EL
CUENTO DE LOS QUE ESCRIBEN CUENTOS
Por:
JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
La idea venia pesando en mi
vida, cual si las palabras fueran una tonelada de metal, que tuviera que
cargar, desde el mismo comienzo de los tiempos.
Entonces sucedió. No hubo
predestinación en el encuentro, no fue a través de una llamada telefónica en la
que se concertó una cita, no fue una presentación de un amigo, no fue un
encuentro casual en la calle, un buen día llegó a mi vida, como si se acabara
de corporizar en el instante inmediatamente anterior.
Allí estaba, sentado en un
asiento al lado de mi escritorio, vestido con overol de tela gruesa, con botas
de seguridad, con casco de plástico, como los que usan los arquitectos en las
obras, tenía hasta gafas de protección y tapa oídos. Su expresión no era de
satisfacción, ni de alegría, ni de tristeza, ni tan siquiera de fastidio, su
rostro era completamente inexpresivo, de aquellos que tienen las personas de
las cuales uno no sabe que esperar. Era bastante raro.
Yo seguí absorto en mi labor
de escribir un cuento para la sesión del taller de literatura, en el cual participaba
desde hacía, tal vez, un mes y al que no había llevado aún nada para compartir
con mis compañeros. Para mí el hecho que él estuviera allí, aunque fuera una
presencia incómoda, al mismo tiempo era bastante sencillo de sobrellevar: sólo
tenía que ignorarlo.
Duré mucho tiempo tecleando
en mi computador palabras que en realidad no querían salir, por lo cual tenía
que empujarlas, tal y como hacen los jefes de salto en los aviones cuando a un
paracaidista novel le da temor salir de la aeronave y el último recurso es
colocar un pié en su trasero y lanzarlo al vacío, a pesar de los esfuerzos
ingentes que hace el miedoso por permanecer aferrado con las manos a la cabina.
Así letra por letra, se iba formando una historia que más que un cuento,
parecía una sinfonía de dolor, como la que se percibe en una sala de partos de
madres primerizas.
Pasado un tiempo muy largo y
a pesar de la incomodidad manifiesta que se percibía en el ambiente y que se
hubiera podido cortar con un cuchillo, me volteé de cara al personaje y por fin
salió la pregunta que hacía tiempo quería hacer y que me atenazaba la garganta,
como la soga que puso fin a tantos malhechores en el viejo oeste:
-¿Quién es usted y qué hace
aquí?
El personaje, antes de
contestar se desesperezó, muy lentamente se puso de pié y acorde con la
inexpresión de su cara, me contestó con una voz que además de las ondas sonoras
que atravesaban el aire, no tenían absolutamente ningún otro significado:
-Soy tu cuento.
La respuesta, me dejó
atónito. Hubiera podido jurar que a pesar de lo inverosímil de la situación, de
la manera tan extraña como ese tipo se había aparecido, de la incomodidad que
su presencia causaba en mí; la respuesta hubiera podido ser más coherente con
los estereotipos que se forman en las personas desde la niñez. No me hubiera
sorprendido si me hubiera contestado: soy tu conciencia, soy tu ángel de la
guarda, soy tu futuro o hasta soy la muerte que he venido para llevarte… pero:
¿Soy tu cuento? Y ¿Vestido así?, ¿Vestido con overol de trabajo, con casco y
con elementos de seguridad?
Ya que habíamos logrado establecer
una conexión entre nosotros y a pesar de mi asombro por su respuesta, como
siempre le sucede a los gatos y a los hombres, a los que les puede más la
curiosidad que el mismo peligro; decidí averiguar más sobre el personaje, por
lo que comencé con un interrogatorio que más parecía una labor de inteligencia,
para lograr dar con el paradero del hombre más
buscado del mundo, que una interacción entre un escritor frustrado, con
su obra literaria.
-¿Si eres mi cuento, porque
vienes vestido así?
-Porque un cuento no se
escribe obligando a las palabras a salir de tu mente, como hacían salir los
nazis a los judíos, cuando los iban a llevar a los hornos crematorios. Un
cuento se escribe tal y cómo los arquitectos construyen un edificio, diseñan
una estructura, luego hacen planos, muchos planos, después verifican sobre los
planos los insumos que necesitan, comienzan con los cimientos y terminan
construyendo los pisos y las paredes. Los cuentos somos así.
-Y ¿Por qué el casco?
-Porque a veces, cuando
estás escribiendo un cuento, quieres obligar a una palabra a que haga parte del
conjunto de lo que estás construyendo y
en vez de recogerla de un montón que previamente habías arrumado, como hacen
los maestros de obra con los ladrillos, la fuerzas a saltar y ésta cae del
cielo peligrosamente, tanto para el escritor, como para todas las personas que
están a su alrededor, por lo que el casco es un elemento esencial, cuando los
escritores como tú, están produciendo esas “obras literarias”.
-¿Y el overol y las gafas?
-Es necesario, porque cada
palabra puede explotar en nuestra cara, dependiendo el significado que quieras
darle en tu escrito y lo que hay por dentro de ellas, puede llegar a ser hasta
peligroso.
- ¿Peligrosa una palabra en
un cuento?
- Si, déjame mostrarte,
vuélvete para este lado y muéstrame una palabra de tu cuento.
-Aquí hay una muy común,
amor.
-Cógela, quítale la coraza y
mira lo que hay dentro de ella.
Cogí cada letra y la partí
por la mitad, había en ellas substancias brillantes de diferentes colores y
tenían algo parecido a la escarcha.
-¿En que estabas pensando
cuando la colocaste allí?
- En Valeria, mi hija.
- Muy bien, ahora pruébala.
-¡Mierda! pensé, en mi vida
he aprendido que cuando hay algo desconocido y muy brillante, no es un acto muy
inteligente comerlo. Pero, como estaba tan intrigado, decidí hacerlo.
El sabor de cada letra era
azucarado, almibarado, se deshacía en la boca, como el algodón de azúcar.
- Ahora, busca la misma palabra en otra porción
del escrito, me dijo el cuento.
Tres párrafos después, volví
a encontrarla: Amor.
- Ahora pártela y come,
volvió a ordenar el cuento.
Cuando la partí, el color ya
no era brillante sino obscuro, como el de algunos pasteles de boda. Ya habiendo
desechado mis aprensiones primeras, me llevé un pedazo a la boca e inmediatamente
tuve que escupirlo, tenía un sabor horrible.
Por primera vez, pude
observar una expresión que denotaba algo de humano en el cuento, muy
imperceptiblemente sonrió.
-Ves lo que te digo, ¿En que
estabas pensando cuando la escribiste?
-En una novia, cuando me
dejó por volver con su ex.
-Siéntate, me aconsejó,
planea lo que vas escribir, haz planos,
muchos planos, recuerda que tu insumo principal es el lenguaje, por lo tanto
tus herramientas son las palabras, arruma muchas de ellas como si fueran
ladrillos; cuando tengas todo esto, comienza con los cimientos, sigue con los
pisos, levanta paredes y coloca el techo, y por último acuérdate del sabor y
del color de cada palabra cuando la escribes.
Dicho lo anterior,
desapareció tan intempestivamente como había llegado.

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