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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

El cuento de los que escriben cuentos



EL CUENTO DE LOS QUE ESCRIBEN CUENTOS

Por: JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA

La idea venia pesando en mi vida, cual si las palabras fueran una tonelada de metal, que tuviera que cargar, desde el mismo comienzo de los tiempos.

Entonces sucedió. No hubo predestinación en el encuentro, no fue a través de una llamada telefónica en la que se concertó una cita, no fue una presentación de un amigo, no fue un encuentro casual en la calle, un buen día llegó a mi vida, como si se acabara de corporizar en el instante inmediatamente anterior.

Allí estaba, sentado en un asiento al lado de mi escritorio, vestido con overol de tela gruesa, con botas de seguridad, con casco de plástico, como los que usan los arquitectos en las obras, tenía hasta gafas de protección y tapa oídos. Su expresión no era de satisfacción, ni de alegría, ni de tristeza, ni tan siquiera de fastidio, su rostro era completamente inexpresivo, de aquellos que tienen las personas de las cuales uno no sabe que esperar. Era bastante raro.

Yo seguí absorto en mi labor de escribir un cuento para la sesión del taller de literatura, en el cual participaba desde hacía, tal vez, un mes y al que no había llevado aún nada para compartir con mis compañeros. Para mí el hecho que él estuviera allí, aunque fuera una presencia incómoda, al mismo tiempo era bastante sencillo de sobrellevar: sólo tenía que ignorarlo.

Duré mucho tiempo tecleando en mi computador palabras que en realidad no querían salir, por lo cual tenía que empujarlas, tal y como hacen los jefes de salto en los aviones cuando a un paracaidista novel le da temor salir de la aeronave y el último recurso es colocar un pié en su trasero y lanzarlo al vacío, a pesar de los esfuerzos ingentes que hace el miedoso por permanecer aferrado con las manos a la cabina. Así letra por letra, se iba formando una historia que más que un cuento, parecía una sinfonía de dolor, como la que se percibe en una sala de partos de madres primerizas.

Pasado un tiempo muy largo y a pesar de la incomodidad manifiesta que se percibía en el ambiente y que se hubiera podido cortar con un cuchillo, me volteé de cara al personaje y por fin salió la pregunta que hacía tiempo quería hacer y que me atenazaba la garganta, como la soga que puso fin a tantos malhechores en el viejo oeste:

-¿Quién es usted y qué hace aquí?

El personaje, antes de contestar se desesperezó, muy lentamente se puso de pié y acorde con la inexpresión de su cara, me contestó con una voz que además de las ondas sonoras que atravesaban el aire, no tenían absolutamente ningún otro significado:

-Soy tu cuento.

La respuesta, me dejó atónito. Hubiera podido jurar que a pesar de lo inverosímil de la situación, de la manera tan extraña como ese tipo se había aparecido, de la incomodidad que su presencia causaba en mí; la respuesta hubiera podido ser más coherente con los estereotipos que se forman en las personas desde la niñez. No me hubiera sorprendido si me hubiera contestado: soy tu conciencia, soy tu ángel de la guarda, soy tu futuro o hasta soy la muerte que he venido para llevarte… pero: ¿Soy tu cuento? Y ¿Vestido así?, ¿Vestido con overol de trabajo, con casco y con elementos de seguridad?

Ya que habíamos logrado establecer una conexión entre nosotros y a pesar de mi asombro por su respuesta, como siempre le sucede a los gatos y a los hombres, a los que les puede más la curiosidad que el mismo peligro; decidí averiguar más sobre el personaje, por lo que comencé con un interrogatorio que más parecía una labor de inteligencia, para lograr dar con el paradero del hombre más  buscado del mundo, que una interacción entre un escritor frustrado, con su obra literaria.

-¿Si eres mi cuento, porque vienes vestido así?

-Porque un cuento no se escribe obligando a las palabras a salir de tu mente, como hacían salir los nazis a los judíos, cuando los iban a llevar a los hornos crematorios. Un cuento se escribe tal y cómo los arquitectos construyen un edificio, diseñan una estructura, luego hacen planos, muchos planos, después verifican sobre los planos los insumos que necesitan, comienzan con los cimientos y terminan construyendo los pisos y las paredes. Los cuentos somos así.

-Y ¿Por qué el casco?

-Porque a veces, cuando estás escribiendo un cuento, quieres obligar a una palabra a que haga parte del conjunto de lo que estás  construyendo y en vez de recogerla de un montón que previamente habías arrumado, como hacen los maestros de obra con los ladrillos, la fuerzas a saltar y ésta cae del cielo peligrosamente, tanto para el escritor, como para todas las personas que están a su alrededor, por lo que el casco es un elemento esencial, cuando los escritores como tú, están produciendo esas “obras literarias”.

-¿Y el overol y las gafas?

-Es necesario, porque cada palabra puede explotar en nuestra cara, dependiendo el significado que quieras darle en tu escrito y lo que hay por dentro de ellas, puede llegar a ser hasta peligroso.

- ¿Peligrosa una palabra en un cuento?

- Si, déjame mostrarte, vuélvete para este lado y muéstrame una palabra de tu cuento.

-Aquí hay una muy común, amor.

-Cógela, quítale la coraza y mira lo que hay dentro de ella.

Cogí cada letra y la partí por la mitad, había en ellas substancias brillantes de diferentes colores y tenían algo parecido a la escarcha.

-¿En que estabas pensando cuando la colocaste allí?

- En Valeria, mi hija.

- Muy bien, ahora pruébala.

-¡Mierda! pensé, en mi vida he aprendido que cuando hay algo desconocido y muy brillante, no es un acto muy inteligente comerlo. Pero, como estaba tan intrigado, decidí hacerlo.

El sabor de cada letra era azucarado, almibarado, se deshacía en la boca, como el algodón de azúcar.

-  Ahora, busca la misma palabra en otra porción del escrito, me dijo el cuento.

Tres párrafos después, volví a encontrarla: Amor.

- Ahora pártela y come, volvió a ordenar el cuento.

Cuando la partí, el color ya no era brillante sino obscuro, como el de algunos pasteles de boda. Ya habiendo desechado mis aprensiones primeras, me llevé un pedazo a la boca e inmediatamente tuve que escupirlo, tenía un sabor horrible.

Por primera vez, pude observar una expresión que denotaba algo de humano en el cuento, muy imperceptiblemente sonrió.

-Ves lo que te digo, ¿En que estabas pensando cuando la escribiste?

-En una novia, cuando me dejó por volver con su ex.

-Siéntate, me aconsejó, planea lo que vas  escribir, haz planos, muchos planos, recuerda que tu insumo principal es el lenguaje, por lo tanto tus herramientas son las palabras, arruma muchas de ellas como si fueran ladrillos; cuando tengas todo esto, comienza con los cimientos, sigue con los pisos, levanta paredes y coloca el techo, y por último acuérdate del sabor y del color de cada palabra cuando la escribes.

Dicho lo anterior, desapareció tan intempestivamente como había llegado.

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