MARANDÚA
ESTÉREO
JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
¡Permiso sigo mi capitán!, saludó y se
cuadró firmes Medina, el soldado estafeta, cuando mi capitán Maldonado recién
se estaba levantando, después que había dado vueltas en la base hasta las tres
de la mañana. Mi capitán lo miró con cara de pocos amigos y casi que de mala
gana, no con un sentimiento personal, pero si con la incomodidad como de una
resaca, por haber dormido unas pocas horas y haber soñado, no con su mujer y su
hijo, sino con la amante que había dejado en Villavicencio hacía tres semanas.
Medina le informó que
desde las 06:00 horas, habían estado escuchando una transmisión desesperada por
el radio de parte del Señor Pedro Rojas, solicitando que el enfermero de la
Base se desplazara hasta la finca -distante nueve horas a pié-, porque se
encontraba muy enfermo y no aguantaba el viaje hasta la base.
Mi capitán sabía que
era muy importante cultivar como amigos a los pocos colonos que tenían fincas
que circundaban la base, porque al estar tan alejados de lo que nosotros
llamábamos la civilización, los
paisanos, se convertían en nuestros informantes en caso que la guerrilla se
acercara mucho.
Mi capitán Maldonado se
levantó sin prisa, fue hasta la sala de comunicaciones en la que se encontraban,
además del único radio F.M de la base el cual funcionaba con una batería de
avión, el radio de onda corta de comunicaciones que nos mantenía en contacto
con el Comando Aéreo de Combate No. 2 y cuyos reportes teníamos que hacer cada seis
horas; el soldado Triana que prestaba el servicio de radio operador, le informó
al oficial lo mismo que le había dicho Medina y mi capitán se sentó en la sala
con el fin de escucharlo por su propio oído.
Más o menos una hora
después, se escuchó el reporte del locutor, en el que con voz casi desesperada,
pedía el favor que el enfermero de la Base de la Fuerza Aérea en el Vichada
Colombiano, se desplazara hasta la finca del Señor Pedro Rojas.
Mi capitán escuchó el
llamado, fue a trotar media hora como tenía por costumbre, al volver se sentó a
desayunar y esperó que llegaran las doce del día, para hacer él mismo el
reporte al CACOM-2 y solicitar la presencia en el radio de comunicación del
Mayor Suárez, con el fin de pedirle autorización de desplazar al Cabo Rodríguez,
enfermero de la base, hasta la finca de don Pedro.
Como siempre nos
sucedía en estos casos, hubo que esperar dos horas a que saliera al aire el
Mayor Suárez y como era costumbre en él, se demoró un rato tosiendo en el
micrófono, antes de contestar a la pregunta que le hizo mi capitán, de si
podría autorizar que el Cabo Rodríguez se desplazara con un soldado hasta la
finca del señor Pedro; mi mayor, se complicó –como ocurría continuamente- se
hizo repetir varias veces la solicitud, le comenzó a dar vueltas al asunto: que
si sí sería conveniente, que si no sería muy peligroso, que si sí se ameritaba
poner en peligro al enfermero y a un soldado por un colono, que si don Pedro sí
daba información y después de 40 minutos de comunicación, de los cuales duró
más de 10 minutos tosiendo en el micrófono, nos sorprendió a todos, dando la
siguiente orden: autorizado el desplazamiento, pero debe ir usted, el enfermero
y un soldado, todos con armamento, por si se encuentran con la guerrilla.
Aunque a todos los que
estábamos en la sala de comunicaciones nos dio risa, inmediatamente la cara que
puso mi capitán, hizo que la carcajada que se estaba cerniendo en el ambiente
quedara en suspenso, porque como conocíamos su nivel de amargura –tal vez por
la moza que había dejado en Villavicencio, más que por su mujer y su hijo-
sabíamos que una risotada, podría significar media hora de ejercicios espirituales, cómo él mismo los llamaba; además porque
el comentario que hizo respecto a Suárez, hacía barruntar que cómo decíamos los
soldados del puesto el palo no estaba
para cucharas:
Este guevón, si tiene
todos los requisitos para ser general: bruto, feo y regalado; mucho hijueputa.
Con éstas palabras
quedó sellada la suerte de mi capitán: por amargado que estuviera en el puesto
y por pereza que le diera caminar las nueve horas para ir hasta la finca de don
Pedro, tenía que hacer una descubierta
-en palabras de mi mayor Suárez-, para
verificar, cómo estaba la situación por allá.
¡Medina!
¡Que ordena, mi
capitán!
Llame al Cabo Rodríguez
y que se me presente en mi barraca.
¡Cómo ordene mi capitán!
Y salió volado Medina. Entre otras
cosas por eso siempre lo nombraban estafeta: por regalado.
Cuando el Cabo Rodríguez
llegó, ya a mi capitán Maldonado se le había pasado la rabia aunque no la
amargura y teniendo en cuenta que era una bacán y un gozón de la vida, con su
actitud risueña le hacía olvidar a cualquiera las cuitas que causaba el estar
lejos de la familia, en un puesto militar que quedaba donde se devuelve el viento, según la expresión usada por algunos
oficiales y suboficiales que tenían que prestar sus servicios allí, en una
tierra de nadie y en un departamento que aunque rico en flora, en fauna y en
recursos naturales, ningún presidente del país le había puesto los ojos encima,
a excepción de Belisario Betancourt, quién viendo las relaciones tan toscas que
permanentemente mantienen Venezuela y Colombia por diversas razones que van
desde los diferendos limítrofes, hasta los diferendos políticos; pensó en
conquistar aquella agreste región, creando la ciudad del futuro, como él mismo la bautizó, sin prever que, como
ocurre siempre, el presidente que lo relevó en el mando consideró que la idea
del político conservador paisa, era descabellada, por lo cual ordenó su
desmantelamiento.
Se rumoraba entre los
soldados, que una vez volando sobre Marandúa el primer ministro de defensa
civil que tuvo el país después de muchos años, en compañía de la cúpula militar en pleno, le causó
extrañeza ver desde el aire el único aeropuerto que tenía dos pistas y le
preguntó a los generales qué quedaba ahí, a lo cual éstos en el tono servil que
los caracteriza se apresuraron a contestarle:
Doctor, esa es
Marandúa, la famosa ciudad del futuro del ex presidente Betancourt.
Ah y las pistas, ¿para
qué son?
Para llevar comida y
abastecimientos a los soldados.
Ya veo, ¿y para qué los
soldados?
¡Para brindar seguridad
a las pistas!, señor Ministro.
Así duramos por casi
dos décadas: yendo a Maradúa a cuidar dos pistas de aterrizaje, las cuales se
utilizaban para llevar comida a los soldados que las cuidábamos, sin que ese
desmesurado desgaste de hombres y máquinas, significara algo más que la mala
planeación y el falso orgullo de los políticos Colombianos, los cuales dejan
obras sin acabar, deshuesan otras y gastan a manos llenas la vida y el dinero
de nosotros los contribuyentes, quienes sin aprender jamás la lección, los
elegimos una y otra vez, para que además de obligarnos a pagar impuestos -que
ellos religiosamente se roban- nos reclutan a la fuerza para defender todas las
fechorías que hacen y nos envían a sitios alejados, a gastar la mejor vida que
tenemos, cuidando los monumentos a la corrupción y la desidia, para demostrar que
¡así se hace patria, carajo!
Por estas razones
nosotros entendíamos a oficiales como mi capitán Maldonado. El tipo era buena
gente. Cuando estaba en el CACOM-2, la cual era su base de planta, él peleaba
por nosotros. Se reunía todos los días con su escuadrón y escuchaba una por una,
las inquietudes de los soldados y les daba solución inmediata. Estaba pendiente
de los turnos de salida, de la comida y de las visitas. Era lo que en nuestra
lengua, calificábamos como una papota.
Aunque estaba casado y
tenía un niño, mi capitán era lo que nosotros denominábamos un culión, es decir le gustaba
conquistar mujeres para acostarse con ellas. No para tener relaciones
sentimentales de algún tiempo de duración, sino para disfrutar el goce de un
encuentro sexual fortuito, rápido y sin compromisos. Bajo sus garras cayeron
más de una hermana, tía, amiga y hasta novia de soldados, pues mi capitán
estaba pendiente de las primeras visitas de los reclutas, pasando revista que
todo estuviera bajo control, pero especialmente echándole el ojo a las chinas bonitas
que iban a saludar a algún conscripto. Cuándo veía algo que le interesaba,
inmediatamente se acercaba a la familia, preguntaba cómo encontraban al
soldado, se hacía presentar y demostraba algún interés por la chica que le
había llamado la atención. Su táctica era tan buena, que a veces coronaba, antes de terminar el tiempo
reglamentario de la visita.
Recuerdo una vez que se
metió a su oficina con una familiar de un recluta y su esposa llegó a la plaza
de armas a preguntar por él. Todo el mundo se asustó y no sabían cómo
responderle, ella del atolondramiento que percibió en los suboficiales y en los
soldados, sospechó que algo no estaba bien y se dirigió a la oficina de mi
capitán, todos suspendimos la respiración, cuando ella tocó reiterativamente la puerta, tras la cual estaba mi capitán con su
conquista y tal vez con los pantalones abajo, sin embargo no dio señales de
vida, esperó hasta que su esposa se retiró, dañó la reja de la ventana para
poder salir furtivamente, pidió una moto prestada y dio la vuelta a la pista de
aterrizaje para aparecer por el otro lado de la base, con cara de yo no fui y
decirle a su mujer que se encontraba pasando revista de la guardia. La señora
se quedó con algo de intriga y no quiso desprenderse de él, por lo que hubo que
sacar a la conquista de mi capitán a escondidas, llevarla dónde estaba su
familia, terminar las visitas y despedirla, sin que se pudieran volver a hablar
y conociéndolo, tal vez sin que le dirigiera la palabra jamás a la niña, que
era hermana de un soldado.
Sin embargo, mi capitán
se portaba bien con los soldados que tenían que ver con alguna de las mujeres
víctimas de sus galanteos, pues cuando era una familiar, amiga o hasta la novia
de alguno de ellos, el oficial se volvía amigo del recluta, lo dejaba salir con
mayor frecuencia que al resto de conscriptos y le otorgaba las mejores
comisiones, no conocí ningún soldado que se quejara de haberle puesto lo que
nosotros llamábamos comida a
Maldonado, a todos les hizo más fácil su estadía bajo banderas prestando el glorioso
servicio militar.
Cuando Maldonado iba
para comisiones cómo la del puesto militar de Marandúa, también a los soldados
nos iba bien. A nuestro escuadrón le tocó estar un mes con mi capitán Solano y
al siguiente mes con Maldonado. Fue cómo estar en el infierno y en el cielo. Mi
capitán Solano era un hijueputa, se puso de acuerdo con el suboficial ecónomo
el cual era el encargado de controlar el mercado para alimentar a los sesenta y
cinco soldados, los cinco suboficiales (incluido el enfermero de combate) y el
oficial, durante un mes y debido a que en la base se creó una tienda para
vender insumos, herramientas y víveres a los colonos, entre los dos se robaban
el mercado de la alimentación de los soldados y lo vendían en la tienda. Por esto
durante el tiempo de comisión nunca consumimos leche, azúcar, panela, ni
mermelada. Nos tocaba tomar avena sin leche ni azúcar, café sin panela, casi
todos los días comíamos sólo arroz y nunca en otra comisión vimos a los
soldados aguantar tanta hambre, hasta el punto que los árboles de guayaba y la
platanera que había al pie de las barracas, quedaron totalmente pelados, aunque
no era tiempo ni para cosechar guayabas, ni plátanos. Claro que los oficiales y
los suboficiales nunca aguantaron hambre, comían dentro de las casas fiscales a
escondidas de los soldados y para ellos si había azúcar, leche, panela,
mermelada y carnes enlatadas.
Obviamente cuando llegó
el relevo, los soldados que nos quedamos al ver quién venía de comandante,
inmediatamente solicitamos hablar con él y comenzamos a quejarnos, mi capitán
Maldonado como siempre nos escuchó y dijo que de inmediato iba a tomar cartas
en el asunto. Cuando se fue el avión hércules C-130 de la Fuerza Aérea, el cual
era el que mes a mes llevaba el relevo de oficiales, suboficiales, soldados y
mercado al puesto militar, reunió a todo el personal frente al economato, hizo
que el suboficial encargado sacara todo el mercado que había llegado en ese
relevo, nos explicó que todos los productos que enviaban al puesto era
únicamente para los soldados, que el costo global de todos los víveres se
sacaba multiplicando el valor de lo que el gobierno daba para alimentar a un conscripto
por un día, multiplicando éste valor por treinta días y volviendo a multiplicar
el resultado por el número de soldados que iban a estar de comisión, nos enseñó
que la comida para los cinco suboficiales y el oficial, no iba dentro de éste
valor y que los que comían lo que no les correspondía eran ellos, por lo que
retó al suboficial encargado del economato diciendo que para él era suficiente
lo que ganaba en la institución, que no necesitaba hacer negocios personales
con la comida de los soldados, que todos los regulares por ser dueños de ésta tenían
la obligación moral de cuidarla y que le informaran si veían transportando
víveres del economato a la tienda del colono, le preguntó al ecónomo delante de
nosotros si la comida alcanzaba para todo el mes y éste le respondió que si,
por lo cual no le quedó otro remedio que racionar los víveres muy bien y durante
ese mes, nosotros comimos, si se puede decir como reyes. Así era mi capitán Maldonado.
Ahora bien, como le
tocaba ir a la finca de don Pedro, con el enfermero y un soldado, mi capitán
Maldonado se reunió con mi cabo Rodríguez y comenzó a planear el
desplazamiento, el cual era un poco complicado en el sentido que las distancias
en el vichada eran muy largas, para el trayecto que les tocaba recorrer los
únicos medios de transporte eran una cicla y una zorra -sin caballo-, la cual
utilizaban los soldados para transportar la leña que servía para preparar los
alimentos.
Dentro de lo que
planearon quedó en firme que saldrían al otro día a las 06:00 horas y que
utilizarían la cicla, yéndose los tres montados en ella y que pedalearían por turnos,
porque pensaron que fuera como fuera, las dos llantas les ahorrarían por lo
menos dos o tres horas de tiempo, por lo que aspiraban llegar a la finca de don
Pedro sobre el medio día, almorzar y devolverse a las 14:00 horas, para estar
en la base sobre las 20:00 horas. Al culminar la planeación, se despidieron y
quedaron de encontrarse listos para partir a las 05:30 horas, con el fusil de
dotación y 200 cartuchos cada uno.
Esa noche Maldonado no
patrulló como era su costumbre hasta las 03:00 o 04:00, sino que se acostó más
temprano, se levantó a las 05:00 y estuvo listo en la plaza de armas a las
05:30, a esa hora ya estaban mi cabo Rodríguez y el soldado Vargas listos con sus
fusiles, la reata, los proveedores, los cartuchos y con la cicla, por lo cual
después de saludar militarmente al comandante del puesto se aprestaron a
partir.
Mi capitán se sentó en
el manubrio de la cicla, mi cabo Rodríguez se acomodó en los tornillos que
sobresalen de la llanta trasera y el soldado Vargas era el encargado de
pedalear. Arrancaron por la pista de aterrizaje pavimentada y se perdieron de
vista en la llanura, viéndose un tanto ridículos, pues no se asemejaban nada a
una patrulla contraguerrillera que se dirigía a realizar una descubierta, sino
pareciendo más un trío de niños malcriados que estuvieran haciendo pilatunas,
sobre la cicla de uno de ellos.
El soldado Vargas al
llegar nos contó, que todo fue muy bien mientras recorrieron los mil
ochocientos metros de pista pavimentada, pero que cuando salieron al destapado,
se comenzó a sentir la fuerza que tenía que hacer en cada pedalazo, y a los diez
minutos ya tenía el corazón en la garganta y no podía respirar muy bien, por lo
cual solicitó parar, mi capitán y mi cabo lo increparon diciéndole:
¡Claro, Vargas,
teníamos que traer al soldado más vacelino del puesto!, ¡Bájese y que pedalee Rodríguez!
Mi cabo Rodríguez con
su característica sonrisa en el rostro, pasó de los tornillos al sillín,
Vargas, tomó posición en los tornillos y Maldonado siguió sentado en el
manubrio. Más o menos a los veinte pedalazos, Rodríguez solicitó parar, se bajó
de la cicla sudoroso, con el rostro enrojecido y la respiración agitada,
exclamando:
¡Mi capitán esto está
muy jodido!, no doy más.
Tanto Rodríguez como
Vargas, le dijeron a mi capitán Maldonado:
¡Hágale mi capitán!, ¡Usted trota todos los
días!, ¡Trámenos!
Mi capitán paso del
manubrio al sillín, mi cabo del sillín al manubrio y Vargas siguió en los tornillos.
El oficial respiró hondo y comenzó el pedaleo, el cual no duró más de tres
minutos, ya que al cabo de tal tiempo, paró la cicla y exclamó:
¡Marica, se me entumecieron los músculos de
las piernas!
La razón de no poder
avanzar en la cicla, era porque la base área de Marandúa, con una extensión de
70.000 hectáreas, se encuentra enclavada en la mitad de los ríos Tomo y
Terecay, y porque quién conozca el vichada Colombiano, sabe que en él hay
llanuras extensas, las cuales se encuentran traspasadas por riachuelos que
aglutinan alrededor de si una gran cantidad de árboles, a semejanza de lo que
en los desiertos se denominan oasis, pero que en esa región se les conoce como
morichales. La tierra es rojiza, debido a la cantidad de hierro que hay en ella
y el pasto es corto y escaso, por lo que desde lejos se percibe una alfombra
irregular, en la cual se observan retazos de pradera entremezclados con tierra
a la vista. Aunque desde un sitio elevado se advierte una llanura plana, ya
sobre el terreno se nota que éste es ondulado y que se forman pequeñísimas
colinas, lo que hace un poco más difícil avanzar en cicla cuando el pedalista
es uno solo, pero al ser tres se torna en una tarea poco menos que imposible.
Mi capitán, mi cabo y
Vargas se sentaron a tomar un poco de aliento y a planear de otra manera la
operación, porque sabían que así como la habían planteado, no iban a llegar a
ninguna parte. Dentro de las posibilidades que barajaron estaba la de dejar la
cicla tirada allí y caminar el resto del trayecto y recogerla cuando estuvieran
de vuelta, sin embargo cuando ya iban a tomar ésta decisión, al soldado Vargas
se le ocurrió la idea que les iba a solucionar en parte el problema del
transporte y que les ahorraría un poco de tiempo.
Propuso que el capitán Maldonado
-por ser el más antiguo, claro está-, se fuera pedaleando media hora sólo en la
cicla, al completar la media hora que parara y la dejara en el camino y que
siguiera andando a pie. Mientras tanto él y el cabo Rodríguez caminarían hasta
encontrar la bicicleta, se montarían los dos –uno en el manubrio y otro en el
sillín- pedalearían hasta encontrar al oficial, una vez lo encontraran
seguirían pedaleando media hora, al cabo de la cual la dejarían en el camino,
para que cuando la encontrara Maldonado repitiera el ejercicio.
Así lo hicieron y
aunque el plan de llegar a medio día no se cumplió, si llegaron pasadas las dos
de la tarde a la finca de don Pedro, lo encontraron moribundo, tendido en su
estera, con una tos arraigada y fuerte que casi no lo dejaba respirar y mucho
menos hablar, de por si flaco –debido a la mala alimentación que tenía que
soportar en esa agreste región- su piel estaba tirante, pálida y aceitosa.
Apenas llegó mi cabo Rodríguez,
se puso en la tarea de atenderlo, tomándole los signos vitales y procediendo a
la auscultación previa, que le permitiría hacer un diagnóstico para comenzar el
tratamiento. Mientras tanto mi capitán Maldonado quién se encontraba sentado en
el pasillo de la casa, cansado y sudoroso, con las piernas entumecidas por el
pedaleo y la caminata y con dolor en el trasero por el sillín de la cicla, vio
a la hija de don Pedro, quién tímidamente se le acercó con un café servido en
un pocillo de porcelana desportillado y algo sucio, y sin saber muy bien por
qué comenzó a pensar en Claudia. Desde ayer por la mañana cuando el Soldado
estafeta le había informado que le estaban mandando mensajes por el radio, se
había levantado pensando en ella, porque en las pocas horas de sueño que había
tenido después de patrullar alrededor de la base, había soñado no con su mujer
y con su hijo, sino con ella.
Le recibió el tinto a
la hija de don Pedro y cuando sus miradas se cruzaron, percibió además de la
timidez característica de las personas que viven tan alejadas de sitios
poblados, un sentimiento profundo y relegado de coquetería y sin poderlo
evitar, ya que muchas veces era más fuerte que él, se imaginó cómo se vería
desnuda y que se sentiría hacer el amor con ella. Por eso siempre terminaba
pensando en Claudia, la amante de Villavicencio, con la cual cometió el único
error que durante años había evitado en los sinnúmeros de encuentros sexuales a
los que estaba acostumbrado: se acostó más de una vez con ella y terminó
enamorado. Comenzó a tomarse el tinto que la joven le había pasado y pensó en
la enfermedad de don Pedro, en el agua con la que lo habían preparado, en el
tiempo que había durado el café guardado, esperando a ser utilizado, en lo mal
lavado que estaba el pocillo y sintió un poco de asco; para evitar un posible
contagio de la tos persistente que tenía don Pedro y que había alcanzado a
escuchar –en menor medida- en varios de los habitantes de la casa, decidió
tomarse el café por el lado del asa, porque al ser complicado beber así, se
aseguraba que nadie antes que él había posado los labios –tal vez contaminados-
en esa parte de la taza.
Cuando mi cabo Rodríguez
terminó el examen, el diagnóstico inicial, dejó más preocupado a mi capitán:
parecía que era tuberculosis. Mi capitán le preguntó si dentro de la droga que
había traído estaba lo necesario para atender la enfermedad y Rodríguez le
contestó que llevaba algo de antibiótico que le podría servir, pero que lo
mejor era trasportarlo hasta la base y en lo posible hasta Villavicencio, que
en todo caso le iba a aplicar lo que llevaba, pero que en el peor de los panoramas
les iba a tocar ir hasta la base y volver con los medicamentos requeridos. Mi
capitán lo vio con cara de pocos amigos y le dijo:
Guevón, esta noche nos
tocó dormir aquí, mañana madrugamos; nos vamos de la misma forma como vinimos,
descansa y pasado mañana se devuelve usted sólo, sin armamento, en la cicla y
con la droga necesaria; al fin y al cabo
el que sabe de eso es usted y yo por mi parte, ni loco le vuelvo a pedir
autorización a mi mayor Suárez, ¡no vaya y sea me dé la orden de traerlo a usted
y al soldado, cargados a tuta!
Villavicencio, Junio 22 de 2011

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