UNA
CANITA AL AIRE
Por: JOSE TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
Juan Esteban llegó a la casa que había
encontrado por los avisos clasificados del periódico, una vez tuvo conciencia
que tendría que buscar dónde vivir, después de haber disfrutado las mieles del
éxito durante una década de su vida; aunque no dejaba de rondar por su cabeza la
noticia de primera página, en la cual el principal diario del país daba cuenta
de la condena a 33 años de cárcel, que la justicia le había endilgado al ex
coronel de la policía Joaquín Aldana, por haber asesinado y desmembrado el
cuerpo de su esposa Erika Yeneris.
Su vehículo era una moto Auteco Boxer, modelo
2003 y en vez de pasajero, llevaba amarradas al sillín del copiloto tres
maletas, las cuales era lo único que le quedaba de un pasado ostentoso, de un
matrimonio como según él lo manifestaba, con la más hermosa mujer sobre la faz
de la tierra y de dos niños que hasta hace poco tiempo, eran los seres que más
lo habían hecho sentir el verdadero amor.
Cuando llegó a la casa, el letrero que
adornaba una ventana que sobresalía con una ornamentación pintada color café,
por encima de la pared azul claro y con terminado rústico, lo recibió con una
cachetada, la cual si bien no dejó marcas visibles en su cara, si dejó unas
huellas color rojo brillante en su alma, en las cuales se podía leer como a
trasluz, las letras que a guisa de dedos, lo golpearon con la misma fuerza, con
la que una tractomula puede atropellar a un transeúnte despistado que se le atraviesa en su camino,
por una vía rápida de tránsito nacional: “Se
arrienda habitación para persona sola”.
Aún antes de apearse de su moto, Juan Esteban
sintió que se le aflojaba el estómago, cómo si del golpe recibido, le hubieran
desatornillado los pernos, con los que se sujeta la parte baja del abdomen, por
lo cual y ante la repentina levedad percibida en el bajo vientre, experimentó
un temblor en las piernas y tuvo que hacer un gran esfuerzo, para sostener el
peso de la moto, las maletas y su propio cuerpo.
Tuvo un leve deseo de irse de allí, pero le
había costado tanto encontrar una habitación en un lugar poco más o menos
decente y acorde con sus exiguos recursos, que a pesar del malestar físico
sufrido por la lectura del letrero, desamarró las maletas y no con la decisión
que hubiera deseado tener (que era con la que había arrancado la búsqueda de
por la mañana), tocó el timbre y esperó a que le abrieran.
Una vez concluido el correspondiente
interrogatorio, como consecuencia de la necesidad de verificación de los
papeles para poder finiquitar el contrato, la dueña de casa en una actitud
amable, lo acompañó hasta la habitación y le mostró el baño, el cual tenía que
compartir con otros tres inquilinos, le dictó con un rigor casi militar, las
normas de la casa: la hora de llegada, la hora de salida, el consumo de luz, el
volumen del televisor, la escucha de música, la precaución de dejar siempre la
puerta cerrada con llave y falleba al momento de salir o entrar y la
prohibición de cocinar en la pieza y por último, lo dejó solo para que se
acomodara.
Esteban, no quería que la señora se fuera, no
quería encontrarse con la realidad que a gritos mudos le había enrostrado el
letrero, no quería, por primera vez en su vida, tener sobre su cuerpo, alma y
espíritu, el peso inaguantable de la vida, cuando no se tiene con quién
compartir.
Por eso una vez más, entre dientes, maldijo a
Angélica.
Se acordó del día en que la conoció, cuando
por casualidad entró a la oficina de atención a la comunidad y allí estaba
ella, con sus ojos color verde y una actitud amable –al fin y al cabo para eso
le pagaban- que lo cautivó de inmediato.
Ahora que hacía una retrospección de lo
ocurrido, se castigó con un rigor innecesario, pues pensó que una mujer que se
muestra amable con todos los que entran a su oficina, porque de eso depende su
salario; es igual a una mujer que muestra amor de mentiras a los clientes que
entran a su negocio, porque de eso depende su sustento. En fin, Esteban, desde
el primer momento supo que Angélica era una puta. Pero como todos los hombres cuando
no quieren sino creerse las mentiras que les dicen, no hacen sino buscar
argumentos mentales para justificar las explicaciones tontas y sin sustento, a
pesar que cómo le pasó en su caso, no sólo le contaban que Angélica salía con
otros hombres, sino que uno de ellos cuando lo vio enamorado, le confesó que la
noche que lo había dejado esperando en una fuente de soda donde se habían
citado, era porque estaban los dos haciendo el amor.
Y así había sido siempre, cuando le llegaban
rumores de sus malas andanzas, ella con sus dotes histriónicas, siempre se las
arreglaba para decir que eran mentiras, que “como me tienen envidia, se
inventan cosas para hacernos pelear”, que cada uno de esos hombres, lo que
querían era tener algo con ella, pero que como no les había puesto cuidado, se
inventaban chismes, para dañar su honra y su buena reputación y Esteban como lo
único que quería era creerle, le creía y aunque siempre le quedaban dudas en su
corazón, terminaba por engañar a su consiente, porque en su subconsciente
siempre supo que ella lo engañaba, llegando por fin a cuasiformalizar una
relación con ella, la cual terminó por dañar entre otras muchas cosas de su vida,
la relación con sus jefes, con sus compañeros y hasta con sus subalternos
–porque Angélica salía con algunos de ellos- y hacer que su presencia fuera
incómoda en la petrolera donde fungía como ingeniero.
Ahora que estaba sentado en su cama, comenzó a
buscar en sus recuerdos, dónde había comenzado su error y tal y como sucedía
reiterativamente en los últimos días, se venían a su cabeza los versículos
bíblicos que había aprendido cuando era niño y que resumían de una manera
aproximada, cada uno de los desaciertos que había alcanzado, para llegar a la
situación en la que se encontraba. Por ejemplo, “dejarás a padre y madre,
conocerás mujer y juntos serán una sola carne”, por lo que pensaba que cuando
se había acostado la primera vez con Angélica, el hecho de haberse vuelto “una
sola carne” con ella, había traído como consecuencia, que a pesar de todas sus
dudas y de todas las evidencias, él se hubiera lanzado como una animal
hambriento, a sostener una relación con una persona que en los últimos 4 años,
se había hecho 3 abortos ilegales, por lo cual –y así argumentaba la mente de Esteban-
el “espíritu fuerte” que la ataba –al sexo, a la promiscuidad, a la rumba, al
abandono de sus hijos- lo ató también, impidiéndole, a pesar de saber que esa
relación estaba acabando con su vida, a tomar la decisión de no terminarla en
contra de todas las razones lógicas.
Otro de los versículos que taladraban su
cabeza, era el que personalmente Jesús le había dicho a los fariseos: “de
cierto, de cierto os digo que cualquiera que vea con deseo a una mujer, ya
adulteró con ella en su corazón”, y era que Esteban, nunca se cuidó de no ver
con deseo a las mujeres que se atravesaban en su camino, para él, todas ellas eran
caza permitida y él estaba permanentemente en campaña, por eso cuando Angélica
se interpuso, en un instante, se la imaginó desnuda y se vio con ella haciendo
el amor, por lo que sin más análisis, decidió que sería su próxima conquista,
sin haberse imaginado que en últimas, el conquistado sería él, por lo que si
lograba salir con vida del mar de lodo y putrefacción, en el cual ni siquiera
nadaba, sino que tan solo luchaba por seguir sobreviviendo, ya había hecho el
firme propósito de cuidar sus ojos y su corazón, para no andar mirando con
deseo (desnudándolas y creando una escena erótica con ella, (en la cual él era
el personaje principal, por supuesto) a todas las mujeres que conocía, de
hecho, cuando había nacido Sofía, su hija menor, se había percatado que no era
de hombres, andar imaginándose desnudas a todas las mujeres, porque ellas eran
las madres de alguien, las hijas de alguien, las hermanas de alguien o las
esposas de alguien y si ese alguien tuviera el mismo sentimiento que él hacia
Sofía, lo más seguro sería que ya no existiera, por haber caído bajo la ira de
una persona que pensaba proteger la inocencia de una niña, para que experimentara
una existencia feliz, al lado de un hombre que verdaderamente la amara y no
sólo que se la quisiera llevar a la cama.
En ese instante, también se acordó del
mandamiento bíblico que decía: “No fornicarás” y aunque siempre lo había
comparado (para su beneficio) con otro versículo que aprendió en su niñez que
dice: “Todo te es lícito, más no todo te conviene”, en su mente aducía que si
el apóstol Pablo había dicho “Todo te es lícito” era porque la fornicación, en
últimas, no era un pecado y simplemente sus dotes de macho alfa al mando de una
manada de hembras ansiosas, las podría seguir ejerciendo pasando por encima de
lo que Dios había ordenado, sin más daño que un poco de tedio y mucha
satisfacción en su memoria corporal; sin embargo ahora entendía que cuando el Señor
daba un mandamiento, no era por hacer rabiar al hombre, sino porque el
principal objetivo de los mandamientos divinos, era la protección de la raza
humana, debido a que si todos los hombres y mujeres se dedicaran a tener sexo
unos con otros sin control, cuánto tiempo más duraría el hombre poblando la
tierra, teniendo en cuenta pandemias antiguas como la sífilis o nuevas como el
sida y para la muestra un botón, desde que Esteban se había acostado por
primera vez con Angélica, le habían aparecido en su orden dos crestas de gallo,
una gonorrea y una clamidia y ante los reclamos airados, siempre encontró una
cara compungida, unos ojos llorosos y un rechazo tal, que en los cuatro casos,
terminó pidiéndole perdón, por haber dudado y haber mancillado su honra,
haciéndola culpable de tan horrendos señalamientos.
Pero todo había cambiado desde el viernes
pasado, cuando después de haber pasado por la oficina de personal entregando el
paz y salvo, para poder cobrar la liquidación que le correspondía por más de 10
años de servicios abnegados y sufridos en los diferentes pozos petroleros del
departamento y teniendo en cuenta que su relación con Angélica se había tornado
tan pesada en la compañía, que después de haberla despedido a ella, para así
quitarse un problema de encima y de haber intentado hasta último minuto
sostenerlo a él, el alto mando de la
empresa había tomado la decisión de rescindirle su contrato, debido a
las continuas faltas en el servicio como ingeniero de la organización y a las
continuas quejas de sus superiores, compañeros y subalternos, por los reclamos
e insultos que él les hacía, con relación a un supuesto acoso de ellos hacía Angélica;
por lo que después del último adiós que le brindaron de manera sobria, rápida y
sin cargos de conciencia, viajó hasta su apartamento a darle la sorpresa que
por fin iban a poder vivir juntos sin estorbos y sin ausencias tan largas, sin
pensar que el sorprendido iba a ser él, cuando al abrir la puerta la encontró
desnuda haciendo el amor con un ex compañero, por lo que todo su mundo idílico,
imaginario y quimérico se le vino abajo de un solo golpe y la cruda realidad de
haber dejado atrás a Margarita, su esposa, a Julián y Sofía, sus hijos, su
trabajo, su casa y hasta el 50% de sus cesantías, las cuales Margarita había
embargado, para garantizar los alimentos de sus menores hijos, por ella, no había
valido la pena.
Como tampoco valió la pena la paliza que le
asestó a Angélica, la cual estaba milimétricamente matizada con una ira ciega,
multiplicada n-veces por cada mentira creída, pero por fin sacadas a la luz de
la verdad en toda su cruel dimensión ese día; y no por que no se lo mereciera,
pues tal y como lo revelaba el libro de Samuel en la Biblia en el pasaje cuando
el profeta Natán, encara al rey David y le increpa la muerte de Urías heteo, el
adulterio con Betsabé y el engaño a todo el pueblo de Israel, por lo cual
recibió el dudoso honor de ser merecedor de una maldición emitida por el
mismísimo Dios de los cielos, sino porque acababa de darse cuenta a la lectura
del letrero de “se arrienda habitación
para persona sola”, que la porquería de vida que le había tocado vivir
desde que se fijó en aquella mujer que no era humana, sino una musa diabólica
creada para perder a los que en ella se fijaran, le iba a hacerle rogar para
obtener su perdón y comiéndose el asco que le causaba su propia debilidad,
intentar rehacer su sórdido noviazgo, porque se había dado cuenta que no podría
vivir sólo, ni en esa habitación, ni en ninguna otra del mundo entero, aunque
también rondaba por su cabeza, el último recurso que se imaginó, cuando leyó la
noticia ese día de la condena del coronel ® Aldana, el cual, pensaba él, sin
lugar a dudas, había asesinado y desmembrado a su esposa o porque la había
encontrado haciendo el amor con un ex compañero o porque se había cansado de
sus constantes mentiras y justificaciones, cuando se daba cuenta que por su
culpa, toda su vida policial se estaba yendo al inodoro.
Sin
embargo, lo que no previeron ni Esteban, ni Aldana, es que en últimas la culpa
nunca recaía en la mujer, por lo tanto no se les podría achacar a ellas sus
cuitas, porque el último versículo, el que debieron haber tenido en la cabeza y
el que sin duda olvidaron, como un olvido quizás parecido al de la muerte es el
que dice: “Cuando el espíritu inmundo
sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde
salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces
va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí;
y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero”.

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