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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

Un sueño erótico



UN SUEÑO ERÓTICO

Por: José Tiberio Serrano Arias
TISA

Las últimas dos noches, no logré descansar bien. Es más, ahora que lo pienso, yo creo que ni siquiera había logrado conciliar el sueño, durante más de 15 minutos seguidos. Para alguien que haya pasado lo que se denomina “una noche en vela”, es decir sin lograr dormir, no se le harán extrañas mis palabras: es de las cosas más desesperantes que le pueden ocurrir a un ser humano, junto con la sed. La sed, la maldita sed, lo cual dicho sea de paso también la había sufrido apenas ayer, esa sensación de resequedad en la garganta, como si en vez de saliva, tuviera un polvo fino y muy caliente que tenía que tragar de vez en cuando y que al pasar por la faringe, quemaba y hacía ansiar aún más, una gota de agua.

Sin embargo cuando le había platicado mis congojas a Esteban, éste en el tono cortes que lo caracterizaba, me había alentado con la seguridad que algo se inventarían junto con Joaquín, pero que esa noche -prometió- si iba a dormir bien.

Ahora que mi mente ya está un poco más despejada, pienso que la promesa realizada por Esteban no se había cumplido del todo, porque una vez que él le informó a Joaquín sobre mi agonía y éste de forma solicita tomo la acción que le pareció más efectiva para brindarme esas tan ansiadas horas de descanso, en vez de entrar a disfrutar de un sueño profundo y reparador, que en últimas era lo que yo deseaba y sin dudarlo un instante, era lo que Esteban y Joaquín me querían brindar, lo que lograron fue que entrara en una especie de trance, en el que la primera impresión de mi cerebro, fue que estaba flotando y al entreabrir un poco los ojos, que la habitación daba vueltas y que los objetos que la componían, se acercaban y se alejaban, como en una danza medio sicodélica, tal y como los relatos de adictos a las drogas heroicas, los describen en cada uno de sus viajes, cuando éstos son buenos.

Después del impacto inicial, entré en una especie de adormecimiento y, cosa bien rara, comencé a soñar con Catalina, la vi sentada en un prado, no puedo recordar si el prado pertenecía a un parque o hacía parte de un paisaje más elaborado, lo que si recuerdo es que ella estaba sentada alrededor de flores de distintos, variados y hermosos colores y me sonreía, con esa sonrisa enigmática que la hacía parecer mucho más coqueta de lo que realmente era. Estaba vestida con una minifalda de jean, con zapatos altos de amarrar estilo sandalia romana, con una blusa manga corta, de talle recortado, lo cual me permitía observar su ombligo, con el piercing que yo le había regalado en un viaje que hicimos juntos a la costa, hacía unos meses.

Yo me acerqué a ella, no caminando sino flotando, me senté a su lado y le cogí las manos acariciando sus dedos y besándolos uno por uno, tal y como hacía de vez en cuando en nuestra casa, cuando estábamos descansando después de una jornada común de trabajo, luego me acerqué más y la bese en los labios, comencé a acariciarle la espalda con mis dedos, lo cual producía ciertos arqueos imperceptibles en su cuerpo y algunos quejidos bajos y agudos, lo que me indicaba que gozaba tanto como yo, de los mimos que mis manos y mis labios le estaban otorgando.

Al ver la calidez con que su cuerpo recibía mis caricias, comencé a deslizar mi mano debajo de sus sostén, por lo cual sus quejidos fueron tomando más consistencia, yo ya me hallaba totalmente tembloroso y el ansia se despertaba más, cuando a cada movimiento de mi mano, sentía que su cuerpo se preparaba para un eventual encuentro de amor.

Como casi siempre sucedía en la vida real, los prolegómenos de la pasión que tanto le encantan a las mujeres, los interrumpí abrupta y torpemente, porque mi capacidad de resistencia llegaba al límite en cuestión de segundos y comencé el ataque pasional, que dicho sea de paso, a algunas les gusta, quizá por ese remanente antropológico que les dicta que un macho rudo es mejor proveedor de alimento que un hombre sosegado; por lo cual y de forma casi que rabiosa, le arranqué de un zarpazo la falda, a la vez que jalonaba con frenesí su blusa, para dejar al descubierto su pecho y allí mismo consumar de manera impetuosa, esa fogosidad desbordante que hacía que mi corazón latiera aceleradamente y casi se desbordara de mi boca.

En medio del ímpetu y de la exaltación del encuentro, recuerdo como entre una bruma, que sentí una sensación rara, como si tuviera muchas ganas de orinar, pero por más esfuerzos que hiciera, solo pudiera evacuar unas cuantas gotas, tal vez por eso el ardor que empecé a sentir y que hizo que si bien la placidez y el sosiego que el sueño con Catalina me estaba produciendo, se generara una sensación de malestar en mi abdomen bajo y comenzara a salir poco a poco del estado onírico en el que me encontraba, para volver a la realidad no de golpe, cómo me había sucedido dos noches atrás, sino lentamente, por lo cual cuando fui dueño nuevamente de mi consiente, el recuerdo corporal del encuentro permaneciera en mi memoria, para causarme soslayo y paz.

Esteban, que había estado pendiente de mi evolución, me comentó al día siguiente que me había despertado sonriendo, cuando fue evidente que ya había recobrado mi plena razón, me preguntó, con una sonrisa en su rostro:

-       Entonces que don Leonardo, ¿si pudo dormir?;

Yo que estaba además de agradecido por el momento de descanso obtenido, feliz por la sensación de bienestar que invadía mi cuerpo, sólo pude elevar mi mano izquierda, levantando el pulgar en señal de aprobación.

-       Ah bueno, don Leonardo, me voy a hacer mi ronda y ya vuelvo, acuérdese, cualquier cosa que necesite, me avisa, ¿oyó?

Nuevamente, mi  brazo izquierdo con el pulgar arriba.

Pasó todavía un momento, para recuperarme del todo, por lo cual apenas pude, con mi mano izquierda comencé a palparme, para ver por qué se produjo la sensación incómoda que sentía en mi cuerpo, sin embargo a un roce realizado por encima de las sábanas, casi lanzo un grito de dolor, ya que sin duda, debido al sueño, había tenido una erección causando con esto, que se me desacomodara un poco la sonda vesical para vaciar la vejiga que todavía llevaba puesta, desde la operación coronaria realizada dos días atrás.

Al poco tiempo comenzó a asomarse el sol por las ventanas del hospital y sobre las 05:30, llegaron Joaquín y Esteban a pasar la ronda para entrega del turno y esta vez fue Joaquín, quien preguntó, con una cara pícara:

-Entonces don Leonardo, ¿me dijeron que había dormido bien?

A lo cual yo manifesté con una sonrisa:

-Ay Jefe, no sabe lo agradecido que estoy, dormí súper bien y hasta soñé.

-Si Jefe, interpeló Esteban, cuando se despertó yo estaba aquí y viera la sonrisota que tenía en la cara, por fin, después del día que pasó ayer.

-¿Y qué fue lo que me dieron?, pregunté yo.

-Como usted tiene recetada una dosis de morfina cada seis horas, según dolor y ayer por la tarde no se quejó, pues yo no se la aplique, pero cuando me dijeron lo de la falta de sueño, le apliqué las dos dosis al mismo tiempo, para ayudarle a dormir- contestó Joaquín.

-Gracias Jefe, harta falta me hacía.

Los dos, Joaquín y Esteban, Enfermero Jefe y Auxiliar de la Unidad de Cuidados Intensivos Posquirúrgicos Coronarios respectivamente, se miraron con complicidad, me saludaron y se fueron, dejando en mi cara, una sonrisa marcada, pues lo que no hice nunca, hasta hoy, fue contar mi sueño, el cual siempre me ha parecido un tanto descarado, dada la situación tan precaria por la que estaba pasando: Apenas hacía dos días, que me realizaron una operación a corazón abierto, en la que los cirujanos habían hecho dos revascularizaciones miocárdicas y una endarterectomía. La primera sensación que tuve apenas me desperté de la anestesia general que me habían aplicado, era que no podía respirar, sin duda debido al tubo inter- traqueal por medio del cual me tenien conectado a un respirador.

Luego durante el primer día después de la operación, comenzó el suplicio por la sed, recuerdo que les rogaba, con voz lastimera a las enfermeras auxiliares, que me dieran un sorbo de agua, pues la sensación de resequedad en la garganta, se agudizaba por el oxígeno que me suministraban a través de una careta puesta sobre mi boca y nariz, sin embargo y como el cardiólogo no había autorizado ningún tipo de dieta (ni líquida, ni mucho menos sólida), algunas auxiliares, sin duda conmovidas por mis ruegos, mojaban una gasa con agua y la pasaban sobre mis labios, aliviando en algo mi suplicio, pero debido a las pocas gotas que podía ingerir, no lograba sino exacerbar mi sed.

Al segundo día y ya con una dieta líquida, que me permitió aminorar el suplicio de falta de agua, comenzó una deficiencia respiratoria, que me hizo estar más de ocho horas con una taquicardia cercana a los 100 latidos por minuto, debido a esto, ese segundo día el tormento fue por intentar inspirar suficiente aire, para que llegara hasta los alveolos pulmonares, cerrados a causa de la operación, ya que me habían hecho detener el corazón y los pulmones, conectándome a una máquina de cardio-respiración extracorpórea. Recuerdo también que sobre las cinco de la tarde y una vez pude inhalar la cantidad de aire necesaria para llevar oxígeno hasta los alveolos pulmonares y con esto regular la respiración y el ritmo cardíaco, me comenzó una fiebre tal, que en menos de dos horas había hecho subir mi temperatura de 37,5 a 39,8 grados centígrados, por lo cual sentí que ya no era capaz de resistir y en algún momento pensé que si sentía que la muerte iba a llegar, me rendiría sin luchar y le daría la bienvenida, para que se sentara conmigo en mi cama. Pero lo que son las cosas de Dios, a las tres horas, sin que se me aplicara ningún tipo de medicamento, así como comenzó a subir la fiebre, sin ninguna razón a aparente, comenzó a descender, dando como resultado, que el único mal que me aquejaba era la falta de sueño, pues las dos noches anteriores no había podido dormir.

Ahora que lo pienso, la acción del enfermero jefe Joaquín de aplicarme las dos dosis de morfina que tenía reservadas, fue sin duda una ayuda del cielo, para que lograra afianzarme a la vida, a la cual estuve a punto de renunciar apenas hacía cuatro horas y el sueño erótico (aunque a muchos, como a mí, nos parezca un descaro), fue una señal clara e inequívoca, que por duro que sea el camino y por ardua que sea la tarea de vivir, hay cosas que valen la pena disfrutar, porque como reza una frase que me regaló una enfermera jefe, cuando clamaba por un sorbo de agua: “Todo en la vida pasa”.


Escrito en Villavicencio, Marzo 7 de 2016

En un cuaderno de Hojas Lisas de Pablo Ramos



EN UN CUADERNO DE HOJAS LISAS

De Pablo Ramos

Escribo en un cuaderno. Escribo porque me vieron, tuve un descuido y me vieron. Parecía imposible —a esa hora y con ese frío—, pero ahí estaban: en el balcón de al lado, ocultos en la oscuridad. La vieja, su hijo el viudo (de ésos que al nacer rompieron el molde, según su anciana madre), los hijos del viudo y un teles- copio. Su anciana madre es la vieja de mierda que vive en el departamento que está frente al mío y que todo el tiempo deja la puerta abierta para no perderse nada de lo que pasa en mi vida. Bah, de lo que pasaba; porque mi mujer se fue y supongo que esta soledad no debe tener el mismo atractivo que la guerra nuclear que de a ratos resultó ser mi matrimonio. Por lo menos hasta ayer a la noche no lo tenía. Pero con mi descuido acabo de arruinarlo todo. Ni siquiera voy a poder salir tranquilo porque a esta altura, seguro, ya se lo habrá contado a todo el mundo.

¿Y es que se me podía ocurrir que Mol- de Roto (que para estar más cerca de su madre vive en el edificio de al lado, precisamente en el departamento que tiene el balcón lindero al mío) iba a reunir a toda su familia, un jueves a la una de la mañana, para mirar las estrellas con un telescopio? ¿Y que para colmo de males no iban a tener mejor idea que apagar las luces y quedarse en silencio como si estuvieran en el Planetario? Pero así fueron las cosas: todas esas casualidades juntas. Y cuando me di cuenta de que me estaban observando y escuché las risitas contenidas de los hijos de Molde Roto y los murmullos incomprensibles de su madre, me metí en mi departamento sin el coraje de decir algo en mi favor. Aplastado por la derrota, sintiendo la humillación y la vergüenza que vuelven con sólo pensarlo. Mi mala suerte es una exageración.

¿Y ahora qué voy a hacer? Algún día tengo que salir. Se me va a acabar la comida y el lunes tengo que ir a trabajar. Aunque puedo pedir un médico. Pero igual voy a tener que salir y encarar la situación. Poner cara de nada, o cara de loco, y mirar a los del consorcio como diciendo: ¡Y a vos que mierda te pasa! ¡Mirá que soy capaz de cualquier cosa, ya sabés, lo del balcón!  Sí, eso, lo del balcón. Bueno.

El asunto es que desde que mi mujer y mi hijo se fueron de casa, hace ya como seis meses, yo adquirí una costumbre que es, debo confesar, un tanto rara. Y no tengo ninguna justificación, solamente que en este último tiempo no sé bien cómo comportarme. Dos años de matrimonio y se va porque se va, con un compañero de yoga que hace malabares en un circo callejero: pelo largo, barba larga, cara de Jesucristo, tirando botellas al aire todo el tiempo y haciéndose el mono tierno con los hijos de las mujeres que pasean los domingos por Parque Rivadavia. Entonces ella me habló de búsqueda interior, de que algo viejo se muere para que algo nuevo comience a vivir y que se iba—acompañando al malabarista— en una girade circo por el interior del país.

Hay un tema de Los Redondos que di-ce que las minas prefieren los payasos y la pasta de campeón. No sé las otras, pero en el caso de mi mujer eso es una verdad inobjetable. Cualquier tipo que practique alguna cosa oriental a ella la  conmueve y si revolea fuego, tiene la nariz pintada de rojo y los pantalones le quedan largos, mucho mejor. Me dijo que el coso este había sido ascendido a Maestro en un arte chino del que ella no recordaba el nombre. Yo le dije que debía ser en el arte del Chin-Pan-Ce, pero fue un error estratégico de mi parte porque se puso furiosa. Es necesario confesar que de alguna manera parecida  la conquisté yo. No vestido de payaso y haciéndome el oriental, pero dando Morfología del Jazz en el conservatorio privado de un amigo. Una materia inventada para un curso inventado donde, después de cuatro años de sufrimiento, nadie aprendía a tocar ni el timbre. Mucho menos un estándar de jazz. Pero vaya uno a saber en afán de qué, salían todos recibidos con títulos como: Instrumentista Popular. Especialidad: Trompeta Jazz.

Ella era alumna y desde un principio se había quedado fascinada conmigo. Y claro, yo le hablaba de Chet Baker y de Coltrane como si hubieran sido mis tíos. Le conté todo tipo de historias que nunca me habían pasado, inclusive la de un concierto de Miles Davis en Dinamarca, que me había contado mi mejor amigo —un músico que residía en ese momento en Copenhague— como si las hubiera vivido yo; cosas que uno dice para conquistar a una mujer. Y acá vienen los reveses de la vida. En la clase estaba su novio: un muchacho carente por completo de talento musical, que traía las grabaciones de su grupo para que yo completase mi misión de sacarle a la novia destrozando su música con una crítica pública y por demás despiadada. No fue un acto leal de mi parte, pero lo cierto es que en poco tiempo me había enamorado verdaderamente de la que entonces era su novia y sería después mi mujer. Y todavía hoy estoy enamorado de ella. Pero ya  no está, y no creo que vaya a volver. Imagino que aburrirse y cambiar cada tanto de pareja es, en todo caso, el  karma que deba arrastrar por la vida. Bueno, ella y nuestro hijo; por lo menos durante el tiempo que él viva con ella. La inconstancia es una característica innata a la personalidad de mi mujer y no puedo juzgarla por eso. Pero lo cierto es que desde que se fueron, yo espero determinadas noches con impaciencia, apago las luces del departamento, salgo al balcón (piso ocho vista a la calle) y hago lo que, a esta altura, debe saber todo el barrio. Y se podrá decir que no es un comportamiento del todo sano pero es mucho mejor que no dormir porque siento que me ahogo en una cama tan grande que dan ganas de serrucharla a la mitad, o que esa sensación de confinamiento, de dar vueltas y vueltas por el living como si fuera una celda, perturbado, imaginando los comentarios de mi vecina, sintiendo la vigilante presencia de la puerta entreabierta de su departamento.

Una noche, durante la primera semana en que mi mujer y mi hijo no estuvieron en casa, yo subía por el ascensor y escuché a mi vecina hablando con el encargado en la puerta de su departamento. Enseguida me di cuenta de que hablaba de mí, así  que detuve el ascensor un piso antes, en el séptimo, bajé y me dispuse a escuchar al pie de la escalera.

—Por algo lo habrá dejado —le decía la madre de Molde Roto al portero—. Seguro que ahora va a convertir el edificio en un cabaret y va a llenar la casa de mujeres borrachas. O capaz que entra en la droga... Yo sé lo que le digo, Cayetano.

Cayetano es el nombre del portero: un pegador de mujeres que afirma que Franco vino al mundo para salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía imaginarlo, escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como si fuera un cura en el confesionario. También imaginé su sonrisa cuando se enteró de que mi mujer me había dejado por otro. Pero lo cierto es que lo único que en realidad dijo fue una de sus frases más típicas: Yo, argentino. Gallego de mierda.

Me sentía afectado, enfurecido. Supuse que esa noche tampoco iba a poder dormir. Sabía que en unos días mi intimidad iba a estar en boca de todo el edificio. Salí al balcón y me di cuenta de lo alto que estaba el piso ocho y de lo extremadamente baja que quedaba la única protección: una baranda de caño con paneles de vidrio. Asomé la cabeza e inexplicablemente jugué a calcular los lugares contra los cuales chocaría mi cuerpo al caer por el vacío. Dos acondicionadores de aire, un macetero colgante, un alero de chapa y el toldo de aluminio del quiosco de abajo. Quizá, con suerte, el toldo pudiera salvarme la vida. ¿Salvarme la vida? Me asusté. Me  di cuenta de que no estaba preparado para un peligro semejante: el peligro que yo mismo representaba para mí. Me separé de la baranda y, confundido, me metí de nuevo en el departamento. Entonces tuve como una visión y sencillamente lo hice. Fui hasta la cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la espalda. Tomé algunos más, salí al balcón y comencé a arrojarlos para afuera lo más lejos que me daban las fuerzas. Tiré todos los hue- vos, casi una docena, y me sentí aliviado. Fue una sensación plena de serenidad mezclada con cansancio extremo, como si tras haber nadado todo el ancho del Río de la Plata me echara a descansar en las arenas blancas de la otra orilla.

Esa noche pude dormir en paz, alejado por completo de la idea de suicidio. Soñé con gallinas blancas y gordas ponedoras de huevos gigantescos. Todas ordenadas en estanterías como libros en una biblioteca. Ponían enormes huevos dorados que, conducidos por laberínticas canaletas de madera, rodaban hacia abajo y se estrellaban contra mi cabeza. Cientos, miles de huevos estrellándose contra mi cabeza mientras yo permanecía sentado en una butaca de peluquero y un hombre alto y corpulento —que era a la vez un gallo— me masajeaba el cuero cabelludo, me llenaba la boca de arroz amarillo y me hablaba en idioma gallina que yo entendía perfectamente. Después, en un repentino amanecer, infinitos relojes marcaron las siete y todos cacareamos al unísono. Y así me desperté: a las siete en punto, sentado en la cama y cacareando a los gritos.

Me levanté con un humor maravilloso, con un sentimiento de alegría incontenible. Había encontrado la medicación adecuada y solamente tenía que aprender a dosificarla. Entonces me puse la cantidad y los días: mates, jueves y sábados; esos días, a las dos de la mañana, tiraría una docena de huevos blancos (blancos para poder seguir mejor su trayectoria en la noche) contra los autos de la avenida, contra el refugio de chapa en la parada de colectivos, contra el supermercado de enfrente y su enorme cartel luminoso, y contra el salón de fiestas, que derrocha alegría y música brasilera los fines de semana. Así lo hice durante estos meses, hasta ayer a la noche, cuando fui visto por mis inoportunos vecinos. Y aquí me tienen ahora, escribiendo para soportar la vergüenza y, quizá, para buscar otra cura. Porque mis vecinos estarán esperando que reincida en mi actitud para llamar al administrador del consorcio y a la policía, o para hacer que los psiquiatras caigan sobre mí.

La fiesta ajena de Liliana Heker



LA FIESTA AJENA

Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.

–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.

–Los ricos también se van al cielo–dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.

–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.

A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.

–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.

–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.

Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.

–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.

Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza.

Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.

–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas. –¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.

Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.

–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.

La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:

–Qué linda estás hoy, Rosaura.

Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.

–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.

Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:

–¿Y vos quién sos?
–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.
–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.
– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?
–No.
–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.

Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:

–Soy la hija de la empleada –dijo.

Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo.

También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.

–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?
–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.
–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.

Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.

– Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.

Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.

Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.

Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.

Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".

La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.

–¿Al chico? –gritaron todos.
–¡Al mono! –gritó el mago.

Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.

El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.

–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.
–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.

–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.

No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:

–Muchas gracias, señorita condesa.

Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.

– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "Muchas gracias, señorita condesa".

Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.

Su madre le dio un coscorrón y le dijo:

–Mírenla a la condesa.

Pero se veía que también estaba contenta.

Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".

Ahí la madre pareció preocupada.

–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.
–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.

Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:

–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.

Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:

–Qué hija que se mandó, Herminia.

Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.

En su mano aparecieron dos billetes.

–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.

Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.

La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.