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Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, por nuestra capacidad de crear. Somos creadores por naturaleza y esa capacidad es la "imagen y semejanza" que nos víncula con Dios. Hay muchas formas de crear, unos componen música, otros dibujan y otros más escribimos cuentos. Cada personaje de un cuento, es como un hijo parido en el altar de la técnica, lo dibujamos y en éste dibujo, le asignasmos rasgos físicos y sicológicos, les damos una edad, una forma de caminar y unas características especiales en su forma de hablar. Es, un poco, la misma labor que realiza Dios, porque cada personaje es como un sueño que el Creador sueña, para por medio de éste darles vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

El Viejo y la avalancha Falaz



 EL VIEJO Y LA AVALANCHA FALAZ 

Por: JOSE TIBERIO SERRANO ARIAS

TISA

Quién no se acuerda de Armero? Armero fue un poblado ubicado en el departamento del Tolima, en Colombia; la noche del 12 al 13 de Noviembre de 1985, una avalancha venida desde las alturas del nevado del Ruiz, la borró de la faz de la tierra, tal y como dice la Biblia que Dios, en un arranque de ira, arrancó de un tajo, las ciudades de Sodoma y Gomorra, matando a más de 20.000 personas.

Cuando sucedió lo de Armero, el viejo estaba Joven y nosotros éramos apenas unos niños, vivíamos en la capital de los llanos orientales, el viejo era ganadero (uno de los más grandes de la región) y aunque “tenía modos”, tal y como decían los habitantes del barrio, para referirse a aquellas personas que poseían un capital más o menos grande, también era reconocido por ser un gran trabajador. Toda su vida se había levantado a las 04:00 de la mañana, estaba pendiente del ordeño, del desayuno para los trabajadores, montaba su caballo apenas despuntaba el alba y se iba a pasar revista de los potreros, de las cercas, del pasto y de los animales, llegaba a desayunar  a las 09:00 y después comenzaba el control de la siembra, la semilla, los abonos, el tractor y el combustible.

Almorzaba a las 12:00 y por la tarde, trabajaba el ganado, curaba el ombligo a los terneros recién nacidos, estaba pendiente de la mastitis de las vacas recién paridas, pasaba revista de los hatos, para descubrir las vacas preñadas, con el fin de aparatarlas de los toros, curaba heridas, sacaba nuches, descornaba novillos y en fin, no regresaba a la casa sino pasadas las 06:00 p.m, para comer, sentarse a ver el noticiero, hablar con nosotros y acostarse sobre las 09:00 de la noche, para, al día siguiente,  cumplir la misma rutina de Lunes a Sábado, porque el día Domingo, lo dedicaba a descansar, dormir hasta tarde, ir a la iglesia, bajar al pueblo y jugar con nosotros.

El viejo era malgeniado, eso nadie lo podía negar, pero amaba a su familia de una manera casi violenta. Todos nosotros desde Fernando hasta Ramiro, nos sentíamos confiados con su presencia, podíamos jugarle bromas, nos burlábamos de él, le tomábamos el pelo (por la forma de caminar, por la forma de llamarnos, por la forma de montar a caballo, por muchas cosas) y nunca lo vimos enojado por eso, pero… Ay, si le incumplíamos una orden o le decíamos una mentira, ahí si lo veíamos transformarse como una fiera, vociferar con malas palabras e incluso, pegarnos un pescozón; en esos casos, entendíamos el miedo y el respeto que el viejo infundía ante toda la comunidad.

Fernando, el mayor, era el que más se parecía al viejo (no en el físico, pues el más parecido era Ramiro, el menor), pero si en los gustos. A Fernando le fascinaba el campo, desde muy pequeño se acostumbró a levantarse temprano y acompañar al viejo en todas las faenas, para él era un complique ir al colegio, siempre lo hizo a regañadientes y apenas llegaba a medio día, se desesperaba porque no lo dejaban ensillar un caballo y salir a los potreros a buscar al viejo para ayudarlo en sus quehaceres, sin embargo mi mamá lo obligaba a almorzar, a cambiarse, a hacer tareas y ahí sí, a buscar las bestias y ayudarle a mi papá.

Nosotros no entendíamos, el gusto de Fernando por el campo, nunca pensó en estudiar una carrera, no le interesaba salir a vacaciones a la capital, para él alejarse de la finca, era como un castigo y apenas despuntó la mayoría de edad, se volvió casi una fotocopia del viejo, salían juntos, tenían los mismos gustos, les gustaba los mismos programas de televisión, las mismas películas de cine y hasta sus hábitos más íntimos eran casi iguales. Tal vez por eso, cuando nos llegó la noticia que Fernando se había accidentado en su carro y había muerto, nos tocó ver, por primera vez en nuestra vida, al viejo derrotado. Yo no me acuerdo de haberlo visto llorar, antes de ese día, ni siquiera cuando se separó de mi mamá, nunca, como en aquella época, lo había visto caminar con los hombros hundidos, con la mirada baja, con su voz resquebrajada. Además de la tristeza de haber perdido un hermano, teníamos la desazón de ver la columna de la familia a punto de derrumbarse. Tal vez el día que murió Fernando, fue el comienzo de las dolencias del viejo que 5 años después, lo llevaron a sufrir un infarto, una operación a corazón abierto y un reinfarto, dos días después de la cirugía.

Lo único que hizo salir al viejo de la depresión que le causó la muerte de Fernando, fue Andrés, el hijo que dejó con Angélica, porque gracias a Dios -y a pesar que la relación entre los dos no fue nada agradable-, ella al ver que Fernando había muerto, comenzó llevando al niño a la casa del abuelo, primero un fin de semana, luego hasta mitad de semana, luego la semana entera y así sucesivamente, hasta que todos nos acostumbramos a ver al niño permanentemente en la casa y a hablar de las “visitas” que le tenía que hacer a la mamá, las cuales y debido al desorden de vida que llevaba, eran esporádicas y cada vez más espaciosas entre una y otra.

Alejandro y Ramiro en cambio, éramos menos aficionados al campo, no peleábamos por acompañar al viejo, no nos levantábamos temprano y aunque ayudábamos en las labores de la finca, nunca lo hacíamos voluntariamente, sino como resultado de una orden de algún adulto. Apenas nos graduamos como bachilleres, nos fuimos a la capital y estudiamos derecho y administración de empresas respectivamente, volvíamos en vacaciones y ayudábamos en las tareas de la finca pero sin apasionarnos y más Ramiro que Alejandro, tal vez, porque aunque era el más mamagallista de los dos, era al que más le dolía ver al viejo en sus vanos intentos de enamorarlos del campo, para ver si alguno de los dos hijos que le quedaban, reemplazaba al hijo muerto.

Por eso cuando Andrés, resultó ser una fotocopia casi idéntica del papá, no sólo en lo físico, sino en el temperamento, en el genio, en lo trabajador y en lo aficionado a las tareas del campo, para todos fue como un bálsamo milagroso. Volvimos a ver al viejo sonreír, lo volvimos a ver enamorado de la vida, volvió a ser el viejo gruñón, que nos regañaba y que gritaba la perotata de siempre, a las 04:30 de la mañana, porque “no nos parábamos a ver de la finca” que “nos iba a quedar a nosotros, cuando el no estuviera”, pero “que íbamos a dejar acabar, por muérganos, por zánganos y por perezosos”, pero tanto Alejandro como Ramiro, siempre se quedaban tan campantes en la cama, porque aunque se despertaban ante las primeras palabras del viejo, apenas si entreabrían los ojos, golpeaban las almohadas, les daban la vuelta y volvían a quedarse dormidos, agradeciendo a Dios, que ahí siempre estaba Andresito –porque lo oían saludar al Abue (como le decía) – y porque aunque nunca lo hablaron hasta el día de la avalancha, esa pequeña fotocopia de Fernando, les iba a garantizar el poder seguir escuchando a su papá –con ese derroche de energía-, durante muchos años más.

El día de la avalancha, habíamos llegado como a las 08:00 de la noche de la finca, habíamos estado vacunando las más de 2000 reses que tenía el hato, como cada seis meses, había que purgar, vitaminizar y vacunar contra la fiebre Aftosa y el Botulismo, de acuerdo al ciclo de vacunación que establecía el gobierno a través del ministerio de Agricultura y que era obligatorio cumplir, so pena de hacerse acreedor de las sanciones correspondientes, además de no poder movilizar ninguna cabeza por la región, cuando hubiera que venderse.

El ciclo de vacunación, para nosotros era casi como una fiesta, pues aunque el trabajo era pesado, desde los preparativos –la compra de la vacuna, la purga y la vitamina, el hielo, las neveras para la vacuna, las tizas para marcar el ganado que ya ha sido vacunado, las agujas, el arreglo de las jeringas que se iban a utilizar, el aserrín, para garantizar que el hielo en el que se transportaban las vacunas no se derretiría, los aperos para los caballos, las herraduras, el mercado y los vaqueros adicionales que iban a ayudar en la faena; todos esos preparativos a todos nos gustaban.

Después venía el viaje: Quién se iba en la camioneta, llevando el mercado, las vacunas, los otros medicamentos, los aperos, etc; quién en cada carro, quién se iba con las mujeres –que eran las que atendían a los hombres mientras estaban apartando el ganado en los potreros y vacunando en los corrales- cuantas carpas para dormir habían y cuántas hacían falta, cuantos colchones, todo el mundo ayudaba, todo el mundo colaboraba, todo el mundo tenía un espíritu de trabajo, que sin lugar a dudas, eran los días más felices del viejo.

Cuando Andresito estaba pequeño, el Viejo lo llevaba, porque para él siempre era importante que la familia estuviera unida y que todo el mundo se “untara” de finca, “porque cuando ya yo no esté, que no les vaya a quedar grande sostenerla”, pero aunque era cariñoso, con todos: Hijos, nueras, nietos, sobrinos y amigos que nos quisieran acompañar, nunca fue especial con ninguno. De hecho, se notaba que una de las cosas que más lo incomodaba, era la quejadera de Angélica las pocas veces que nos acompañó y a quién la vida de finca no le quedaba para nada: "Que miren tantos bichos, que no hay agua caliente en la ducha, que a mí no me gusta dormir en carpa, que no me gusta la limonada que dan, que el agua no está fría, que miren que la cocinera no hierve el agua para el jugo…" Si se la aguantó, era por respeto con Fernando, por lo que cuando la cosa no funcionó y se tuvieron que separar, a decir verdad ni el Viejo, ni ninguno de nosotros (incluido Fernando) la echó mucho de menos.

Pero después de la muerte de Fernando y cuando Andresito, ya estuvo un poco mayor (seis o siete años), la primera vez que nos acompañó a la finca, fue asombroso lo que vimos: Se levantaba a las 04:30 con el Viejo cuando empezaba a hablar, le encantaba llevarle el primer tinto, estaba pendiente de que hacía y para dónde iba y quería pegársele, comenzó a insistir en que lo dejaran montar a caballo, lloraba a todo pulmón, si el “Abue” se iba para el campo y no lo llevaba, cargaba las cantinas del ordeño, el butaco del ordeñador, se metía entre las patas de las vacas, para maniatarlas, dominaba a los terneros, después que estimulaban la ubre de las vacas y llevaba los baldes llenos de leche a la cocina, para que la hirvieran e hicieran el queso.

Al principio, el viejo siempre le pedía a alguien que llevara a Andresito en la grupa, porque le daba miedo que no pudiera manejar al caballo, pero después de verlo montar solo por primera vez, todos quedamos tranquilos, era como si hubiera nacido en el lomo de un caballo, cabalgaba de manera extraordinaria, en los potreros era el que descubría dónde se escondían los novillos más mañosos y se metía sin ningún tipo de reparo entre la maleza a espantarlos, para que se unieran al rebaño que había que llevar a los corrales, en los corrales, se desmontaba y cogía un palo, para arrear al ganado hacia el embudo y el brete, que era dónde vacunábamos, yo recuerdo que al principio a todos nos preocupaba verlo dentro del corral, arreando al ganado, porque habían algunas reses que se le enfrentaban, pero Andresito, había nacido para el campo, se paraba firme, le daba dos o tres fuetazos en el hocico al animal que osaba enfrentarlo y terminaba obligándolo a entrar en el embudo, al final siempre pedía a los más ariscos y se daba maña, para someterlos de manera rápida y obligarlos a cumplir sus deseos.

Una vez los animales estaban en fila en el brete, cogía la tiza y comenzaba a marcar el lomo de las reses que iban siendo vacunadas, nosotros comentábamos que Angélica debía tener algún ancestro proveniente de una rama familiar cercana con algún tipo de mico, porque Andresito, se colgaba de las varetas del brete y estampaba la línea roja de la tiza sobre el lomo del animal, de una manera tal que cualquier contorsionista de circo lo hubiera envidiado, al principio, las voces de “Andresito, cuidado”, no dejaban de sonar, pero a medida que pasaba el tiempo, las voces cambiaron a “dónde ésta Andresito?”, cuando había una tarea que cumplir dentro del corral.

Indudablemente, un niño así, se gana el cariño de cualquiera, especialmente del Viejo, pero no era sólo por el trabajo del muchacho, era por su forma de ser, pues aunque era el que más tiempo duraba en el caballo, el que más gritaba en los corrales arreando el hato, el que más sudaba en el brete marcando las reses y el que más corría, sacando las reses ya vacunadas al potrero, era el que más pendiente estaba del agua, de la limonada, del tinto y de todo lo que significaba bienestar para los que estábamos dentro del corral.

Todo comenzó, tal vez por querer agradar al Viejo, Andresito sin duda, previó que si era atento con su abuelo, se lo iba a echar rápidamente en el bolsillo –como efectivamente ocurrió-, por lo cual siempre se mantenía muy atento a lo que éste pudiera necesitar : Que un cuchillo, que un machete, que un estribo, que un poncho, que un tinto, que un vaso de limonada, que el almuerzo, que las pantuflas, es decir vivía pendiente del viejo para servirle y él, que no necesitaba muchas muestras de cariño para volcarse en amor hacia las personas, le fue primero permitiendo que lo acompañara a algunas partes, después lo dejaba acompañarlo a todas y al final, no se movía si Andresito no estaba con él y hasta lo esperaba. Pero las atenciones de Andrés no eran solo para el viejo, él era servicial por naturaleza (igual que su papá) y literalmente nos conquistó a todos, no era sino que alguno de nosotros necesitara algo y allí estaba Andresito, como un clarividente, adivinando por una mirada, por un movimiento de cabeza o apenas por un suspiro y lanzándose cual centauro veloz a traernos lo que, ni siquiera habíamos pedido de viva voz, por eso cuando el niño no iba a la finca con nosotros nos hacía una falta rabiosa.

Pero en el segundo ciclo de vacunación del 2011, Andresito no nos pudo acompañar, porque dio la casualidad que un primo del niño hacía la primera comunión, el fin de semana que el viejo había escogido para vacunar y a Angélica se le metió en su terca cabeza, que Andrés tenía que asistir y aunque hubo ruegos, lágrimas y hasta pataleos, ella fue inflexible; hasta el Viejo osó llamarla (cosa que no hacía por nadie, ni siquiera por él mismo), pero no hubo poder ni humano ni divino que la lograra convencer, de hecho hasta el Viejo tuvo la intención de aplazar ocho días el viaje, pero era la última semana del ciclo y a él no le gustaba arriesgarse con éstas cosas, máxime cuando tenía pensado vender un lote la siguiente semana.

Por eso el trabajo programado, aunque se desarrolló con éxito, no fue del todo gratificante, porque a todos –y al Viejo más que a nadie- nos hicieron falta los gritos, el derroche de energía y los cariños de Andrés, yo me acuerdo que preciso ese fin de semana pensé que si al niño le llegara a pasar algo, seguro el Viejo se nos moría.

Llegamos a la capital el domingo a las 08:00 de la noche, rendidos por el trabajo realizado y por el viaje, habíamos comido de camino, por lo cual apenas entramos a la casa, cada uno se fue a su habitación, el Viejo con Fernanda y nosotros con nuestras esposas, más o menos a las 09:00 de la noche y cuando todo estaba en calma, oímos los gritos del Viejo en su habitación, lo primero que pensamos era que estaba peleando con Fernanda –cosa rara, porque aunque era 15 años menor que él y lo regañaba bastante- se notaba que lo quería y esos regaños eran más para que se cuidara. Nosotros permanecimos en silencio pero expectantes, por temor a que fuera una pelea conyugal y por respeto a ese tipo de situaciones, pero apenas el Viejo abrió la puerta de su habitación, todos nos lanzamos a ver qué había pasado:

-Como así, gritaba el viejo – y luego usted no está con él?...

- Deme la dirección y yo voy…

- No usted sabe que yo soy malo para las señas, espere y le paso a Ramiro...

Le pasó el celular a Ramiro y a nosotros nos explicó con una voz lúgubre a la que se le notaba el temblor que la noticia le había imprimido:

-Se rompió la represa del Chingaza, viene una avalancha y se va a llevar los barrios bajos, Andresito está allí.

-Qué? , Cómo? –gritamos todos.

El viejo entró a su habitación, se quitó el pijama y se puso la ropa que tenía puesta ese día, mientras tanto Ramiro había apuntado muy bien las indicaciones de cómo encontrar a Andresito y junto con Alejandro, estuvimos prestos a salir, cogimos la camioneta de estacas, porque era 4 X 4 y arrancamos, en el camino el viejo maldecía a Angélica en voz baja:

– Mucha HP,- decía- si no se iba a quedar con el niño, porque no nos lo dejaba llevar a la finca, ahí está pintada esa vagabunda, mínimo por andar con los mozos, es que dejó al chino sólo.

Nosotros apenas nos quedábamos callados y asentíamos con la cabeza, ante cada afirmación del Viejo- porque no era habitual en él referirse así a Angélica, tal vez para honrar la memoria de su hijo muerto y aunque todos opinábamos lo mismo, él se enojaba –de verdad, verdad –cuando nos escuchaba haciendo ese tipo de comentarios,

- Respeten, nos reprendía, al fin y al cabo Fernando la escogió y acuérdense que por eso se separó de ella, pero eso no le quita que sea la mamá de Andresito.

Cuando llegamos a los barrios bajos, el panorama era apocalíptico: las personas estaban en la calle, unas en pijamas, otras hasta en ropa interior, la mayoría a medio vestir, cargando sus maletas y unas pocas pertenencias –lo que pudieran trastear en sus brazos y sobre sus espaldas- con caras angustiadas y pidiendo auxilio en un grito silencioso pero elocuente, cuando nos veían en la camioneta.

Algunos inclusive, se le atravesaron al carro y se acercaron, suplicantes a las puertas, cuando Ramiro mermaba la velocidad: -Señor ayúdenos, por favor, sáquenos de aquí, se lo suplico. Una madre con dos hijos pequeños, uno en brazos y el otro caminando a su lado, nos pidió con una mirada suplicante: -No me salven a mí, pero por Dios, salven a mis hijos- e inmediatamente trató de subirlos al platón de la camioneta.

Todos nos pusimos en guardia y Ramiro intentaba explicarles, que íbamos para los barrios bajos, porque allí estaba Andresito, en un momento, fue tanto el desespero, que mediante una orden casi militar, nos retó con la mirada y nos dijo: -Pilas, si hay que bajar a esta gente a punta de pata, hay que hacerlo-.

Pero el Viejo, se volteó y con una mirada centellante que me hizo evocar a un rayo, le espetó:

-Quieto Ramiro, pobre gente!!!!!

Seguimos andando, esquivando a las personas y dando explicaciones que íbamos en sentido contrario buscando al niño, cuando después de dar algunas vueltas, llegamos al sitio dónde se encontraba Andrés, él estaba jugando con unos amiguitos en la calle y los tíos, quienes estaban aún ataviados con la ropa que habían usado en la primera comunión del sobrino, estaban como de fiesta. Cuando nos vieron nos reconocieron y se nos acercaron con una botella de aguardiente en la mano, -Bienvenidos, nos dijeron- estamos celebrando el fin del mundo-.

Nos mostraron el barrio, el cual ya estaba calmado y parecía como si se estuviera llevando a cabo un bazar (celebración muy común en los pueblos pequeños del país, en la cual todos se ponían de acuerdo, sacaban comida y bebida, organizaban mesas unas al lado de otras y todos los vecinos se acercaban y compraban lo que las otras familias habían preparado, sin olvidar de venderles a esas mismas personas que les compraban, lo que aquellas habían preparado), señalaron algunas casas con las luces encendidas y las puertas abiertas y nos contaban que fulanito, salió en calzoncillos con la esposa y los hijos y no habían vuelto, nosotros estábamos en una posición incómoda, pues sabiendo la condición coronaria del viejo y conociendo lo apegado que estaba de Andresito, éramos conscientes del susto que se había pegado, por causa de la dichosa avalancha, pero desde luego, apenas el muchacho divisó de lejos la camioneta y vio en su interior al Viejo, se abalanzó hacia nosotros, se le sentó en las piernas y le preguntó por el viaje a la finca.

Apenas el Viejo, lo hubo puesto al tanto de lo que había pasado en la finca el fin de semana y a medida que las palabras fluían, se calmó y hasta le recibió un aguardiente al tío del niño, se le notaba en la cara la felicidad por haberlo encontrado sano y salvo, nosotros también estábamos tranquilos y felices por los dos, pero no faltó la broma de Ramiro:

-Viejo, le voy a contar a Fernanda que estuvo tomando aguardiente.

Y la respuesta del Viejo:

-Hágase el guevón, no vaya y sea se gane su pescozón!!!

Nos despedimos, arrancamos para la casa y a medida de que nos alejábamos de los barrios bajos, vimos como todos aquellos que un rato antes estaban corriendo despavoridos, regresaban su casa con cara de aliviados, algunos sonreían a nuestro paso y hasta nos saludaban, respirando tranquilos, porque con tantas desgracias que ocurren en éste país, con tantos muertos, masacres, robos y desfalcos, los Colombianos hemos aprendido a sobrellevar el mal, como parte importante de nuestras vidas y contrario a lo que cualquiera hubiera podido pensar, el ambiente que se vivía en la ciudad (y en nuestra casa, cuando llegamos) no era de ira por la broma desproporcionada que algunos desocupados e inconscientes realizaron a través de las redes sociales, sino de alivio, porque en últimas no pasó nada y de una secreta alegría, como si todas las cicatrices colectivas que nos han causado tantas desgracias ocurridas en los últimos 50 años, en vez de un tejido queloide duro y malformado, hubiera formado en nuestras conciencias una textura blanda y suave, con gran capacidad de perdón y de olvido, como si todos hubiéramos aprendido que una sonrisa y una bendición, es el mejor antídoto contra el mal que nos quieran hacer.

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