disimular las manchas con una gorra deportiva, para él fue bastante obvio y por
demás muy incómodo, las expresiones de risa y de asombró que notó en algunas
mujeres que se percataron de la manera tan novel y burda, como se había
realizado el tinte.
Hasta Francisca no pudo evitar
algunas frases de burla, las cuales aumentaron cuando esa noche Ricardo antes
de acostarse, se quitó la ropa y mostró el círculo que guardaba su pecho y se
convirtieron en verdaderas carcajadas, cuando le contó el ardor que tuvo en sus
partes íntimas debido al amoníaco del producto.
Escrito en Villavicencio, el 15 de
Abril de 2016
