LA
PELUSILLA
Por:
José Tiberio Serrano Arias
TISA
Wilson se acostó como a las 02:00 de la
mañana, pero antes de alzar la sábana, prefirió
ir hasta la habitación de Ana María, alzarla y llevársela a la cama
matrimonial, en la que estaba Gloria, quién cansada y con sueño, se había
acostado hacía por lo menos dos horas.
Cuando Wilson estaba acostando a la niña,
Gloria abrió los ojos y frunciendo el ceño, le increpó:
-
¿Otra
vez?, ¡no sea tan alcahueta!, ¡acuérdese que habíamos quedado en que si no se
despertaba, no se iba a acostar más aquí!, con tantas patadas y tan mal dormir,
no puedo conciliar el sueño.
Wilson, agachó la cabeza y sin saber que
responder, le insistió: -Amorcito, como estamos cansados, es preferible
acostarla de una vez aquí, con eso no tenemos que levantarnos después cuando se
ponga a llorar. Es para descansar más.
-Claro, cuando se trata de buscar excusas,
usted siempre las encuentra. Pero si Ana ya lleva 8 días durmiendo en su
cuarto, usted la trae hoy y vamos a perder todo el terreno ganado, vaya y
acuéstela en su cuarto, antes que se despierte.
Cómo si se hubiera tratado de un mal augurio,
en ese momento Ana María se despertó y comenzó a lloriquear, diciendo en su
media lengua:
-
“Me quelo, acostal aquí”.
Fue como si el mismísimo Arcángel Gabriel
hubiera venido en ayuda de Wilson; pero no como le ocurrió a Daniel, que se
demoró 21 días mientras luchaba con el príncipe de Persia que se le opuso desde
el primer momento, sino de inmediato, porque justo en ése instante, a Wilson se
le estaban acabando los argumentos y como sucedía siempre que su mujer lo
regañaba, terminaba cediendo para evitar un confrontación.
Sin embargo, esa noche, el connato de
pataleta que estaba en ciernes con Ana María, terminó por convencer a Gloria y
refunfuñando, se volteó, se tapó la cabeza con la sábana y sacando el trasero
ostensiblemente, murmuró:
-
La
una bien consentida y el otro bien alcahueta, ¡ahora si me jodí, Bendito Dios!
Sin embargo Wilson, esa noche, no era que quisiera
alcahuetearle a Ana María su pataleta, su aprehensión era por el temor que le
generó el haber recibido a Mauricio en su casa y haberlo invitado a dormir, aunado
a lo que le había sucedido el día anterior,
con respecto a la noticia que colmaba los titulares de prensa por esos
días: el asesinato del niño Santiago de Soacha, ordenado por su propio padre.
Todo el embrollo había comenzado unos meses
antes, cuando a través de las redes sociales Mauricio había encontrado a Wilson
y se había re-establecido una amistad que había surgido más de 25 años antes,
cuando los dos cursaban cuarto o quinto de bachillerato y eran re-parceros, tal
y como se tildan los muchachos de hoy.
Para Wilson, hombre de pocos amigos, mucho
trabajo y muchísima familia, había sido como un fin de semana de buceo en San
Andrés islas. Se había ilusionado realmente con la posibilidad de un
re-encuentro y esperaba con ansías el viaje, muchas veces planeado, pero otras
tantas aplazado de Mauricio, el cual siempre aducía razones de trabajo.
Por eso, cuando ese viernes, por fin Mauro
viajó a Villavicencio a cerrar un negocio y Wilson lo esperó en la Universidad
en la cual dictaba clase, fue cómo cuando un niño recibe el tan anhelado
juguete, de hecho hasta Mauricio, participó en la última clase que Wilson
impartía en la universidad, por que éste se las ingeniaba para encontrar la
manera de involucrar a todas las personas que lo rodeaban, en sus quehaceres
diarios.
Sin embargo, comenzó a sentirse incómodo con
la visita, cuando al momento de regresar a su casa, Mauricio empezó a
insistirle que le dejara manejar el carro. Cualquiera que conociera a Wilson,
sabría que nadie que no fuera Gloria o sus dos hijos, podría subirse en el
puesto de conductor. De hecho internamente sufría, cuando ella viajaba a Bogotá
a visitar a su mamá, porque sabía que Andrés, su hermano, era literalmente un
“estómago” para los vehículos que cogía: es decir los volvía mierda.
Por eso le extrañaba y le incomodaba que
Mauricio le insistiera que lo dejara manejar, comenzó, como era su costumbre, a
inventarse mil excusas, para no dirigir un “no” rotundo a las expectativas que
tenía su amigo de darse una palomita en carro ajeno; sin embargo, otra cosa que
le incomodó mucho, es que Mauro no entendiera las indirectas que se inventaba,
para impedir soltar las llaves.
Cuando llegaron a su casa, estaba decidido a olvidar
su momentánea incomodidad y a disfrutar el reencuentro, por lo cual sacó una
botella de Whisky que guardaba para una ocasión especial, recordándole a
Mauricio las no pocas veces que se habían emborrachado juntos cuando eran casi
niños, tomando hasta vino revuelto con jugo de papa cruda, lo cual no causa
borrachera, sino intoxicación, porque el tubérculo crudo tiene ácido
cianhídrico (es decir cianuro), el cual se neutraliza cuando éste es cocinado.
Sin embargo Mauricio estaba renuente a
aceptar el licor y fue él el del turno de comenzar a sacar excusas para no
ingerir la bebida. Que tenía que trabajar, que tenía que viajar temprano, que
tenía unas máquinas dañadas en la empresa, que fue qué, que fue que…; pero al fin
como le ocurre a casi todos los policías cuando le están ofreciendo una
extorsión en la patria del sagrado corazón; terminó diciendo que sí, pero que
iba a tomar muy poco.
Con el calor de los tragos comenzaron el
relato de actualización de sus vidas, sin embargo Wilson notó que su amigo sólo
contaba episodios tristes que le habían ocurrido a él y a su familia, algunos
tan espeluznantes como el día que lo habían sacado con policía de una IPS,
porque él se había metido camuflado con su hijo mayor, que a la sazón contaba
con 16 años, a ofrecer los llaveros que fabricaba en el modesto negocio
familiar del cual él y su familia subsistían; o cuando había sido atropellado
por una camioneta lujosa que estaba parada en un trancón en la vía
Melgar-Bogotá, porque él se había acercado furtivamente a ofrecer los
cachivaches que llevaba en su maletín y el conductor sin percatarse de su
presencia, había arrancado a toda, para adelantar a los camiones que tenía adelante.
Toda la charla fue así. Wilson que nunca
tomaba, pero que cuándo lo hacía, quería divertirse al máximo, casi se
atraganta con los hielos, porque de escuchar tanta miseria o de lo fuerte que
encontró el Whisky, se le comenzó a inflamar la garganta, por lo cual con cada
trago que pasaba, sentía cómo si un gato estuviera con sus garras, enredado en
una cortina y quisiera llegar al piso sin poderlo lograr.
En un momento determinado, Mauro le insistió
a su anfitrión, que lo acompañara a fumarse un cigarrillo, éste salió con él
hasta la piscina del conjunto y ante la negativa de si tenía o no un cigarro,
se asombró de ver que en su desespero, levantaba una colilla apagada que divisó
en el camino y le pidió fuego a un vecino que vivía en el mismo conjunto y que
iba caminando en sentido contrario. Wilson, sintió la culpa del pecado ajeno,
pero fiel a sus principios lo acompañó hasta que decidió volver a la casa a
seguir contando los percances que su miserable vida le había endilgado, por que
como dijo un autor, había nacido siendo un hijo de perra y tendría que morir siendo un hijo de perra.
Cuando regresaron, ya Gloria y Ana María se
habían acostado rendidas por el cansancio y sin duda hastiadas de escuchar tan
tristes eventos, mientras que él quería
desprenderse de esa perotata que se estaba teniendo que aguantar, pero sin
mucho éxito, por los torpes intentos que hacía, porque al mejor estilo de una
tragedia del siglo XVII, la desdicha, así como la borrachera de Mauro iba “in crescendo”, por lo cual se levantó
decidido a no utilizar eufemismos o indirectas, y aprovechando que se había
acabado la botella, dijo:
-
Hermano,
usted y yo tenemos que madrugar, yo le insistí para que tomara, cuando no quería,
así que nos acostamos porque no quiero que tenga problemas por mí.
Asombrosamente
Mauricio, puso cara de desconsuelo, pero como la orden era perentoria y no
dejaba lugar a equívocos, no hubo más remedio que cumplirla, no sin antes:
“fumarme un cigarrillito, por lo que voy a dar una vueltica por la piscina”
Wilson, no se acostó inmediatamente, hizo la
pereza, como quién no quiere la cosa. Y cuando decidió dar una vuelta por donde
había visto desaparecer a Mauricio, casi entra en un paro cardíaco, cuando
observó cómo su amigo estaba armando un barillo de marihuana. Este,
sorprendido, pero sin vergüenza le confesó:
-
“Hermano
que quería, es la pelusilla, porque yo fui mariguanero y bazuquero hasta hace
siete años, ya estoy seco, pero cada vez que tomo trago me entra la tentación”.
Con un escalofrío, justo en ese momento
Wilson se acordó de Martha Lucía Garzón, que frente a los micrófonos y con
absoluta desfachatez, confesó que ella y su amante Orlando Ovalle, habían aceptado
el encargo de secuestrar y desaparecer a Luis Santiago, el niño de 11 meses de
Soacha, por las mismas razones que hoy esgrimía Mauricio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario