EL VIEJO Y LA AVALANCHA FALAZ
Por: JOSE TIBERIO SERRANO ARIAS
TISA
Quién no se acuerda de Armero? Armero
fue un poblado ubicado en el departamento del Tolima, en Colombia; la noche del
12 al 13 de Noviembre de 1985, una avalancha venida desde las alturas del
nevado del Ruiz, la borró de la faz de la tierra, tal y como dice la Biblia que
Dios, en un arranque de ira, arrancó de un tajo, las ciudades de Sodoma y
Gomorra, matando a más de 20.000 personas.
Cuando sucedió lo de Armero, el
viejo estaba Joven y nosotros éramos apenas unos niños, vivíamos en la capital
de los llanos orientales, el viejo era ganadero (uno de los más grandes de la
región) y aunque “tenía modos”, tal y como decían los habitantes del barrio,
para referirse a aquellas personas que poseían un capital más o menos grande,
también era reconocido por ser un gran trabajador. Toda su vida se había levantado
a las 04:00 de la mañana, estaba pendiente del ordeño, del desayuno para los
trabajadores, montaba su caballo apenas despuntaba el alba y se iba a pasar
revista de los potreros, de las cercas, del pasto y de los animales, llegaba a
desayunar a las 09:00 y después
comenzaba el control de la siembra, la semilla, los abonos, el tractor y el
combustible.
Almorzaba a las 12:00 y por la
tarde, trabajaba el ganado, curaba el ombligo a los terneros recién nacidos,
estaba pendiente de la mastitis de las vacas recién paridas, pasaba revista de
los hatos, para descubrir las vacas preñadas, con el fin de aparatarlas de los
toros, curaba heridas, sacaba nuches, descornaba novillos y en fin, no
regresaba a la casa sino pasadas las 06:00 p.m, para comer, sentarse a ver el
noticiero, hablar con nosotros y acostarse sobre las 09:00 de la noche, para,
al día siguiente, cumplir la misma
rutina de Lunes a Sábado, porque el día Domingo, lo dedicaba a descansar,
dormir hasta tarde, ir a la iglesia, bajar al pueblo y jugar con nosotros.
El viejo era malgeniado, eso
nadie lo podía negar, pero amaba a su familia de una manera casi violenta.
Todos nosotros desde Fernando hasta Ramiro, nos sentíamos confiados con su
presencia, podíamos jugarle bromas, nos burlábamos de él, le tomábamos el pelo
(por la forma de caminar, por la forma de llamarnos, por la forma de montar a
caballo, por muchas cosas) y nunca lo vimos enojado por eso, pero… Ay, si le
incumplíamos una orden o le decíamos una mentira, ahí si lo veíamos
transformarse como una fiera, vociferar con malas palabras e incluso, pegarnos
un pescozón; en esos casos, entendíamos el miedo y el respeto que el viejo
infundía ante toda la comunidad.
Fernando, el mayor, era el que
más se parecía al viejo (no en el físico, pues el más parecido era Ramiro, el
menor), pero si en los gustos. A Fernando le fascinaba el campo, desde muy
pequeño se acostumbró a levantarse temprano y acompañar al viejo en todas las
faenas, para él era un complique ir al colegio, siempre lo hizo a regañadientes
y apenas llegaba a medio día, se desesperaba porque no lo dejaban ensillar un
caballo y salir a los potreros a buscar al viejo para ayudarlo en sus
quehaceres, sin embargo mi mamá lo obligaba a almorzar, a cambiarse, a hacer
tareas y ahí sí, a buscar las bestias y ayudarle a mi papá.
Nosotros no entendíamos, el gusto
de Fernando por el campo, nunca pensó en estudiar una carrera, no le interesaba
salir a vacaciones a la capital, para él alejarse de la finca, era como un
castigo y apenas despuntó la mayoría de edad, se volvió casi una fotocopia del
viejo, salían juntos, tenían los mismos gustos, les gustaba los mismos
programas de televisión, las mismas películas de cine y hasta sus hábitos más
íntimos eran casi iguales. Tal vez por eso, cuando nos llegó la noticia que
Fernando se había accidentado en su carro y había muerto, nos tocó ver, por
primera vez en nuestra vida, al viejo derrotado. Yo no me acuerdo de haberlo
visto llorar, antes de ese día, ni siquiera cuando se separó de mi mamá, nunca,
como en aquella época, lo había visto caminar con los hombros hundidos, con la
mirada baja, con su voz resquebrajada. Además de la tristeza de haber perdido
un hermano, teníamos la desazón de ver la columna de la familia a punto de
derrumbarse. Tal vez el día que murió Fernando, fue el comienzo de las dolencias
del viejo que 5 años después, lo llevaron a sufrir un infarto, una operación a
corazón abierto y un reinfarto, dos días después de la cirugía.
Lo único que hizo salir al viejo
de la depresión que le causó la muerte de Fernando, fue Andrés, el hijo que
dejó con Angélica, porque gracias a Dios -y a pesar que la relación entre los
dos no fue nada agradable-, ella al ver que Fernando había muerto, comenzó
llevando al niño a la casa del abuelo, primero un fin de semana, luego hasta
mitad de semana, luego la semana entera y así sucesivamente, hasta que todos
nos acostumbramos a ver al niño permanentemente en la casa y a hablar de las
“visitas” que le tenía que hacer a la mamá, las cuales y debido al desorden de
vida que llevaba, eran esporádicas y cada vez más espaciosas entre una y otra.
Alejandro y Ramiro en cambio,
éramos menos aficionados al campo, no peleábamos por acompañar al viejo, no nos
levantábamos temprano y aunque ayudábamos en las labores de la finca, nunca lo
hacíamos voluntariamente, sino como resultado de una orden de algún adulto.
Apenas nos graduamos como bachilleres, nos fuimos a la capital y estudiamos
derecho y administración de empresas respectivamente, volvíamos en vacaciones y
ayudábamos en las tareas de la finca pero sin apasionarnos y más Ramiro que
Alejandro, tal vez, porque aunque era el más mamagallista de los dos, era al
que más le dolía ver al viejo en sus vanos intentos de enamorarlos del campo,
para ver si alguno de los dos hijos que le quedaban, reemplazaba al hijo
muerto.
Por eso cuando Andrés, resultó
ser una fotocopia casi idéntica del papá, no sólo en lo físico, sino en el
temperamento, en el genio, en lo trabajador y en lo aficionado a las tareas del
campo, para todos fue como un bálsamo milagroso. Volvimos a ver al viejo
sonreír, lo volvimos a ver enamorado de la vida, volvió a ser el viejo gruñón,
que nos regañaba y que gritaba la perotata de siempre, a las 04:30 de la
mañana, porque “no nos parábamos a ver de la finca” que “nos iba a quedar a
nosotros, cuando el no estuviera”, pero “que íbamos a dejar acabar, por
muérganos, por zánganos y por perezosos”, pero tanto Alejandro como Ramiro,
siempre se quedaban tan campantes en la cama, porque aunque se despertaban ante
las primeras palabras del viejo, apenas si entreabrían los ojos, golpeaban las
almohadas, les daban la vuelta y volvían a quedarse dormidos, agradeciendo a
Dios, que ahí siempre estaba Andresito –porque lo oían saludar al Abue (como le
decía) – y porque aunque nunca lo hablaron hasta el día de la avalancha, esa
pequeña fotocopia de Fernando, les iba a garantizar el poder seguir escuchando
a su papá –con ese derroche de energía-, durante muchos años más.
El día de la avalancha, habíamos
llegado como a las 08:00 de la noche de la finca, habíamos estado vacunando las
más de 2000 reses que tenía el hato, como cada seis meses, había que purgar,
vitaminizar y vacunar contra la fiebre Aftosa y el Botulismo, de acuerdo al
ciclo de vacunación que establecía el gobierno a través del ministerio de
Agricultura y que era obligatorio cumplir, so pena de hacerse acreedor de las
sanciones correspondientes, además de no poder movilizar ninguna cabeza por la
región, cuando hubiera que venderse.
El ciclo de vacunación, para
nosotros era casi como una fiesta, pues aunque el trabajo era pesado, desde los
preparativos –la compra de la vacuna, la purga y la vitamina, el hielo, las
neveras para la vacuna, las tizas para marcar el ganado que ya ha sido
vacunado, las agujas, el arreglo de las jeringas que se iban a utilizar, el
aserrín, para garantizar que el hielo en el que se transportaban las vacunas no
se derretiría, los aperos para los caballos, las herraduras, el mercado y los
vaqueros adicionales que iban a ayudar en la faena; todos esos preparativos a
todos nos gustaban.
Después venía el viaje: Quién se
iba en la camioneta, llevando el mercado, las vacunas, los otros medicamentos,
los aperos, etc; quién en cada carro, quién se iba con las mujeres –que eran
las que atendían a los hombres mientras estaban apartando el ganado en los
potreros y vacunando en los corrales- cuantas carpas para dormir habían y
cuántas hacían falta, cuantos colchones, todo el mundo ayudaba, todo el mundo
colaboraba, todo el mundo tenía un espíritu de trabajo, que sin lugar a dudas,
eran los días más felices del viejo.
Cuando Andresito estaba pequeño,
el Viejo lo llevaba, porque para él siempre era importante que la familia
estuviera unida y que todo el mundo se “untara” de finca, “porque cuando ya yo
no esté, que no les vaya a quedar grande sostenerla”, pero aunque era cariñoso,
con todos: Hijos, nueras, nietos, sobrinos y amigos que nos quisieran
acompañar, nunca fue especial con ninguno. De hecho, se notaba que una de las
cosas que más lo incomodaba, era la quejadera de Angélica las pocas veces que
nos acompañó y a quién la vida de finca no le quedaba para nada: "Que miren
tantos bichos, que no hay agua caliente en la ducha, que a mí no me gusta
dormir en carpa, que no me gusta la limonada que dan, que el agua no está fría,
que miren que la cocinera no hierve el agua para el jugo…" Si se la aguantó, era
por respeto con Fernando, por lo que cuando la cosa no funcionó y se tuvieron
que separar, a decir verdad ni el Viejo, ni ninguno de nosotros (incluido
Fernando) la echó mucho de menos.
Pero después de la muerte de
Fernando y cuando Andresito, ya estuvo un poco mayor (seis o siete años), la
primera vez que nos acompañó a la finca, fue asombroso lo que vimos: Se
levantaba a las 04:30 con el Viejo cuando empezaba a hablar, le encantaba
llevarle el primer tinto, estaba pendiente de que hacía y para dónde iba y
quería pegársele, comenzó a insistir en que lo dejaran montar a caballo,
lloraba a todo pulmón, si el “Abue” se iba para el campo y no lo llevaba,
cargaba las cantinas del ordeño, el butaco del ordeñador, se metía entre las
patas de las vacas, para maniatarlas, dominaba a los terneros, después que
estimulaban la ubre de las vacas y llevaba los baldes llenos de leche a la cocina,
para que la hirvieran e hicieran el queso.
Al principio, el viejo siempre le
pedía a alguien que llevara a Andresito en la grupa, porque le daba miedo que
no pudiera manejar al caballo, pero después de verlo montar solo por primera
vez, todos quedamos tranquilos, era como si hubiera nacido en el lomo de un
caballo, cabalgaba de manera extraordinaria, en los potreros era el que
descubría dónde se escondían los novillos más mañosos y se metía sin ningún
tipo de reparo entre la maleza a espantarlos, para que se unieran al rebaño que
había que llevar a los corrales, en los corrales, se desmontaba y cogía un
palo, para arrear al ganado hacia el embudo y el brete, que era dónde
vacunábamos, yo recuerdo que al principio a todos nos preocupaba verlo dentro
del corral, arreando al ganado, porque habían algunas reses que se le
enfrentaban, pero Andresito, había nacido para el campo, se paraba firme, le
daba dos o tres fuetazos en el hocico al animal que osaba enfrentarlo y
terminaba obligándolo a entrar en el embudo, al final siempre pedía a los más
ariscos y se daba maña, para someterlos de manera rápida y obligarlos a cumplir
sus deseos.
Una vez los animales estaban en
fila en el brete, cogía la tiza y comenzaba a marcar el lomo de las reses que
iban siendo vacunadas, nosotros comentábamos que Angélica debía tener algún
ancestro proveniente de una rama familiar cercana con algún tipo de mico,
porque Andresito, se colgaba de las varetas del brete y estampaba la línea roja
de la tiza sobre el lomo del animal, de una manera tal que cualquier
contorsionista de circo lo hubiera envidiado, al principio, las voces de
“Andresito, cuidado”, no dejaban de sonar, pero a medida que pasaba el tiempo,
las voces cambiaron a “dónde ésta Andresito?”, cuando había una tarea que
cumplir dentro del corral.
Indudablemente, un niño así, se
gana el cariño de cualquiera, especialmente del Viejo, pero no era sólo por el
trabajo del muchacho, era por su forma de ser, pues aunque era el que más
tiempo duraba en el caballo, el que más gritaba en los corrales arreando el
hato, el que más sudaba en el brete marcando las reses y el que más corría,
sacando las reses ya vacunadas al potrero, era el que más pendiente estaba del
agua, de la limonada, del tinto y de todo lo que significaba bienestar para los
que estábamos dentro del corral.
Todo comenzó, tal vez por querer
agradar al Viejo, Andresito sin duda, previó que si era atento con su abuelo,
se lo iba a echar rápidamente en el bolsillo –como efectivamente ocurrió-, por
lo cual siempre se mantenía muy atento a lo que éste pudiera necesitar : Que un
cuchillo, que un machete, que un estribo, que un poncho, que un tinto, que un
vaso de limonada, que el almuerzo, que las pantuflas, es decir vivía pendiente
del viejo para servirle y él, que no necesitaba muchas muestras de cariño para
volcarse en amor hacia las personas, le fue primero permitiendo que lo
acompañara a algunas partes, después lo dejaba acompañarlo a todas y al final,
no se movía si Andresito no estaba con él y hasta lo esperaba. Pero las
atenciones de Andrés no eran solo para el viejo, él era servicial por
naturaleza (igual que su papá) y literalmente nos conquistó a todos, no era
sino que alguno de nosotros necesitara algo y allí estaba Andresito, como un
clarividente, adivinando por una mirada, por un movimiento de cabeza o apenas
por un suspiro y lanzándose cual centauro veloz a traernos lo que, ni siquiera
habíamos pedido de viva voz, por eso cuando el niño no iba a la finca con
nosotros nos hacía una falta rabiosa.
Pero en el segundo ciclo de
vacunación del 2011, Andresito no nos pudo acompañar, porque dio la casualidad
que un primo del niño hacía la primera comunión, el fin de semana que el viejo
había escogido para vacunar y a Angélica se le metió en su terca cabeza, que Andrés
tenía que asistir y aunque hubo ruegos, lágrimas y hasta pataleos, ella fue
inflexible; hasta el Viejo osó llamarla (cosa que no hacía por nadie, ni
siquiera por él mismo), pero no hubo poder ni humano ni divino que la lograra
convencer, de hecho hasta el Viejo tuvo la intención de aplazar ocho días el
viaje, pero era la última semana del ciclo y a él no le gustaba arriesgarse con
éstas cosas, máxime cuando tenía pensado vender un lote la siguiente semana.
Por eso el trabajo programado,
aunque se desarrolló con éxito, no fue del todo gratificante, porque a todos –y
al Viejo más que a nadie- nos hicieron falta los gritos, el derroche de energía
y los cariños de Andrés, yo me acuerdo que preciso ese fin de semana pensé que
si al niño le llegara a pasar algo, seguro el Viejo se nos moría.
Llegamos a la capital el domingo
a las 08:00 de la noche, rendidos por el trabajo realizado y por el viaje, habíamos
comido de camino, por lo cual apenas entramos a la casa, cada uno se fue a su
habitación, el Viejo con Fernanda y nosotros con nuestras esposas, más o menos
a las 09:00 de la noche y cuando todo estaba en calma, oímos los gritos del
Viejo en su habitación, lo primero que pensamos era que estaba peleando con
Fernanda –cosa rara, porque aunque era 15 años menor que él y lo regañaba
bastante- se notaba que lo quería y esos regaños eran más para que se cuidara.
Nosotros permanecimos en silencio pero expectantes, por temor a que fuera una
pelea conyugal y por respeto a ese tipo de situaciones, pero apenas el Viejo
abrió la puerta de su habitación, todos nos lanzamos a ver qué había pasado:
-Como así, gritaba el viejo – y
luego usted no está con él?...
- Deme la dirección y yo voy…
- No usted sabe que yo soy malo
para las señas, espere y le paso a Ramiro...
Le pasó el celular a Ramiro y a
nosotros nos explicó con una voz lúgubre a la que se le notaba el temblor que
la noticia le había imprimido:
-Se rompió la represa del
Chingaza, viene una avalancha y se va a llevar los barrios bajos, Andresito
está allí.
-Qué? , Cómo? –gritamos todos.
El viejo entró a su habitación,
se quitó el pijama y se puso la ropa que tenía puesta ese día, mientras tanto
Ramiro había apuntado muy bien las indicaciones de cómo encontrar a Andresito y
junto con Alejandro, estuvimos prestos a salir, cogimos la camioneta de
estacas, porque era 4 X 4 y arrancamos, en el camino el viejo maldecía a
Angélica en voz baja:
– Mucha HP,- decía- si no se iba a quedar con el niño, porque no nos lo dejaba llevar a la finca, ahí está pintada esa vagabunda, mínimo por andar con los mozos, es que dejó al chino sólo.
– Mucha HP,- decía- si no se iba a quedar con el niño, porque no nos lo dejaba llevar a la finca, ahí está pintada esa vagabunda, mínimo por andar con los mozos, es que dejó al chino sólo.
Nosotros apenas nos quedábamos
callados y asentíamos con la cabeza, ante cada afirmación del Viejo- porque no
era habitual en él referirse así a Angélica, tal vez para honrar la memoria de
su hijo muerto y aunque todos opinábamos lo mismo, él se enojaba –de verdad,
verdad –cuando nos escuchaba haciendo ese tipo de comentarios,
- Respeten, nos reprendía, al fin
y al cabo Fernando la escogió y acuérdense que por eso se separó de ella, pero
eso no le quita que sea la mamá de Andresito.
Cuando llegamos a los barrios
bajos, el panorama era apocalíptico: las personas estaban en la calle, unas en
pijamas, otras hasta en ropa interior, la mayoría a medio vestir, cargando sus
maletas y unas pocas pertenencias –lo que pudieran trastear en sus brazos y
sobre sus espaldas- con caras angustiadas y pidiendo auxilio en un grito
silencioso pero elocuente, cuando nos veían en la camioneta.
Algunos inclusive, se le
atravesaron al carro y se acercaron, suplicantes a las puertas, cuando Ramiro
mermaba la velocidad: -Señor ayúdenos, por favor, sáquenos de aquí, se lo
suplico. Una madre con dos hijos pequeños, uno en brazos y el otro caminando a
su lado, nos pidió con una mirada suplicante: -No me salven a mí, pero por
Dios, salven a mis hijos- e inmediatamente trató de subirlos al platón de la
camioneta.
Todos nos pusimos en guardia y
Ramiro intentaba explicarles, que íbamos para los barrios bajos, porque allí
estaba Andresito, en un momento, fue tanto el desespero, que mediante una orden
casi militar, nos retó con la mirada y nos dijo: -Pilas, si hay que bajar a
esta gente a punta de pata, hay que hacerlo-.
Pero el Viejo, se volteó y con
una mirada centellante que me hizo evocar a un rayo, le espetó:
-Quieto Ramiro, pobre gente!!!!!
Seguimos andando, esquivando a
las personas y dando explicaciones que íbamos en sentido contrario buscando al
niño, cuando después de dar algunas vueltas, llegamos al sitio dónde se
encontraba Andrés, él estaba jugando con unos amiguitos en la calle y los tíos,
quienes estaban aún ataviados con la ropa que habían usado en la primera
comunión del sobrino, estaban como de fiesta. Cuando nos vieron nos
reconocieron y se nos acercaron con una botella de aguardiente en la mano,
-Bienvenidos, nos dijeron- estamos celebrando el fin del mundo-.
Nos mostraron el barrio, el cual
ya estaba calmado y parecía como si se estuviera llevando a cabo un bazar
(celebración muy común en los pueblos pequeños del país, en la cual todos se
ponían de acuerdo, sacaban comida y bebida, organizaban mesas unas al lado de
otras y todos los vecinos se acercaban y compraban lo que las otras familias
habían preparado, sin olvidar de venderles a esas mismas personas que les
compraban, lo que aquellas habían preparado), señalaron algunas casas con las
luces encendidas y las puertas abiertas y nos contaban que fulanito, salió en
calzoncillos con la esposa y los hijos y no habían vuelto, nosotros estábamos
en una posición incómoda, pues sabiendo la condición coronaria del viejo y
conociendo lo apegado que estaba de Andresito, éramos conscientes del susto que
se había pegado, por causa de la dichosa avalancha, pero desde luego, apenas el
muchacho divisó de lejos la camioneta y vio en su interior al Viejo, se
abalanzó hacia nosotros, se le sentó en las piernas y le preguntó por el viaje
a la finca.
Apenas el Viejo, lo hubo puesto
al tanto de lo que había pasado en la finca el fin de semana y a medida que las
palabras fluían, se calmó y hasta le recibió un aguardiente al tío del niño, se
le notaba en la cara la felicidad por haberlo encontrado sano y salvo, nosotros
también estábamos tranquilos y felices por los dos, pero no faltó la broma de
Ramiro:
-Viejo, le voy a contar a
Fernanda que estuvo tomando aguardiente.
Y la respuesta del Viejo:
-Hágase el guevón, no vaya y sea
se gane su pescozón!!!

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