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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

EL PILOTO DE UTICA




EL PILOTO DE UTICA

Por: JOSE TIBERIO SERRANO ARIAS

TISA

Mi nombre es Camilo José, tengo 11 años, vengo de una familia compuesta por 4 hermanos y 4 hermanas  y yo soy el menor de todos; mi papá es un suboficial del ejército, por lo cual casi nunca está en casa, con su sueldo apenas nos alcanza para malvivir en la ciudad capital.

Como mi papá nunca estaba, mi mamá siempre hizo con nosotros lo que quiso, según ella cómo le tocaba hacer de padre y madre, la parte de papá -en la que tenía que corregir a los hijos con un rigor innecesario y con una crueldad extrema- fue la que mejor desempeñó y, sin duda, por lo ocupada que estaba ejercitándose y perfeccionando cada día su rol varonil, olvidó casi por completo su papel de madre amorosa, por lo que lo normal de sus “caricias”, era coger el cabo de una pala y a dos manos y al mejor estilo de un jugador profesional de beisbol, descargar con la fuerza de una mujer de 52 kilos y 1,48 de estatura, toda la furia y la frustración que sin duda dejaban en su cuerpo y en su espíritu, las golpizas que regularmente y con una secuencia casi que milimétrica, le endilgaba mi papá cada vez que se emborrachaba.

Para nosotros, el terror, el resentimiento y los moretones que nos quedaban de esos encuentros entre madre e hijos, nos obligaban a vivir más que alertas, por lo que, y sin saber en qué iba a terminar un simple rozón con el brazo de mi madre, siempre que oíamos sus pasos, corríamos con Julio Alberto mi hermano más cercano, a escondernos para evitar una dura sesión de cariños, porque muchas veces oí decir a mi madre, que como nos quería a rabiar, nos tenía que corregir con ahínco, para que fuéramos unos buenos hombres y mujeres el día de mañana.

Ayer va a ser un mes, que mi Tía Rosario estaba en nuestra casa de visita, mi hermana Ana Matilda y yo estábamos jugando y yo me estaba aprovechando de ella gritándole ¡gordita!, ¡gordita!, para sacarle la piedra, porque cuando ella se ponía brava se le encendían los cachetes de un rojo intenso y comenzaba a balbucir cosas y a perseguirme por toda la casa, para hacerme pagar por mi osadía. Mi Tía Rosario estaba acostada en la cama de mis papás y ella escuchó todo el juego, porque cuando llegó mi mamá, le contó que yo era un niño de lo peor, y que le estaba gritando a mi hermana “Gorda Hijueputa”.

Yo conociendo a mi mamá y sabiendo de su generosidad y de su templanza, abrí mi boca, para explicarle que sin duda alguna mi Tía había escuchado mal, porque lo único que yo había dicho era ¡gordita! ¡gordita!, cuando recibí el primer batazo en la espinilla de mi pierna izquierda, inclinándome por el dolor, dejé expuesta la zona cúbito dorsal para recibir la andana de golpes –más de una docena-, con el cabo de la pala, el cual dejó un moretón y un chichón en cada punto donde el madero hizo contacto con la piel.

Cuando mi mamá se hubo calmado, sin duda por la sangre que brotó de mi frente, entre otras cosas porque al mejor estilo de un cuento de terror de Drácula, la sangre era de las pocas cosas que satisfacía  su rabia y  su rencor, me hizo arrodillar delante de mi hermana y pedirle perdón, por lo grosero y vulgar que me había portado. Yo con rabia y dolor en mi corazón y algunas lágrimas que luché para que no salieran de mis ojos, le pedí perdón y descubrí, no sin asombro, que no la odiaba a ella por no haber dicho la verdad de lo que había sucedido, ni a mi mamá, por la injusticia y lo desproporcional de la fuetera; sino que todo el aborrecimiento de mi corazón, de mis piernas adoloridas, de mi espalda ardiente por los golpes y de mi frente ensangrentada, se lo otorgué a mi tía, por metida, por desleal y mentirosa y además porque se regocijó con ese corazón malsano que sin duda la envenenaba en cada latido, hasta el punto de sonreírme, -lo cual me hizo evocar a una serpiente, antes de dar el golpe mortal a su presa-, cuando yo estaba de rodillas pidiéndole perdón a mi hermana.

Hace ocho días llegamos a Utica, mi corazón no ha perdonado a mi Tía, porque los golpes en el cuerpo de un hombre – bueno de un niño de 11 años- pasan sin dejar una huella más allá de la incomodidad que el dolor causa en el cuerpo, para realizar algunos movimientos. Pero la humillación… eso si no se borra, deja una huella indeleble en el consiente y en el subconsciente, tal y como el hierro deja la figura de la marca en la piel del ganado. El olor de la casa me incomoda, huele a estiércol y a sudor de obrero de finca, yo me encuentro esculcándole la ropa a mi tía, para ver si encuentro algo que aliviane en algo la sensación de impotencia y así se borre la imagen de serpiente venenosa que a través  de los últimos 30 días, me ha torturado y ha robado la paz de mi espíritu. Nunca había hecho algo así. Mi corazón late fuertemente, por el miedo a ser descubierto, pero en mi interior sé muy bien que aguantaría otra paliza tres veces más dura que la que recibí hace un mes, sólo por verle la cara de reptil a mi tía, cuando se entere que yo le estaba esculcando esa ropa mal oliente, para robarme algo, en pago de su mala leche y su mentira.

Cuando ya me iba a dar por vencido, porque entre más tiempo pasaba, más mareado estaba con el aroma a ropa guardada, adobada con humedad y sudor añejo y maldiciendo entre dientes a la señora, porque sabía que ni siquiera monedas iba a encontrar entre esa porquería, mi mano tocó un objeto relativamente pequeño, el cual tenía una textura como la del cuero. Aguantando la respiración lo tomé y a pesar de lo oscuro de la alcoba, pude observar que se trataba de un reloj empacado en un estuche de cuero. Lo metí rápidamente entre mis calzoncillos, volteé a mirar a lado y lado, corrí hasta la puerta, volví a escudriñar el corredor y al ver que no venía nadie, caminé hasta la puerta de la calle y salí disparado por la vía, hasta lograr dejar la cuadra atrás y escabullirme entre los primeros árboles del campo que colinda con una esquina del pueblo.

Sin duda alguna exageré la carrera y la agitación, porque no paré hasta bien entrado en el bosque, volví a mirar para lado y lado, por tercera vez y ya cuando había pasado algo de la agitación que hacía que sintiera mi corazón en la garganta, el cual tenía que tragar de vez en vez, para obligarlo a que bajara al sitio donde debía latir normalmente, me subí a un árbol y allí, a riesgo de caerme y perniquebrarme, saqué mi tesoro y comencé a inspeccionarlo:

El reloj estaba enfundado en un estuche de cuero, el cual tenía una correa con un broche al final para asegurarlo, cuando se abría, se podía ver una ventana redonda, que enseñaba un reloj con una sola manecilla delgada. La manecilla señalaba el número 72 en la escala del interior del tablero y los 0,4 en la escala externa de éste. En el centro, estaban los letreros de “Compensado” el número 17007 y la marca “Optica alemana, Bogotá”, yo llegué a la conclusión que el reloj, marcaba una hora, tal vez de un país lejano, lo cual se podía comprobar, leyendo el papel que estaba cuidadosamente guardado dentro del estuche y que como título decía en un idioma extraño y con una letra primorosa, la cual no podía reconocer: Garantie und Drüfungsfchein für den Höhenmeffer Nr. 17007.

-Mierda, pensé, estoy de suerte, es un buen reloj.

Escudriñe la hoja y cada palabra era peor que la anterior, el segundo renglón era aún más enigmático que el primero: Das Instrument ist nach Millímetern geteilt, entspr. Der Quecksilbersäule eines Normalbarometers.

A continuación aparecía una tabla de 6 columnas y 11 filas. Cada columna tenía un título en el idioma raro de toda la escritura, debajo de cada título y en las 10 filas habían intercaladas unas Oes y unos números, algunos escritos a mano, con una caligrafía preciosista y otros en imprenta. Debajo de la tabla, tres renglones de más palabras y al final una especie de firma: Heinrich Fröble Nachf. Hamburg.

Por pura curiosidad, volteé la hoja y escrito a máquina y en español estaban las siguientes instrucciones: Certificado de Garantía y Prueba, para el medidor de alturas No. 17007

-Ah jijuemichica, no es un reloj, es un medidor de alturas. Pensé.

El instrumento está dividido en milímetros, igual a la columna de mercurio de un barómetro normal.

La misma tabla con las mismas 6 columnas y 11 filas. Aunque la información estaba en español, quedé en las mismas, porque no entendía ni que era el aparato, ni cómo se usaba.

Sólo alcancé a comprender que aquello era un medidor de alturas – Un altímetro, pensé.

Inmediatamente subí algunas ramas más, empinándome lo más que podía y levantando mi mano hasta donde la longitud de mi brazo me daba, para ver si el instrumento cambiaba y señalaba la nueva altura a la que estaba, pero no, la aguja seguía marcando 72 y 0,4.

-Carajo, esta vaina debe estar dañado, pensé.

Le di muchas vueltas al aparato y cuando ya estaba por guardarlo en el estuche, porque igual me daría pasar un mes intentando descubrir cómo funcionaba y no iba a adelantar nada más de lo que sabía, me percaté que en un bolsillo de la parte superior del estuche, había un termómetro ancho y cómo de 10 centímetros de largo. Tenía el recipiente de mercurio en la punta inferior, la cavidad por la que sube éste cuando el ambiente se calienta y dos escalas, una a cada lado; pero a diferencia de los termómetros que conocía, en la  regla de la derecha  sólo había ceros, mientras que en la de la izquierda había un cero en el centro del tubo, una escala del 1 al 5 en la parte superior y una escala del 1 al 3 en la parte inferior.

Lo más parecido al objeto que yo había visto y que tenía en mis manos, era un termómetro veterinario que mis Tíos utilizaban cuando manejaban ganado, el cual se lo metían por el culo a los toros y por la vagina a las vacas.

Con mis sentidos científicos alertas por tantos descubrimientos ese día, estuve tentado de bajarme los pantalones para ver si el termómetro marcaba algo raro, pero el pudor y la pena de que alguien me viera, me hicieron desistir de probar el aparato, por lo que lo guardé en su estuche, no sin antes darle muchas vueltas, al igual que había hecho con el medidor de alturas.

Cavé un hueco en la tierra y enterré allí mi tesoro, decidido a averiguar cuál era la historia, detrás de mí artículo robado.

Durante los siguientes ocho días, estuve atento a descubrir cualquier pista o indicio que me llevara a desentrañar la historia del medidor de alturas y cómo había llegado un objeto tan bonito y tan raro a un anaquel tan oscuro, maloliente y asqueroso, como era el guardarropa de mi tía, pero mi mente juvenil, empezó a utilizar el recurso del sincretismo, para elucubrar una historia respecto a la persona que había adquirido el  medidor, objeto de mis quimeras.

Me imaginaba un piloto, alto, fornido, de ojos azules, con mirada profunda, con su kepis arrugado sobre su cabeza y su bufanda describiendo ondas por efecto del viento, parado al pie de su avión caza, monomotor, biplano y con dos asientos en tándem. Más de una vez establecí conversación con él y me contaba sus aventuras, allí donde los hombres se sienten más cercanos a Dios, allí donde las águilas tienen su morada, allí en el lugar que se encuentra reservado sólo para los ángeles y para los hombres más amados por el Señor que tienen el don de volar; allí donde la morada del Padre, se confunde con el hogar de los mortales que no tienen más remedio que conocer únicamente la tierra.

Varias veces soñé con que el piloto me enseñaba los secretos del vuelo y de su máquina, y que con una sonrisa me colocaba su kepis y su bufanda y dando elegantemente una vuelta a la hélice con su mano, me enviaba a cumplir la misión más arriesgada, más heroica y sin duda la más gratificante de toda su carrera. La misión con la que sueñan los hombres machos, aquellos que se van y no aspiran a volver nunca más.

Mientras que mi mente adornaba esos pensamientos, mi cuerpo no permanecía inactivo. Con temor de ser descubierto, pero con mucho sigilo y por demás con mucha decisión, realizaba mis pesquisas, para descubrir y volver real al héroe de mis sueños. Comencé por interrogar a mis primos, a mi papá –que cómo cosa rara estas vacaciones si nos estaba acompañando- le pregunté incluso a mi mamá, para que me explicara el árbol genealógico de su familia y al ver tan marcado interés, mi tía, la mala leche, la embustera y la odiada, optó por mostrarme el álbum familiar.

Eras unas fotos a blanco y negro, viejas, casi todas de un color café clarito, colocadas cuidadosamente sobre páginas de cartulina negra, las fotos no se pegaban a las hojas, sino que se adherían a estas, por medio de unas esquinas de colores blanco, rojo y verde; los hombres y las mujeres que allí estaban vestían una ropa que a leguas se notaba que les quedaba grande y muchos de ellos lucían sombreros raros y desproporcionados. Yo no prestaba atención a las explicaciones que me daba mi tía: que fulanito era tío de tu mamá y de mí, por parte de papá; que menganita era prima segunda de la abuela, que sutanito, era… y entonces apareció… Un tío de ellas por parte de papá, que había ido hasta Alemania a traer los primeros aviones que volaron el cielo Colombiano. Mi sincretismo no estaba tan equivocado, ahí estaba parado al pie de su avión, caza, monomotor, biplano, con su kepis arrugado y su bufanda flotando alrededor del fuselaje del avión.

Al acercar mi cara a la foto, para verlo bien, pude analizar sus rasgos detenidamente y descubrí en él, la misma sonrisa de serpiente y una mirada igual a la de mi tía, cuando estaba gozosa de ver a un sobrino siendo golpeado inmisericordemente por su madre por una mentira suya; les aseguro que fue tanto mi asco que no fue posible, quedarme con el medidor.

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