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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

Marandúa Estéreo



MARANDÚA ESTÉREO

JOSÉ TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA

¡Permiso sigo mi capitán!, saludó y se cuadró firmes Medina, el soldado estafeta, cuando mi capitán Maldonado recién se estaba levantando, después que había dado vueltas en la base hasta las tres de la mañana. Mi capitán lo miró con cara de pocos amigos y casi que de mala gana, no con un sentimiento personal, pero si con la incomodidad como de una resaca, por haber dormido unas pocas horas y haber soñado, no con su mujer y su hijo, sino con la amante que había dejado en Villavicencio hacía tres semanas.
Medina le informó que desde las 06:00 horas, habían estado escuchando una transmisión desesperada por el radio de parte del Señor Pedro Rojas, solicitando que el enfermero de la Base se desplazara hasta la finca -distante nueve horas a pié-, porque se encontraba muy enfermo y no aguantaba el viaje hasta la base.
Mi capitán sabía que era muy importante cultivar como amigos a los pocos colonos que tenían fincas que circundaban la base, porque al estar tan alejados de lo que nosotros llamábamos la civilización, los paisanos, se convertían en nuestros informantes en caso que la guerrilla se acercara mucho.
Mi capitán Maldonado se levantó sin prisa, fue hasta la sala de comunicaciones en la que se encontraban, además del único radio F.M de la base el cual funcionaba con una batería de avión, el radio de onda corta de comunicaciones que nos mantenía en contacto con el Comando Aéreo de Combate No. 2 y cuyos reportes teníamos que hacer cada seis horas; el soldado Triana que prestaba el servicio de radio operador, le informó al oficial lo mismo que le había dicho Medina y mi capitán se sentó en la sala con el fin de escucharlo por su propio oído.
Más o menos una hora después, se escuchó el reporte del locutor, en el que con voz casi desesperada, pedía el favor que el enfermero de la Base de la Fuerza Aérea en el Vichada Colombiano, se desplazara hasta la finca del Señor Pedro Rojas.
Mi capitán escuchó el llamado, fue a trotar media hora como tenía por costumbre, al volver se sentó a desayunar y esperó que llegaran las doce del día, para hacer él mismo el reporte al CACOM-2 y solicitar la presencia en el radio de comunicación del Mayor Suárez, con el fin de pedirle autorización de desplazar al Cabo Rodríguez, enfermero de la base, hasta la finca de don Pedro.

Como siempre nos sucedía en estos casos, hubo que esperar dos horas a que saliera al aire el Mayor Suárez y como era costumbre en él, se demoró un rato tosiendo en el micrófono, antes de contestar a la pregunta que le hizo mi capitán, de si podría autorizar que el Cabo Rodríguez se desplazara con un soldado hasta la finca del señor Pedro; mi mayor, se complicó –como ocurría continuamente- se hizo repetir varias veces la solicitud, le comenzó a dar vueltas al asunto: que si sí sería conveniente, que si no sería muy peligroso, que si sí se ameritaba poner en peligro al enfermero y a un soldado por un colono, que si don Pedro sí daba información y después de 40 minutos de comunicación, de los cuales duró más de 10 minutos tosiendo en el micrófono, nos sorprendió a todos, dando la siguiente orden: autorizado el desplazamiento, pero debe ir usted, el enfermero y un soldado, todos con armamento, por si se encuentran con la guerrilla.
Aunque a todos los que estábamos en la sala de comunicaciones nos dio risa, inmediatamente la cara que puso mi capitán, hizo que la carcajada que se estaba cerniendo en el ambiente quedara en suspenso, porque como conocíamos su nivel de amargura –tal vez por la moza que había dejado en Villavicencio, más que por su mujer y su hijo- sabíamos que una risotada, podría significar media hora de ejercicios espirituales, cómo él mismo los llamaba; además porque el comentario que hizo respecto a Suárez, hacía barruntar que cómo decíamos los soldados del puesto el palo no estaba para cucharas:
Este guevón, si tiene todos los requisitos para ser general: bruto, feo y regalado; mucho hijueputa.

Con éstas palabras quedó sellada la suerte de mi capitán: por amargado que estuviera en el puesto y por pereza que le diera caminar las nueve horas para ir hasta la finca de don Pedro, tenía que hacer una descubierta -en palabras de mi mayor Suárez-, para verificar, cómo estaba la situación por allá.
            ¡Medina!
¡Que ordena, mi capitán!
Llame al Cabo Rodríguez y que se me presente en mi barraca.
¡Cómo ordene mi capitán!     Y salió volado Medina. Entre otras cosas por eso siempre lo nombraban estafeta: por regalado.

Cuando el Cabo Rodríguez llegó, ya a mi capitán Maldonado se le había pasado la rabia aunque no la amargura y teniendo en cuenta que era una bacán y un gozón de la vida, con su actitud risueña le hacía olvidar a cualquiera las cuitas que causaba el estar lejos de la familia, en un puesto militar que quedaba donde se devuelve el viento, según la expresión usada por algunos oficiales y suboficiales que tenían que prestar sus servicios allí, en una tierra de nadie y en un departamento que aunque rico en flora, en fauna y en recursos naturales, ningún presidente del país le había puesto los ojos encima, a excepción de Belisario Betancourt, quién viendo las relaciones tan toscas que permanentemente mantienen Venezuela y Colombia por diversas razones que van desde los diferendos limítrofes, hasta los diferendos políticos; pensó en conquistar aquella agreste región, creando la ciudad del futuro, como él mismo la bautizó, sin prever que, como ocurre siempre, el presidente que lo relevó en el mando consideró que la idea del político conservador paisa, era  descabellada, por lo cual ordenó su desmantelamiento.

Se rumoraba entre los soldados, que una vez volando sobre Marandúa el primer ministro de defensa civil que tuvo el país después de muchos años, en compañía de  la cúpula militar en pleno, le causó extrañeza ver desde el aire el único aeropuerto que tenía dos pistas y le preguntó a los generales qué quedaba ahí, a lo cual éstos en el tono servil que los caracteriza se apresuraron a contestarle:
Doctor, esa es Marandúa, la famosa ciudad del futuro del ex presidente Betancourt.
Ah y las pistas, ¿para qué son?
Para llevar comida y abastecimientos a los soldados.
Ya veo, ¿y para qué los soldados?
¡Para brindar seguridad a las pistas!, señor Ministro.

Así duramos por casi dos décadas: yendo a Maradúa a cuidar dos pistas de aterrizaje, las cuales se utilizaban para llevar comida a los soldados que las cuidábamos, sin que ese desmesurado desgaste de hombres y máquinas, significara algo más que la mala planeación y el falso orgullo de los políticos Colombianos, los cuales dejan obras sin acabar, deshuesan otras y gastan a manos llenas la vida y el dinero de nosotros los contribuyentes, quienes sin aprender jamás la lección, los elegimos una y otra vez, para que además de obligarnos a pagar impuestos -que ellos religiosamente se roban- nos reclutan a la fuerza para defender todas las fechorías que hacen y nos envían a sitios alejados, a gastar la mejor vida que tenemos, cuidando los monumentos a la corrupción y la desidia, para demostrar que ¡así se hace patria, carajo!

Por estas razones nosotros entendíamos a oficiales como mi capitán Maldonado. El tipo era buena gente. Cuando estaba en el CACOM-2, la cual era su base de planta, él peleaba por nosotros. Se reunía todos los días con su escuadrón y escuchaba una por una, las inquietudes de los soldados y les daba solución inmediata. Estaba pendiente de los turnos de salida, de la comida y de las visitas. Era lo que en nuestra lengua, calificábamos como una papota.

Aunque estaba casado y tenía un niño, mi capitán era lo que nosotros denominábamos un culión, es decir le gustaba conquistar mujeres para acostarse con ellas. No para tener relaciones sentimentales de algún tiempo de duración, sino para disfrutar el goce de un encuentro sexual fortuito, rápido y sin compromisos. Bajo sus garras cayeron más de una hermana, tía, amiga y hasta novia de soldados, pues mi capitán estaba pendiente de las primeras visitas de los reclutas, pasando revista que todo estuviera bajo control, pero especialmente echándole el ojo a las chinas bonitas que iban a saludar a algún conscripto. Cuándo veía algo que le interesaba, inmediatamente se acercaba a la familia, preguntaba cómo encontraban al soldado, se hacía presentar y demostraba algún interés por la chica que le había llamado la atención. Su táctica era tan buena, que a veces coronaba, antes de terminar el tiempo reglamentario de la visita.
Recuerdo una vez que se metió a su oficina con una familiar de un recluta y su esposa llegó a la plaza de armas a preguntar por él. Todo el mundo se asustó y no sabían cómo responderle, ella del atolondramiento que percibió en los suboficiales y en los soldados, sospechó que algo no estaba bien y se dirigió a la oficina de mi capitán, todos suspendimos la respiración, cuando ella tocó reiterativamente la  puerta, tras la cual estaba mi capitán con su conquista y tal vez con los pantalones abajo, sin embargo no dio señales de vida, esperó hasta que su esposa se retiró, dañó la reja de la ventana para poder salir furtivamente, pidió una moto prestada y dio la vuelta a la pista de aterrizaje para aparecer por el otro lado de la base, con cara de yo no fui y decirle a su mujer que se encontraba pasando revista de la guardia. La señora se quedó con algo de intriga y no quiso desprenderse de él, por lo que hubo que sacar a la conquista de mi capitán a escondidas, llevarla dónde estaba su familia, terminar las visitas y despedirla, sin que se pudieran volver a hablar y conociéndolo, tal vez sin que le dirigiera la palabra jamás a la niña, que era hermana de un soldado.
Sin embargo, mi capitán se portaba bien con los soldados que tenían que ver con alguna de las mujeres víctimas de sus galanteos, pues cuando era una familiar, amiga o hasta la novia de alguno de ellos, el oficial se volvía amigo del recluta, lo dejaba salir con mayor frecuencia que al resto de conscriptos y le otorgaba las mejores comisiones, no conocí ningún soldado que se quejara de haberle puesto lo que nosotros llamábamos comida a Maldonado, a todos les hizo más fácil su estadía bajo banderas prestando el glorioso servicio militar.

Cuando Maldonado iba para comisiones cómo la del puesto militar de Marandúa, también a los soldados nos iba bien. A nuestro escuadrón le tocó estar un mes con mi capitán Solano y al siguiente mes con Maldonado. Fue cómo estar en el infierno y en el cielo. Mi capitán Solano era un hijueputa, se puso de acuerdo con el suboficial ecónomo el cual era el encargado de controlar el mercado para alimentar a los sesenta y cinco soldados, los cinco suboficiales (incluido el enfermero de combate) y el oficial, durante un mes y debido a que en la base se creó una tienda para vender insumos, herramientas y víveres a los colonos, entre los dos se robaban el mercado de la alimentación de los soldados y lo vendían en la tienda. Por esto durante el tiempo de comisión nunca consumimos leche, azúcar, panela, ni mermelada. Nos tocaba tomar avena sin leche ni azúcar, café sin panela, casi todos los días comíamos sólo arroz y nunca en otra comisión vimos a los soldados aguantar tanta hambre, hasta el punto que los árboles de guayaba y la platanera que había al pie de las barracas, quedaron totalmente pelados, aunque no era tiempo ni para cosechar guayabas, ni plátanos. Claro que los oficiales y los suboficiales nunca aguantaron hambre, comían dentro de las casas fiscales a escondidas de los soldados y para ellos si había azúcar, leche, panela, mermelada y carnes enlatadas.
Obviamente cuando llegó el relevo, los soldados que nos quedamos al ver quién venía de comandante, inmediatamente solicitamos hablar con él y comenzamos a quejarnos, mi capitán Maldonado como siempre nos escuchó y dijo que de inmediato iba a tomar cartas en el asunto. Cuando se fue el avión hércules C-130 de la Fuerza Aérea, el cual era el que mes a mes llevaba el relevo de oficiales, suboficiales, soldados y mercado al puesto militar, reunió a todo el personal frente al economato, hizo que el suboficial encargado sacara todo el mercado que había llegado en ese relevo, nos explicó que todos los productos que enviaban al puesto era únicamente para los soldados, que el costo global de todos los víveres se sacaba multiplicando el valor de lo que el gobierno daba para alimentar a un conscripto por un día, multiplicando éste valor por treinta días y volviendo a multiplicar el resultado por el número de soldados que iban a estar de comisión, nos enseñó que la comida para los cinco suboficiales y el oficial, no iba dentro de éste valor y que los que comían lo que no les correspondía eran ellos, por lo que retó al suboficial encargado del economato diciendo que para él era suficiente lo que ganaba en la institución, que no necesitaba hacer negocios personales con la comida de los soldados, que todos los regulares por ser dueños de ésta tenían la obligación moral de cuidarla y que le informaran si veían transportando víveres del economato a la tienda del colono, le preguntó al ecónomo delante de nosotros si la comida alcanzaba para todo el mes y éste le respondió que si, por lo cual no le quedó otro remedio que racionar los víveres muy bien y durante ese mes, nosotros comimos, si se puede decir como reyes. Así era mi capitán Maldonado.

Ahora bien, como le tocaba ir a la finca de don Pedro, con el enfermero y un soldado, mi capitán Maldonado se reunió con mi cabo Rodríguez y comenzó a planear el desplazamiento, el cual era un poco complicado en el sentido que las distancias en el vichada eran muy largas, para el trayecto que les tocaba recorrer los únicos medios de transporte eran una cicla y una zorra -sin caballo-, la cual utilizaban los soldados para transportar la leña que servía para preparar los alimentos.
Dentro de lo que planearon quedó en firme que saldrían al otro día a las 06:00 horas y que utilizarían la cicla, yéndose los tres montados en ella y que pedalearían por turnos, porque pensaron que fuera como fuera, las dos llantas les ahorrarían por lo menos dos o tres horas de tiempo, por lo que aspiraban llegar a la finca de don Pedro sobre el medio día, almorzar y devolverse a las 14:00 horas, para estar en la base sobre las 20:00 horas. Al culminar la planeación, se despidieron y quedaron de encontrarse listos para partir a las 05:30 horas, con el fusil de dotación y 200 cartuchos cada uno.
Esa noche Maldonado no patrulló como era su costumbre hasta las 03:00 o 04:00, sino que se acostó más temprano, se levantó a las 05:00 y estuvo listo en la plaza de armas a las 05:30, a esa hora ya estaban mi cabo Rodríguez y el soldado Vargas listos con sus fusiles, la reata, los proveedores, los cartuchos y con la cicla, por lo cual después de saludar militarmente al comandante del puesto se aprestaron a partir.
Mi capitán se sentó en el manubrio de la cicla, mi cabo Rodríguez se acomodó en los tornillos que sobresalen de la llanta trasera y el soldado Vargas era el encargado de pedalear. Arrancaron por la pista de aterrizaje pavimentada y se perdieron de vista en la llanura, viéndose un tanto ridículos, pues no se asemejaban nada a una patrulla contraguerrillera que se dirigía a realizar una descubierta, sino pareciendo más un trío de niños malcriados que estuvieran haciendo pilatunas, sobre la cicla de uno de ellos.

El soldado Vargas al llegar nos contó, que todo fue muy bien mientras recorrieron los mil ochocientos metros de pista pavimentada, pero que cuando salieron al destapado, se comenzó a sentir la fuerza que tenía que hacer en cada pedalazo, y a los diez minutos ya tenía el corazón en la garganta y no podía respirar muy bien, por lo cual solicitó parar, mi capitán y mi cabo lo increparon diciéndole:
¡Claro, Vargas, teníamos que traer al soldado más vacelino del puesto!, ¡Bájese y que pedalee Rodríguez!

Mi cabo Rodríguez con su característica sonrisa en el rostro, pasó de los tornillos al sillín, Vargas, tomó posición en los tornillos y Maldonado siguió sentado en el manubrio. Más o menos a los veinte pedalazos, Rodríguez solicitó parar, se bajó de la cicla sudoroso, con el rostro enrojecido y la respiración agitada, exclamando:
¡Mi capitán esto está muy jodido!, no doy más.

Tanto Rodríguez como Vargas, le dijeron a mi capitán Maldonado:
 ¡Hágale mi capitán!, ¡Usted trota todos los días!, ¡Trámenos!

Mi capitán paso del manubrio al sillín, mi cabo del sillín al manubrio y Vargas siguió en los tornillos. El oficial respiró hondo y comenzó el pedaleo, el cual no duró más de tres minutos, ya que al cabo de tal tiempo, paró la cicla y exclamó:
 ¡Marica, se me entumecieron los músculos de las piernas!

La razón de no poder avanzar en la cicla, era porque la base área de Marandúa, con una extensión de 70.000 hectáreas, se encuentra enclavada en la mitad de los ríos Tomo y Terecay, y porque quién conozca el vichada Colombiano, sabe que en él hay llanuras extensas, las cuales se encuentran traspasadas por riachuelos que aglutinan alrededor de si una gran cantidad de árboles, a semejanza de lo que en los desiertos se denominan oasis, pero que en esa región se les conoce como morichales. La tierra es rojiza, debido a la cantidad de hierro que hay en ella y el pasto es corto y escaso, por lo que desde lejos se percibe una alfombra irregular, en la cual se observan retazos de pradera entremezclados con tierra a la vista. Aunque desde un sitio elevado se advierte una llanura plana, ya sobre el terreno se nota que éste es ondulado y que se forman pequeñísimas colinas, lo que hace un poco más difícil avanzar en cicla cuando el pedalista es uno solo, pero al ser tres se torna en una tarea poco menos que imposible.

Mi capitán, mi cabo y Vargas se sentaron a tomar un poco de aliento y a planear de otra manera la operación, porque sabían que así como la habían planteado, no iban a llegar a ninguna parte. Dentro de las posibilidades que barajaron estaba la de dejar la cicla tirada allí y caminar el resto del trayecto y recogerla cuando estuvieran de vuelta, sin embargo cuando ya iban a tomar ésta decisión, al soldado Vargas se le ocurrió la idea que les iba a solucionar en parte el problema del transporte y que les ahorraría un poco de tiempo.
Propuso que el capitán Maldonado -por ser el más antiguo, claro está-, se fuera pedaleando media hora sólo en la cicla, al completar la media hora que parara y la dejara en el camino y que siguiera andando a pie. Mientras tanto él y el cabo Rodríguez caminarían hasta encontrar la bicicleta, se montarían los dos –uno en el manubrio y otro en el sillín- pedalearían hasta encontrar al oficial, una vez lo encontraran seguirían pedaleando media hora, al cabo de la cual la dejarían en el camino, para que cuando la encontrara Maldonado repitiera el ejercicio.
Así lo hicieron y aunque el plan de llegar a medio día no se cumplió, si llegaron pasadas las dos de la tarde a la finca de don Pedro, lo encontraron moribundo, tendido en su estera, con una tos arraigada y fuerte que casi no lo dejaba respirar y mucho menos hablar, de por si flaco –debido a la mala alimentación que tenía que soportar en esa agreste región- su piel estaba tirante, pálida y aceitosa.

Apenas llegó mi cabo Rodríguez, se puso en la tarea de atenderlo, tomándole los signos vitales y procediendo a la auscultación previa, que le permitiría hacer un diagnóstico para comenzar el tratamiento. Mientras tanto mi capitán Maldonado quién se encontraba sentado en el pasillo de la casa, cansado y sudoroso, con las piernas entumecidas por el pedaleo y la caminata y con dolor en el trasero por el sillín de la cicla, vio a la hija de don Pedro, quién tímidamente se le acercó con un café servido en un pocillo de porcelana desportillado y algo sucio, y sin saber muy bien por qué comenzó a pensar en Claudia. Desde ayer por la mañana cuando el Soldado estafeta le había informado que le estaban mandando mensajes por el radio, se había levantado pensando en ella, porque en las pocas horas de sueño que había tenido después de patrullar alrededor de la base, había soñado no con su mujer y con su hijo, sino con ella.
Le recibió el tinto a la hija de don Pedro y cuando sus miradas se cruzaron, percibió además de la timidez característica de las personas que viven tan alejadas de sitios poblados, un sentimiento profundo y relegado de coquetería y sin poderlo evitar, ya que muchas veces era más fuerte que él, se imaginó cómo se vería desnuda y que se sentiría hacer el amor con ella. Por eso siempre terminaba pensando en Claudia, la amante de Villavicencio, con la cual cometió el único error que durante años había evitado en los sinnúmeros de encuentros sexuales a los que estaba acostumbrado: se acostó más de una vez con ella y terminó enamorado. Comenzó a tomarse el tinto que la joven le había pasado y pensó en la enfermedad de don Pedro, en el agua con la que lo habían preparado, en el tiempo que había durado el café guardado, esperando a ser utilizado, en lo mal lavado que estaba el pocillo y sintió un poco de asco; para evitar un posible contagio de la tos persistente que tenía don Pedro y que había alcanzado a escuchar –en menor medida- en varios de los habitantes de la casa, decidió tomarse el café por el lado del asa, porque al ser complicado beber así, se aseguraba que nadie antes que él había posado los labios –tal vez contaminados- en esa parte de la taza.
Cuando mi cabo Rodríguez terminó el examen, el diagnóstico inicial, dejó más preocupado a mi capitán: parecía que era tuberculosis. Mi capitán le preguntó si dentro de la droga que había traído estaba lo necesario para atender la enfermedad y Rodríguez le contestó que llevaba algo de antibiótico que le podría servir, pero que lo mejor era trasportarlo hasta la base y en lo posible hasta Villavicencio, que en todo caso le iba a aplicar lo que llevaba, pero que en el peor de los panoramas les iba a tocar ir hasta la base y volver con los medicamentos requeridos. Mi capitán lo vio con cara de pocos amigos y le dijo:
Guevón, esta noche nos tocó dormir aquí, mañana madrugamos; nos vamos de la misma forma como vinimos, descansa y pasado mañana se devuelve usted sólo, sin armamento, en la cicla y con la droga necesaria; al fin  y al cabo el que sabe de eso es usted y yo por mi parte, ni loco le vuelvo a pedir autorización a mi mayor Suárez, ¡no vaya y sea me dé la orden de traerlo a usted y al soldado, cargados a tuta!

Villavicencio, Junio 22 de 2011

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