EL
PILOTO DE UTICA
Por:
JOSE TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
Mi nombre es Camilo José, tengo 11 años,
vengo de una familia compuesta por 4 hermanos y 4 hermanas y yo soy el menor de todos; mi papá es un
suboficial del ejército, por lo cual casi nunca está en casa, con su sueldo
apenas nos alcanza para malvivir en la ciudad capital.
Como mi papá nunca estaba, mi mamá siempre
hizo con nosotros lo que quiso, según ella cómo le tocaba hacer de padre y madre,
la parte de papá -en la que tenía que corregir a los hijos con un rigor
innecesario y con una crueldad extrema- fue la que mejor desempeñó y, sin duda,
por lo ocupada que estaba ejercitándose y perfeccionando cada día su rol
varonil, olvidó casi por completo su papel de madre amorosa, por lo que lo
normal de sus “caricias”, era coger el cabo de una pala y a dos manos y al
mejor estilo de un jugador profesional de beisbol, descargar con la fuerza de
una mujer de 52 kilos y 1,48 de estatura, toda la furia y la frustración que
sin duda dejaban en su cuerpo y en su espíritu, las golpizas que regularmente y
con una secuencia casi que milimétrica, le endilgaba mi papá cada vez que se
emborrachaba.
Para nosotros, el terror, el resentimiento y
los moretones que nos quedaban de esos encuentros entre madre e hijos, nos
obligaban a vivir más que alertas, por lo que, y sin saber en qué iba a
terminar un simple rozón con el brazo de mi madre, siempre que oíamos sus
pasos, corríamos con Julio Alberto mi hermano más cercano, a escondernos para
evitar una dura sesión de cariños, porque muchas veces oí decir a mi madre, que
como nos quería a rabiar, nos tenía que corregir con ahínco, para que fuéramos
unos buenos hombres y mujeres el día de mañana.
Ayer va a ser un mes, que mi Tía Rosario estaba
en nuestra casa de visita, mi hermana Ana Matilda y yo estábamos jugando y yo
me estaba aprovechando de ella gritándole ¡gordita!, ¡gordita!, para sacarle la
piedra, porque cuando ella se ponía brava se le encendían los cachetes de un
rojo intenso y comenzaba a balbucir cosas y a perseguirme por toda la casa,
para hacerme pagar por mi osadía. Mi Tía Rosario estaba acostada en la cama de
mis papás y ella escuchó todo el juego, porque cuando llegó mi mamá, le contó
que yo era un niño de lo peor, y que le estaba gritando a mi hermana “Gorda
Hijueputa”.
Yo conociendo a mi mamá y sabiendo de su
generosidad y de su templanza, abrí mi boca, para explicarle que sin duda
alguna mi Tía había escuchado mal, porque lo único que yo había dicho era
¡gordita! ¡gordita!, cuando recibí el primer batazo en la espinilla de mi
pierna izquierda, inclinándome por el dolor, dejé expuesta la zona cúbito
dorsal para recibir la andana de golpes –más de una docena-, con el cabo de la
pala, el cual dejó un moretón y un chichón en cada punto donde el madero hizo
contacto con la piel.
Cuando mi mamá se hubo calmado, sin duda por
la sangre que brotó de mi frente, entre otras cosas porque al mejor estilo de
un cuento de terror de Drácula, la sangre era de las pocas cosas que satisfacía
su rabia y su rencor, me hizo arrodillar delante de mi
hermana y pedirle perdón, por lo grosero y vulgar que me había portado. Yo con
rabia y dolor en mi corazón y algunas lágrimas que luché para que no salieran
de mis ojos, le pedí perdón y descubrí, no sin asombro, que no la odiaba a ella
por no haber dicho la verdad de lo que había sucedido, ni a mi mamá, por la
injusticia y lo desproporcional de la fuetera; sino que todo el aborrecimiento
de mi corazón, de mis piernas adoloridas, de mi espalda ardiente por los golpes
y de mi frente ensangrentada, se lo otorgué a mi tía, por metida, por desleal y
mentirosa y además porque se regocijó con ese corazón malsano que sin duda la
envenenaba en cada latido, hasta el punto de sonreírme, -lo cual me hizo evocar
a una serpiente, antes de dar el golpe mortal a su presa-, cuando yo estaba de
rodillas pidiéndole perdón a mi hermana.
Hace ocho días llegamos a Utica, mi corazón
no ha perdonado a mi Tía, porque los golpes en el cuerpo de un hombre – bueno
de un niño de 11 años- pasan sin dejar una huella más allá de la incomodidad
que el dolor causa en el cuerpo, para realizar algunos movimientos. Pero la
humillación… eso si no se borra, deja una huella indeleble en el consiente y en
el subconsciente, tal y como el hierro deja la figura de la marca en la piel
del ganado. El olor de la casa me incomoda, huele a estiércol y a sudor de
obrero de finca, yo me encuentro esculcándole la ropa a mi tía, para ver si
encuentro algo que aliviane en algo la sensación de impotencia y así se borre
la imagen de serpiente venenosa que a través
de los últimos 30 días, me ha torturado y ha robado la paz de mi espíritu.
Nunca había hecho algo así. Mi corazón late fuertemente, por el miedo a ser
descubierto, pero en mi interior sé muy bien que aguantaría otra paliza tres
veces más dura que la que recibí hace un mes, sólo por verle la cara de reptil
a mi tía, cuando se entere que yo le estaba esculcando esa ropa mal oliente,
para robarme algo, en pago de su mala leche y su mentira.
Cuando ya me iba a dar por vencido, porque
entre más tiempo pasaba, más mareado estaba con el aroma a ropa guardada,
adobada con humedad y sudor añejo y maldiciendo entre dientes a la señora,
porque sabía que ni siquiera monedas iba a encontrar entre esa porquería, mi
mano tocó un objeto relativamente pequeño, el cual tenía una textura como la del
cuero. Aguantando la respiración lo tomé y a pesar de lo oscuro de la alcoba,
pude observar que se trataba de un reloj empacado en un estuche de cuero. Lo
metí rápidamente entre mis calzoncillos, volteé a mirar a lado y lado, corrí
hasta la puerta, volví a escudriñar el corredor y al ver que no venía nadie,
caminé hasta la puerta de la calle y salí disparado por la vía, hasta lograr
dejar la cuadra atrás y escabullirme entre los primeros árboles del campo que
colinda con una esquina del pueblo.
Sin duda alguna exageré la carrera y la
agitación, porque no paré hasta bien entrado en el bosque, volví a mirar para
lado y lado, por tercera vez y ya cuando había pasado algo de la agitación que
hacía que sintiera mi corazón en la garganta, el cual tenía que tragar de vez
en vez, para obligarlo a que bajara al sitio donde debía latir normalmente, me
subí a un árbol y allí, a riesgo de caerme y perniquebrarme, saqué mi tesoro y
comencé a inspeccionarlo:
El reloj estaba enfundado en un estuche de
cuero, el cual tenía una correa con un broche al final para asegurarlo, cuando
se abría, se podía ver una ventana redonda, que enseñaba un reloj con una sola
manecilla delgada. La manecilla señalaba el número 72 en la escala del interior
del tablero y los 0,4 en la escala externa de éste. En el centro, estaban los
letreros de “Compensado” el número 17007 y la marca “Optica alemana, Bogotá”,
yo llegué a la conclusión que el reloj, marcaba una hora, tal vez de un país
lejano, lo cual se podía comprobar, leyendo el papel que estaba cuidadosamente
guardado dentro del estuche y que como título decía en un idioma extraño y con
una letra primorosa, la cual no podía reconocer: Garantie und Drüfungsfchein für
den Höhenmeffer Nr. 17007.
-Mierda, pensé, estoy de suerte, es un buen
reloj.
Escudriñe la hoja y cada palabra era peor que
la anterior, el segundo renglón era aún más enigmático que el primero: Das Instrument ist nach Millímetern geteilt,
entspr. Der Quecksilbersäule eines Normalbarometers.
A continuación aparecía una tabla de 6
columnas y 11 filas. Cada columna tenía un título en el idioma raro de toda la
escritura, debajo de cada título y en las 10 filas habían intercaladas unas Oes
y unos números, algunos escritos a mano, con una caligrafía preciosista y otros
en imprenta. Debajo de la tabla, tres renglones de más palabras y al final una
especie de firma: Heinrich Fröble Nachf.
Hamburg.
Por pura curiosidad, volteé la hoja y escrito
a máquina y en español estaban las siguientes instrucciones: Certificado de Garantía y Prueba, para el
medidor de alturas No. 17007…
-Ah jijuemichica, no es un reloj, es un
medidor de alturas. Pensé.
El
instrumento está dividido en milímetros, igual a la columna de mercurio de un
barómetro normal.
La misma tabla con las mismas 6 columnas y 11
filas. Aunque la información estaba en español, quedé en las mismas, porque no
entendía ni que era el aparato, ni cómo se usaba.
Sólo alcancé a comprender que aquello era un
medidor de alturas – Un altímetro, pensé.
Inmediatamente subí algunas ramas más, empinándome
lo más que podía y levantando mi mano hasta donde la longitud de mi brazo me
daba, para ver si el instrumento cambiaba y señalaba la nueva altura a la que
estaba, pero no, la aguja seguía marcando 72 y 0,4.
-Carajo, esta vaina debe estar dañado, pensé.
Le di muchas vueltas al aparato y cuando ya
estaba por guardarlo en el estuche, porque igual me daría pasar un mes
intentando descubrir cómo funcionaba y no iba a adelantar nada más de lo que
sabía, me percaté que en un bolsillo de la parte superior del estuche, había un
termómetro ancho y cómo de 10 centímetros de largo. Tenía el recipiente de
mercurio en la punta inferior, la cavidad por la que sube éste cuando el
ambiente se calienta y dos escalas, una a cada lado; pero a diferencia de los
termómetros que conocía, en la regla de
la derecha sólo había ceros, mientras
que en la de la izquierda había un cero en el centro del tubo, una escala del 1
al 5 en la parte superior y una escala del 1 al 3 en la parte inferior.
Lo más parecido al objeto que yo había visto
y que tenía en mis manos, era un termómetro veterinario que mis Tíos utilizaban
cuando manejaban ganado, el cual se lo metían por el culo a los toros y por la
vagina a las vacas.
Con mis sentidos científicos alertas por
tantos descubrimientos ese día, estuve tentado de bajarme los pantalones para
ver si el termómetro marcaba algo raro, pero el pudor y la pena de que alguien
me viera, me hicieron desistir de probar el aparato, por lo que lo guardé en su
estuche, no sin antes darle muchas vueltas, al igual que había hecho con el
medidor de alturas.
Cavé un hueco en la tierra y enterré allí mi
tesoro, decidido a averiguar cuál era la historia, detrás de mí artículo robado.
Durante los siguientes ocho días, estuve
atento a descubrir cualquier pista o indicio que me llevara a desentrañar la
historia del medidor de alturas y cómo había llegado un objeto tan bonito y tan
raro a un anaquel tan oscuro, maloliente y asqueroso, como era el guardarropa
de mi tía, pero mi mente juvenil, empezó a utilizar el recurso del sincretismo,
para elucubrar una historia respecto a la persona que había adquirido el medidor, objeto de mis quimeras.
Me imaginaba un piloto, alto, fornido, de
ojos azules, con mirada profunda, con su kepis arrugado sobre su cabeza y su
bufanda describiendo ondas por efecto del viento, parado al pie de su avión
caza, monomotor, biplano y con dos asientos en tándem. Más de una vez establecí
conversación con él y me contaba sus aventuras, allí donde los hombres se
sienten más cercanos a Dios, allí donde las águilas tienen su morada, allí en
el lugar que se encuentra reservado sólo para los ángeles y para los hombres
más amados por el Señor que tienen el don de volar; allí donde la morada del Padre,
se confunde con el hogar de los mortales que no tienen más remedio que conocer
únicamente la tierra.
Varias veces soñé con que el piloto me
enseñaba los secretos del vuelo y de su máquina, y que con una sonrisa me
colocaba su kepis y su bufanda y dando elegantemente una vuelta a la hélice con
su mano, me enviaba a cumplir la misión más arriesgada, más heroica y sin duda
la más gratificante de toda su carrera. La misión con la que sueñan los hombres
machos, aquellos que se van y no aspiran a volver nunca más.
Mientras que mi mente adornaba esos
pensamientos, mi cuerpo no permanecía inactivo. Con temor de ser descubierto,
pero con mucho sigilo y por demás con mucha decisión, realizaba mis pesquisas,
para descubrir y volver real al héroe de mis sueños. Comencé por interrogar a
mis primos, a mi papá –que cómo cosa rara estas vacaciones si nos estaba
acompañando- le pregunté incluso a mi mamá, para que me explicara el árbol
genealógico de su familia y al ver tan marcado interés, mi tía, la mala leche,
la embustera y la odiada, optó por mostrarme el álbum familiar.
Eras unas fotos a blanco y negro, viejas,
casi todas de un color café clarito, colocadas cuidadosamente sobre páginas de
cartulina negra, las fotos no se pegaban a las hojas, sino que se adherían a
estas, por medio de unas esquinas de colores blanco, rojo y verde; los hombres
y las mujeres que allí estaban vestían una ropa que a leguas se notaba que les
quedaba grande y muchos de ellos lucían sombreros raros y desproporcionados. Yo
no prestaba atención a las explicaciones que me daba mi tía: que fulanito era
tío de tu mamá y de mí, por parte de papá; que menganita era prima segunda de la
abuela, que sutanito, era… y entonces apareció… Un tío de ellas por parte de
papá, que había ido hasta Alemania a traer los primeros aviones que volaron el
cielo Colombiano. Mi sincretismo no estaba tan equivocado, ahí estaba parado al
pie de su avión, caza, monomotor, biplano, con su kepis arrugado y su bufanda
flotando alrededor del fuselaje del avión.
Al acercar mi cara a la foto, para verlo
bien, pude analizar sus rasgos detenidamente y descubrí en él, la misma sonrisa
de serpiente y una mirada igual a la de mi tía, cuando estaba gozosa de ver a
un sobrino siendo golpeado inmisericordemente por su madre por una mentira suya;
les aseguro que fue tanto mi asco que no fue posible, quedarme con el medidor.

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