HISTORIAS DEL VIENTO
AMOR
DE COLEGIO
Tisa
-Anoche, me encontraba paseando por Villavicencio-, me
contó el viento.
-Aunque era una noche de jueves, no había nada
interesante para detenerme en alguna parte, por lo que decidí irme a dormir.
Cuando pasaba por el barrio la azotea agité algunas ramas de un Pomarroso ya
que me gusta ver como las Mirlas, se esponjan y se acurrucan más cerca unas a
otras para darse calor, entonces me llamó la atención una luz tenue que salía
de un cuarto ubicado en el segundo piso de una casa que está situada al frente
del parque del barrio y decidí echar un vistazo.
Muy suavemente me deslicé, por la ventana, la cual se
encontraba entreabierta, y a mi paso el velo de las cortinas se movió
ligeramente, lo cual me permitió ver una agradable escena.
Había un muchacho de 14 o 15 años, acostado en la cama,
con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza, estaba totalmente vestido y
aún portaba el uniforme del colegio, sus pies, en los cuales se podían ver unos
tenis blancos de cuero que se encontraban curtidos -cómo si se hubieran
utilizado en demasiados partidos de fútbol-, estaban por encima de la baranda
de la cama; en su nariz y en su frente, habían algunos granos, de esos que
tanto amargan a los jóvenes, pero que les son tan comunes, en la etapa dónde
los niños dejan de ser niños y de preocuparse por cosas de niños, para comenzar
a pensar como hombres y a preocuparse por cosas de hombres. Tenía una mirada de
ensueño y en su espíritu se podía percibir el primer conflicto, que hace que
los seres humanos entren en la etapa que ellos llaman “de madurez”: el amor.
Su interlocutora era una joven de 21 o 22 años, se
encontraba sentada frente al tocador y con un secador y un cepillo se estaba
arreglado el cabello; aunque le daba la espalda al adolescente, se notaba que
le prestaba toda la atención, porque se adivinaba en el ambiente que además de
cómplice, ella era la “experta” y estaba guiando al joven en esos vericuetos de
la vida, en los cuales ninguna persona quiere entrar, por el gozo y el dolor
que al mismo tiempo -pero con desigual intensidad-, se sienten en el corazón y
porque al final, terminan sin poder decidir, si agradecer o maldecir el día que
se tuvo conciencia que las personas del sexo opuesto no son simples compañeros
de juegos, sino el complemento irremediable que les va a permitir transitar por
éste lado de la eternidad, con alguien tomados de la mano.
A mi llegada, el joven se estremeció y se esponjó, tal y
como unos segundos antes lo habían hecho los pajaritos en su nido y se pudo
notar en su semblante que yo era bienvenido en esa habitación. Como me
encontraba frente a su nariz, me inspiró profundamente, lo cual me permitió
entrar en su interior y comprobar esos latidos irregulares y fuertes que sólo
tienen un significado: el primer amor. Inmediatamente expresó su satisfacción
por mi llegada, diciendo: -hoy el clima está una chimba, ni mucho frío, ni
mucho calor-; por lo que después de acariciar el cabello de ella, me senté
cómodamente a seguir escuchando, de lo que estaban hablando antes de mi
llegada:
-No Andresito, usted si está paila, dijo ella, ¿y por qué
no le dice nada?
-No ve que lo único que hacemos es pelear en el colegio,
le respondió él, -porque si le demuestro algo, fijo me la monta y lo que es
peor, le cuenta a todas las amigas y me comienzan a mamar gallo y a hacerme la
vida imposible.
-¿Pero entonces que va a hacer?
- Me provoca llegar mañana y como si nada, cogerle la
maleta y escondérsela en el baño.
-¡No sea marica!, si a usted le gusta Angélica, qué
necesidad tiene de hacerle todas esas cosas, para que en vez de que se le
acerque, termine dándole su pescozón.
-Ah, Paola, pero no ve que la semana pasada, yo la invité
a comer helado, en una tiendita que hay frente al colegio y me dijo que sí y yo
la estaba esperando, cuando me llegó con dos amigas, diciéndome que yo las
había invitado a las tres.
-¡No! ¿Y usted que hizo?
-¡Pues que!, gastarle a cada una helado de una sola bola
y quedarme yo sin comer, porque no me alcanzaba la plata y además el señor de la tienda no nos fía a los
estudiantes.
-Uy hermano, usted si está cagado y con el agua lejos
-como dice mi tío- le respondió Paola, con una sonrisa en su rostro, -¿y
entonces?
-No y eso no es nada, cuando se estaban comiendo el
helado, la misma Angélica comenzó a decirme: -¡Mucho tacaño, Andrés!, ¡un
helado de una sola bola, que tacañería! Y lo que más me da piedra es que me
llevó a Laura, y ella y yo desde que estábamos en primaria, somos más que
enemigos, la china es fastidiosa.
- ¡Que oso!, ¿y la otra vieja quién era?
-No la otra era Michelle, esa vieja si me cae bien,
aunque es feíta y es la que me dice que Angélica está que bota la baba por mí.
-¡Si ve guevón! y por qué no le dice de una a Angélica
que ella a usted le gusta y ya.
-¡Siiiii, tan boba! Y qué tal que yo le bote los perros y
fijo, fijo, la vieja me dice que no y después me la monta y le cuenta a todo el
colegio, ¡no gracias!, yo prefiero esconderle la maleta.
- No Andrés, usted tiene que aprender a conocer a las
mujeres, cuando uno de mujer dice que no, quiere decir que si y cuando uno se
la monta a un chino, es porque ese chino le gusta a uno y uno quiere llamar la atención.
- ¿Y entonces que hago?
-Vea, Andrés, ¡no sea tan chambón!, usted llega mañana y
en vez de esconderle la maleta, la espera a la entrada del colegio y le dice
que si le ayuda a llevar los cuadernos, cuando se vaya a sentar le corre el
pupitre y cuando ella esté haciendo la cola para comprar en el descanso, usted
le compra y le lleva.
- ¿Ah si?, usted lo que me está diciendo, es que yo me
convierta en el coime de Angélica, si así no más me la monta, ¡imagínese si me
le abro de piernas!.
- Vea chino, ¿a usted le gusta Angélica o no?
-Claro que sí, es la
vieja más chusca del colegio.
- Y entonces ¿Qué va a hacer?
Después de pensarlo un rato, a Andrés se le iluminó el
rostro y con una sonrisa pícara exclamó: - ¡Apenas se descuide, le voy a
esconder la maleta!
Yo también, con una sonrisa, me levanté, agité las
cortinas, besé a Andrés en la frente, acaricié el cabello de Paola, pasé por el
árbol para que los pajaritos se esponjaran y me fui a dormir en el cerro de
Cristo Rey.

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